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[ P o l í t i c a ]

[ Constitución Europea ]
En 1957, cuando un muro físico e ideológido dividía profundamente el continente entre democracia y comunismo, el Tratado de Roma dio a luz el primer núcleo de la Comunidad Europea. Sus miembros fundadores (Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo), cuya extensión geográfica recordaba lo que fue la Europa carolingia, no dejaban de constituir una zona de libre comercio. Hay que esperar hata 1973 para que caigan algunas reticencias y se incorporen Dinamarca, Gran Bretaña e Irlanda, y hasta la década de los 80 para que el espacio común se equilibre con las nuevas democracias del sur: Grecia (1981) y España y Portugal (1986). Y sólo en 1995 se incorporan Austria, Suecia y Finlandia. En 2004, casi cincuenta años después, otros diez países completan el panorama de la Unión.
Durante todos estos años siempre ha habido los que querían acelerar el ritmo del proceso y también los que aspiraban a que fuese algo más que mero entramado económico. Pero lo cierto es que buena parte de estos cincuenta años la Europa unida estaba coja, netamente occidental y volcada hacia el Atlántico, mientras al otro lado del muro la mitad del continente sufría un largo invierno de opresión ideológica. El sueño de una Europa con sus dos pulmones empezó a vislumbrarse en los 80, década que la historia recordará en los nombres de Juan Pablo II, Lech Walesa, Gorvachov...
El pasado 1 de mayo, diez países más, casi todos del viejo bloque comunista, han demostrado que, aun estando por debajo de la media de la Unión en lo que a renta per capita se refiere, han experimentado el mayor incremento porcentual del continente.
18 de junio, al cabo de casi dos años de negociaciones, concluye la redacción del primer Tratado Constitucional europeo, mérito del buen hacer de la presidencia de turno, Irlanda, cuyas propuestas han sabido conciliar las tensiones entre grandes, medianos y pequeños. En la práctica, la fórmula para superar el bloqueo ha sido la de reducir objetivos, eliminando aquellos contenidos que generaban el rechazo de alguno de los miembros. Y el tema central, como siempre, era el reparto de poder y el peso de cada Estado en la toma de decisiones, o sea el sistema de doble mayoría: 55% de los Estados y 65% de la población. además del reconocimietno de las raíces cristianas que han alimentado Europa y la ha llevado hasta lo que hoy es.
La Santa Sede, en un comunicado emitido al día siguiente, expresaba su satisfacción «por esta nueva e importante etapa en el proceso de integración europea, que siempre ha sido auspiciada y alentada por el romano pontífice. También es motivo de satisfacción la introducción en el tratado de la medida que salvaguarda el estatuto de las confesiones religiosas en los Estados miembros y compromete a la Unión a mantener con ellas un diálogo abierto, transparente y regular, reconociendo su identidad y contribución específica». Y al mismo tiempo manifestaba «su pesar por la oposición de algunos gobiernos al reconocimiento explícito a las raíces cristianas de Europa. Se trata de un desconocimiento de la evidencia histórica y de la identidad cristianas de las poblaciones europeas».
La Unión ha demostrado que posee una clara tendencia a la apertura, eso sí, encauzada por el ritmo que imponen las compatibilidades de carácter político y económico, garantía para no sufrir un rechazo fisiológico de implantes inadecuados. Se ha requerido de casi cincuenta años para llegar hasta aquí, y aún no ha acabado el proceso. Llegará el momento en que el impulso fundamental, de por sí cristiano, sea reconcido.
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