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[ I g l e s i a ]


[ Stuttgart 2004]

Por primera vez los nuevos movimientos eclesiales, junto a los movimientos similares surgidos también en las confesiones evangélicas y en la Iglesia Ortodoxa, se unen en un acto ecuménico para "darle un alma a Europa".

   La fraternidad una necesidad (Chiara Lubich)

   Juntos por Europa (Manuel M. Bru)

   Un hecho histórico (Editorial)


[ La fraternidad una necesidad ]

Abundando sobre un concepto ya habitual en ella, la "fraternidad universal", Chiara Lubich abre un panorama audaz a la búsqueda de unidad en Europa. Reproducimos aquí su discurso.

Chiara Lubich

Hoy hemos oído muchas y enriquecedoras intervenciones orientadas a la edificación de la Europa unida, específicamente la Europa del espíritu: Europa unida en y por el espíritu. Permítanme agregar algo que me parece importante, porque puede servir como trampolín para que nuestro continente dé un salto hacia adelante. Me refiero a la fraternidad, la fraternidad universal.

La fraternidad universal es y ha sido una aspiración profundamente humana, presente en almas grandes. Martín Luther King decía: «Abrigo el sueño de que un día los hombres (…) se den cuenta de que han sido creados para vivir juntos como hermanos (…); que la fraternidad (…) sea el orden del día de un hombre de negocios y la palabra de orden del hombre de gobierno»[1]. Mahatma Gandhi, refiriéndose a sí mismo afirmaba: «Mi misión no es simplemente la fraternidad de la humanidad india (…) sino que a través de la realización de la libertad de la India, espero realizar y desarrollar la misión de la fraternidad de los hombres»[2].

La fraternidad universal ha sido también el proyecto de personas que, sin estar inspiradas por motivos religiosos, estaban motivadas por el deseo de hacer el bien a la humanidad.

Qué importante sea descubrir la fraternidad lo manifiesta, por ejemplo, un relevante acontecimiento histórico que constituye un hito entre dos épocas, la Revolución Francesa. Su lema, “libertad, igualdad, fraternidad”, sintetiza el gran proyecto político de la modernidad. Un proyecto que en parte se dejó de lado, porque numerosos países, al implantar regímenes democráticos, lograron poner en práctica en cierta medida la libertad y la igualdad, mientras que la fraternidad fue más anunciada que vivida.

Pero quien ha proclamado sobre todo la fraternidad universal y nos ha dado el modo de realizarla ha sido Jesús. Al revelarnos la paternidad de Dios ha derribado los muros que separan a los “iguales” de los “diferentes”, a los amigos de los enemigos, y ha liberado a todo hombre de los vínculos que lo aprisionan, de las mil formas de subordinación y de esclavitud, de toda relación injusta, provocando así una auténtica revolución existencial, cultural y política.

Muchas corrientes espirituales a lo largo de los siglos han tratado de llevar a los hechos esta revolución. Una vida verdaderamente fraterna fue por ejemplo el sueño extraordinario, el proyecto audaz, el programa obstinado de Francisco de Asís y de sus primeros compañeros. Su vida, en efecto, es un ejemplo admirable de fraternidad que, junto a todos los hombres y mujeres, abraza también al cosmos con el hermano sol, la luna y las estrellas…

El instrumento que Jesús nos ha ofrecido para realizar esta fraternidad universal es el amor, un amor grande, un amor nuevo, distinto del que conocemos habitualmente. En efecto, él ha traído a la tierra el estilo de amar del cielo. Este amor exige que amemos a todos, es decir, no sólo a parientes y amigos. Pide que amemos al simpático y al antipático, al compatriota y al extranjero, al europeo y al inmigrante, al de mi misma Iglesia y al de otra, al de mi misma religión y al del que es diferente.

Hoy pide que los países de Europa occidental amen a los de Europa central y oriental, y viceversa; y a todos, que se abran a los demás continentes. En efecto, en la visión de sus fundadores, Europa está destinada a ser una familia de pueblos hermanos, no cerrada en sí misma sino abierta a una misión universal, Europa busca su propia unidad para después poder contribuir a la unidad de la familia humana. Y el amor que trajo Jesús, si fuera vivido por millones de europeos, sería un empuje fortísimo para recorrer ese camino.

Este amor también pide que amemos al enemigo y que lo perdonemos, si nos hubiera hecho daño. Después de las guerras que han ensangrentado nuestro continente, muchos europeos han sido modelo de amor al enemigo y de reconciliación. Esta mañana se han dado algunos ejemplos. Me estoy refiriendo a un amor que no hace distingos y toma en consideración a todo aquel que encontramos a cada momento, directa o indirectamente: los que están físicamente a nuestro lado, y también aquellos de quienes hablamos; los destinatarios del trabajo que nos ocupa día tras día, como aquellos de quienes sabemos algo por los periódicos o la televisión… Porque así ama Dios Padre, que manda el sol y la lluvia sobre todos sus hijos, sobre buenos y malos, sobre justos e injustos (cf. Mt.5,45).

La segunda exigencia de este amor es que seamos los primeros en amar. El amor que Jesús trajo a la tierra es desinteresado, no espera el amor del otro, sino que toma la iniciativa, como hizo Jesús mismo al dar la vida por nosotros, cuando éramos pecadores y por lo tanto no amábamos.

En la historia de la Unión Europea, como signo de este espíritu de iniciativa audaz y profética, es emblemático el gesto histórico de Francia, que el 9 de mayo de 1950, con la declaración Schuman, le propuso a Alemania poner en común las producciones de carbón y de acero. El objetivo de la creación de esta Comunidad Europea del Carbón y el Acero, germen de la futura Europa unida, no era establecer un acuerdo económico, sino superar el enfrentamiento secular entre las dos naciones y evitar cualquier tipo de guerra entre los países que hubieran adherido. Con este tipo de audaces iniciativas se empezó a construir la Unión Europea. Por eso, hoy más que nunca, se requieren acciones y proyectos políticos de amplia visión, inspirados en un amor que sea el primero en amar.

El amor que Jesús trajo no es un amor platónico, sentimental, basado en las palabras. Es un amor concreto, requiere que vayamos a los hechos. Y esto es posible si nos hacemos todo a todos: enfermos con quien está enfermo, alegres con quien está alegre, preocupados, inseguros, hambrientos, pobres con los demás. Y una vez que se ha probado lo que los demás sienten, actuar en consecuencia.

¡Cuántas formas nuevas de pobreza conoce hoy Europa! Pensemos, por ejemplo, en la marginación de los discapacitados y los enfermos de SIDA, en el tráfico de las mujeres obligadas a prostituirse, en los vagabundos, en las madres solteras… Pensemos también en quien recurre a los falsos ídolos del hedonismo, el consumismo, en la sed de poder, en el materialismo. Jesús en cada uno de ellos espera nuestro amor concreto y eficaz. Él considera hecho a sí mismo el bien o el mal que hagamos a los demás. Cuando habló del juicio final, dijo que repetiría a los buenos y a los malos: «Me lo hicisteis a mí» (cf Mt. 25,40).

Este amor, por lo tanto, tiene un reflejo en la Eternidad, donde seremos premiados de acuerdo al bien que prodiguemos al prójimo. Y cuando este amor es vivido por varias personas, se hace recíproco. Esto es lo que más subraya Jesús: «Amaos los unos a los otros como yo los he amado» (Jn. 13,34). Es el mandamiento que él llama suyo y nuevo.

A este amor recíproco no están llamados sólo los individuos, sino también los grupos, los movimientos, las ciudades, las regiones, los Estados… Los tiempos actuales exigen que los discípulos de Jesús adquieran una conciencia “social” del cristianismo. Es más urgente y necesario que nunca que amemos la patria del otro como la propia: Polonia como Hungría, el Reino Unido como España, la República Checa como Eslovaquia… El amor que trajo Jesús es indispensable para Europa, para que sea también “la Europa del espíritu”, y se vuelva por lo tanto la “casa común europea”, una familia de naciones.

Este amor, que alcanza su perfección en la reciprocidad, expresa la potencia del cristianismo porque atrae a esta tierra la misma presencia de Jesús entre hombres y mujeres. ¿Acaso no dijo Jesús: «Donde dos o tres están unidos en mi nombre yo estoy en medio de ellos» (Mt. 18,20)? ¿Y esta promesa suya, no es garantía de fraternidad? Si él, que es el Hermano por excelencia, está con nosotros, ¿cómo podemos dejar de sentirnos hermanos y hermanas los unos de los otros? Éste es el amor que el Espíritu Santo quiere que se extienda en la tierra, por ejemplo mediante los Movimientos Eclesiales y las Nuevas Comunidades que el Señor ha hecho surgir en las distintas Iglesias en este último siglo, al igual que ya lo había hecho en siglos pasados. Son Movimientos que permiten tener esperanza, porque es Dios el que actúa en ellos, aunque los hombres y las mujeres que los integran a menudo no sean más que pobres instrumentos. Son Movimientos suscitados para contrarrestar el secularismo y el materialismo que hoy más que nunca impregnan la sociedad, incluso la cristiana.

El Evangelio vivido por miembros de estos Movimientos produce innumerables frutos, que generan la fraternidad y la alimentan. Restablece la salud de las familias y así se recompone el tejido social; hace poner los bienes en común y así quien padece necesidades es ayudado; va al encuentro de todos los prójimos, y así muchos hermanos salen de su aislamiento. Pone en comunión a las generaciones; forma personas nuevas que aman y llama a hombres y mujeres a una entrega total al servicio más pleno de la sociedad.

Que el Espíritu Santo nos ayude a todos a formar en el mundo, allí donde estamos, porciones de fraternidad cada vez más extensas, viviendo el amor que Jesús trajo desde el Cielo.


[1] Martín Luther King, Discurso de Nochebuena de 1967.
[2] M. Gandhi, Antiguos como las montañas, Milán 1970.



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[ Juntos por Europa ]

La jornada “Juntos por Europa”, celebrada el 8 de mayo en Alemania, ha sido el primer acto ecuménico europeísta nunca habido.
Su finalidad, darle un alma a Europa.

Manuel M. Bru

Hay noticias que apenas ocupan una pequeña reseña en el periódico, pero que constituyen una verdadera novedad. Esto ha ocurrido el día 8 de mayo de este año en la ciudad alemana de Stuttgart, donde se dieron cita más de 10.000 personas procedentes de treinta países europeos, además de representantes de quince países no europeos. Entre los participantes, la Reina Fabiola de Bélgica, el presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, y más de un centrar de políticos europeos, obispos, y líderes religiosos del continente. El encuentro fue retransmitido por dieciséis satélites a todo el mundo y por numerosas televisiones, y seguido en directo en más de ciento sesenta ciudades de Europa, donde se realizaban encuentros simultáneos, en alguno de los cuales había hasta dos mil personas.

Ha sido el primer encuentro ecuménico de carácter europeísta que ha existido jamás. La primera vez que los nuevos movimientos eclesiales, junto a los movimientos similares surgidos también en las confesiones evangélicas y en la Iglesia Ortodoxa (175 en total), se unen para “darle un alma a Europa”. Éste fue su compromiso ante las autoridades políticas y eclesiales de la nueva Europa de la Unión, que cuenta ya con 25 países miembros y que está a punto de darse una constitución. Compromiso que hacía “creíble” la petición de que el preámbulo de esa constitución haga referencia a las raíces cristianas de Europa, para que ésta no sea una cuestión meramente nominal ni retórica, ni basada solamente en la historia, sino justificada por el trabajo que los cristianos europeos están haciendo todos los días para que la Unión esté al servicio de la dignidad humana, la justicia y la paz en el mundo entero.

De hecho, el mensaje de Santo Padre Juan Pablo II, leído por el Presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, monseñor Rilko, apuntaba a dos retos inseparables para Europa: el de recuperar su identidad cristiana y el de reconocer su vocación de servicio al bien común de toda la humanidad. También el Papa dijo que el alma de la nueva Europa es la nueva evangelización, y que la primacía de ésta en Europa la tienen los nuevos movimientos.

El presidente del Consejo Europeo, Romano Prodi, dijo que la primera democracia entre diversas naciones de la historia necesita de los cristianos, de sus dones e incluso de sus limitaciones, pero sobre todo de su fe. Ellos pueden hacer que Europa sea, al servicio de todos los pueblos del mundo, quien ponga la mesa del banquete de la justicia y de la paz. Que ellos son los que pueden curar todas las heridas del pasado causadas por las guerras fraticidas entre europeos, y que ellos son los que pueden conseguir que en Europa no nos dejemos capturar por el temor del terrorismo. Europa, dijo, no es una fortaleza, sino un sujeto colectivo con alma, una comunión en la que ya están unidos sus dos pulmones, siempre que entre ellos viva el corazón, y éste es el amor cristiano que la evangelización de sus pueblos se hizo en ellos cultura.

Líderes de los nuevos movimientos, como Andrea Riccardi o Chiara Lubich, hablaron de la Europa de los débiles, de los emigrantes y de los cooperantes, de su apertura a África, a América y a Asia, y también de la llamada a amar la cultura y la patria del otro europeo como la propia, de una unidad en la diversidad en la que ningún pueblo es más importante que otro, sino todos servidores de todos. Docenas de movimientos contaron sus experiencias, todo un mosaico de hechos concretos y permanentes a favor de la solidaridad, la reconciliación y la evangelización en Europa.

Yo tuve la suerte –que digo la suerte, la gracia– de estar allí. Pude ver el entusiasmo del Cardenal Kasper, Presidente del Consejo Pontificio para el Diálogo Ecuménico, para quien esta jornada era una expresión más del nuevo Pentecostés que está viviendo la Iglesia de hoy. Pude hablar con el mismo Romano Prodi, quien me dijo que viendo a los jóvenes de estos movimientos, con sus reivindicaciones y sus ilusiones para Europa, se daba cuenta de que la Unión Europea tenía futuro, y sobre todo, tenía sentido. La oración entre todos, en el palacio de deportes de Stuttgart, era una oración que se habría camino en el cielo. Tal vez desde allí Dios bendiga y reconstruya esta vieja y envejecida Europa, tan necesitada de esperanza.


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[ Un hecho histórico ]

Editorial

Hemos dedicado abundantes páginas en este número a un evento que a nuestro modo de ver las merece. Las razones son varias, pero sobresale una en especial, que es la que le confiere mayor relieve, y es el hecho de que nunca antes un acontecimiento en el campo ecuménico había tenido la proyección europeísta que éste ha tenido.

Sabemos que se llevan a cabo eventos, manifestaciones y encuentros en los que representantes de distintas confesiones cristianas se reúnen y, con el ánimo de encontrar vías de unidad, tratan de acercar posturas en los planteamientos teológicos de sus distintas iglesias y no sólo. En estas páginas hemos querido dar cabida a esos hechos cuya finalidad no es tanto la elaboración teológica, cuanto el intercambio vital de experiencia, un ecumenismo que se denomina “diálogo de la vida” o “ecumenismo del pueblo”.

La jornada “Juntos por Europa” ha sido ciertamente ecuménica, pues ahí estaban congregados católicos, evangélicos, anglicanos y ortodoxos, iglesias además representadas por alguna de sus autoridades, pero con la idea de traspasando juntos las fronteras de lo que nos divide , recordar a quien lo quiera oír, que Europa no sólo tiene raíces cristianas, sino que muchos de sus brotes lo siguen siendo. Y el acto no debe definirse como “reivindicativo”, en cuanto que se ha llevado a cabo en el contexto histórico del debate que a tal respecto estamos protagonizando los europeos. Más bien habría que calificarlo de “demostrativo”; de la identidad cristiana de Europa.

Pues bien, para esto se requería ciertamente una “demostración” del espíritu que ha animado y anima a Europa, aunque hoy por hoy siga formalmente fragmentado. ¿Por qué no aventurar que esta “demostración” ha sido la anticipación de un futuro en el que unidad y diversidad no sean terminológicamente excluyentes, sino conjugables? ¿Se anima alguien a imaginarse una sociedad en la que las convicciones religiosas hayan dejado de ser motivo de discordia y división? Pues algo así es lo que se ha visto el 8 de mayo en Stuttgart, Alemania, donde se reunieron unos diez mil cristianos de distintas denominaciones, a los que se sumaron unos cien mil más que seguían el acontecimiento por transmisión televisiva desde 160 ciudades europeas, con intervenciones directas desde algunos de esos puntos.

Las mujeres y los hombres, los jóvenes y los adultos, los profesionales, los trabajadores y los estudiantes... todos los que se han sumado al “pacto” formulado desde Stuttgart no pretenden sino ofrecer su “aportación a una Europa que sea capaz de responder a los retos de nuestro tiempo”. Y esa aportación se cifra en algo tan sustancialmente cristiano como es la “fraternidad universal”. Merece la pena echarle un vistazo al manifiesto conclusivo de la jornada “Juntos por Europa”, al menos para entender cómo se articula y cómo se lleva a la práctica la fraternidad.