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[ É t i c a ]

[ Ayuda para vivir ]

El mundo occidental tiene larga experiencia en pregonar la libertad, la paz y los derechos humanos frente la delincuencia violenta y mafiosa, las dictaduras totalitarias y ahora el terrorismo. Hoy, paradójicamente, desconoce los derechos de los más débiles y enaltece la muerte, debido a una mal entendida compasión, hiriendo la dignidad fundamental del ser humano con leyes y procedimientos que atentan contra lo más profundo de la antropología. A esto se le ha denominado “cultura de la muerte”, pues desprecia la vida.

Una experiencia actualísima de esa actitud ha sido la película de Alejandro Amenábar, Mar adentro, cuyo estreno se ha visto “honrado” y “autorizado” con la presencia del presidente del gobierno y seis ministros de su gabinete. Según el juicio de personas e instituciones solventes, la película viene a ser una “apología sentimental de la eutanasia” y una proclamación del derecho del enfermo a suicidarse, con el apoyo de otras personas, cuando considere que su vida no tiene sentido y se ha cansado de su existencia. Grupos de enfermos tetrapléjicos, que quieren seguir viviendo a pesar de su difícil y dolorosa situación, han señalado que la película es muy unilateral y prescinde de posibilidades que se hubiesen podido ofrecer al protagonista y que le hubiesen devuelto la ilusión por vivir.

Los enfermos con minusvalías profundas necesitan ayuda para vivir y no apoyo para morir. Requieren que se desarrolle y funcione una red social de ayuda que incluya un tratamiento integral de la persona. Sólo que es mucho más fácil y barato ayudar a morir a dichas personas que facilitarles medios para sostener su vida en las mejores condiciones posibles, prestando apoyo a las personas encargadas de su cuidado. Los enfermos incurables no son una “carga” para la sociedad, sino que representan un valor inestimable por su ejemplo y coraje en aceptar y superar el sufrimiento y por la ocasión que ofrecen a las personas que los atienden de efectuar actos de amor y de servicio desinteresado. Además hay que considerar los avances de la medicina para aliviar el dolor y los de la técnica para suplir deficiencias físicas y aun mentales de tales enfermos. Todo menos propagar, sobre todo por parte de las autoridades y los medios de comunicación, la fácil solución de la “eutanasia”. Y ese rechazo no sólo en los casos de enfermos en condiciones difíciles, sino mucho más cuando por razones interesadas y egoístas, bajo falsos pretextos, se aplicase el procedimiento a personas que podrían tener mayores posibilidades de rehabilitarse con tiempo y con un tratamiento adecuado.

En este sentido, el último peldaño es la eutanasia infantil, considerando al niño desde su nacimiento, que ya es posible en el hospital universitario de Groninga (Holanda), gracias a un acuerdo con las autoridades judiciales. Con este acuerdo se logra sortear las dificultades que plantea la ley holandesa sobre el “suicidio asistido”, que sólo puede aplicarse a partir de los doce años.

Tal y como ha señalado monseñor Elio Sgreccia, experto en el tema, estamos asistiendo a “un deslizamiento por un plano inclinado” que puede llevarnos hasta límites insospechados, no sólo en el ámbito legal, sino sobre todo en la praxis médica, pues las autoridades judiciales, que vigilan el cumplimiento de la ley, no pueden evitar ni castigar todas las posibles infracciones, especialmente las impulsadas por inconfesables intereses económicos.

Qué mejor que contrarrestar este “deslizamiento” con el ejemplo de personas que se aferran a la vida, como los que incluimos en este número.