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[ P o l í t i c a ]

[ Secuelas duraderas ]
Hace ya más de un año que empezó esa controvertida operación militar que tomó el nombre de la antigua Babilonia y ocupó las orillas de unos ríos bíblicos, ricas en petróleo. La guerra de Irak ha convertido al mundo entero en una autentica Babel. Recordemos, por ejemplo, que en aquel entonces Europa quedó dividida, justo a las puertas de un paso tan crucial de su propia evolución como es la aprobación de una nueva constitución europea, y a muy pocos pasos de la ampliación que se va a producir en este mes de mayo. Mucho países, incluido el nuestro, se han dolido de esa misma división dentro de sus fronteras, y la diversidad de pareceres ha afectado también a las formaciones políticas, y hasta en el seno de muchas familias ha habido disparidad de criterios, incluso es probable que se hayan producido enfrentamientos. El mismo hecho de salir a manifestarse en favor de la paz se vio teñido con los colores de la discordia. Cuestión política, claro.
Da la impresión que desde entonces, dos conceptos se están acercando sensiblemente sin que nos demos cuenta de ello. Guerra y terrorismo tienen una carga semántica negativa cada vez más similar y en consecuencia no se excluyen, sino que se suman. Quizás sea debido a la manera en que percibimos las consecuencias de una y otro a través de los medios, que no nos permite distinguir su naturaleza (el mismo amasijo de hierros, escombros, muerte, destrucción), quizás se deba también a que hemos experimentado en carne propia un terrorismo de índole distinta al que estábamos acostumbrados, quizás se deba a la hipersensibilidad que mantenemos alerta desde los atentados del once de marzo... Caben muchas causas al respecto.
Pero también cabe recordar ahora aquel documento emitido por los obispos españoles hace casi dos años, que despertó polémica por alguno de sus puntos, pero que define muy bien la naturaleza del terrorismo: «El terrorismo busca una “utilidad” más allá de sus crímenes; intenta que un grupo muy reducido de personas mantenga en tensión a toda la sociedad, obteniendo una amplia repercusión política, potenciada por la publicidad que obtienen sus nefandas acciones. Los terroristas cuentan con que su actividad criminal es “rentable” en términos políticos y, por eso, la justifican como “necesaria” en virtud de sus propios objetivos. No pueden ocultar la naturaleza lamentable de sus acciones, pero tratan de darles un “sentido” político que las haría, en su opinión, legítimas». Se hablaba en aquel documento del terrorismo que se fragua y ejecuta dentro de nuestras fronteras, pero la definición también es válida para el que nos ha llegado desde afuera.
Distinta es la naturaleza de la guerra, que, bajo determinados supuestos, es legítima. Precisamente ese término, “legítima”, fue el origen de todas las controversias en torno a la guerra de Irak. El gobierno anterior se amparó en él para justificar su apoyo a la operación militar, y en él se apoya también el actual gobierno para retirar las tropas españolas desplegadas en Irak, pues nunca hubo un claro pronunciamiento de la ONU que legitimara la intervención militar.
Mientras tanto, el ciudadano de a pie, confundido con los malabarismos de estrategia política, sigue percibiendo de manera casi idéntica guerra y terrorismo, cada vez menos avezado para distinguir entre malos y buenos. ¿Llegará el momento en que no sepamos distinguirlos?
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