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[ P o l í t i c a ]


[ Un océano de velas]

El 11 de marzo de 2004 tendrá para siempre un lugar preferente en nuestra memoria. En cuatro días ha cambiado el curso de nuestra historia.

Javier Rubio

Un cartel en la estación donde todos los días cojo el metro capta hoy mi atención. Está ahí desde hace días, semanas, desde cuando empezó la campaña electoral. Es una fotografía de busto del todavía ministro de economía, Rodrigo Rato, segundo en la lista del PP por Madrid. A la derecha de su rostro decidido, el lema de la campaña: “Vamos a más”, a la izquierda, una mano anónima ha trazado con grandes caracteres otro eslogan, rodeado de una viñeta que parte de los labios del ministro: “Viva el mal, viva el capital”. Este segundo lema es el que me ha impactado. Ya lo había visto antes, y había interpretado linealmente la intención del “grafitero” anónimo. Según él, los dos términos de la rima mordaz se dan la mano y la gestión del ministro de economía y de su partido, aunque espléndida, es denunciable. ¿Hay que explicar por qué? Ahora, a distancia de días del atentado múltiple en los trenes de Madrid, la rima, de mordaz se torna macabra, y el “grafitero” casi profeta. ¿Qué es lo que ha habido si no una grandísima manifestación del mal?, ese mal que atesoran los que acumulan matanzas en su currículum personal. Es su capital.

De ahí nace, creo, el angustioso interrogante que ha invadido la conciencia colectiva de todos los españoles. Lo hemos visto expresado en los labios de las víctimas y en los de sus familiares, en las pancartas de las manifestaciones, en los cartelitos que uno u otro lleva, en los rostros doloridos... ¿Qué tiene en la cabeza una persona que hace una cosa así?, me preguntaba un compañero del trabajo. Tiene las mismas facultades que tú y yo: inteligencia, voluntad, sensibilidad..., pero las pone a disposición de intereses que usan el mal como método, sin reparar en que el método desacredita el fin que buscan. Eso es todo. Su escala de valores está alterada y logran poner, fría y calculadamente, su persona al servicio de una fuerza destructora. ¿No es eso el mal, no es eso el odio?

Pero el odio provoca una reacción que no puede ser sino igual y de signo contrario. ¡Es increíble cuánta capacidad de respuesta y cuánta solidaridad se ha visto en Madrid, y en toda España, y en toda Europa. Los testimonios que seguimos viendo u oyendo dan escalofríos. Y además la solidaridad institucional, con medidas para ayudar a las víctimas, y la de los profesionales (médicos, psicólogos, abogados...) que han ofrecido sus capacidad profesional, o la de los taxistas, que ofrecían viajes gratis, o la de los hoteles dando habitaciones gratis, o la de Iberia ofreciendo billetes a los familiares que quisieran llevar a sus difuntos al país de origen, o la de los sacerdotes respondiendo a la convocatoria del cardenal para ofrecer apoyo espiritual..., y la de cada ciudadano que ha ido a donar su sangre, hasta que los servicios se colapsaron. ¡Para no terminar nunca!

Mucho se ha hablado de manipulación informativa por parte del gobierno a la hora de transmitir la información sobre el atentado, según se iba produciendo. También ha habido desinformación promovida por los grupos mediáticos contrarios al gobierno, que veían en la anterior manipulación un manejo electoralista. Luego tuvieron lugar los actos de protesta el sábado, día de reflexión, que a punto estuvieron de afectar seriamente el proceso electoral. Pero en realidad, el angustioso interrogante no se despeja sabiendo quiénes han sido los autores del atentado. De hecho, ya sabemos que las víctimas han sido inmoladas a los intereses de Al-Qaeda, y no a los de ETA; ya sabemos que se han practicado más de una decena de detenciones; ya hemos experimentado una especie de catarsis colectiva saliendo todos a la calle y sacando del gobierno al PP; ya se ha abierto un horizonte de cambio con el PSOE en el poder... Pero el miedo, éste no nos lo hemos quitado de encima.

La campaña electoral había pasado sin pena ni gloria. Es decir, había sido correctamente seguida por los medios de información, pero no se hablaba de ella. Y no se hablaba porque no había nada relevante de lo que hablar, a no ser aquellas tensiones de nacionalismo independentista que se produjeron a raíz de los cambios en el panorama político catalán. De todas formas, era muy claro quién iba a ganar otra vez las elecciones generales. Todos los sondeos antes del atentado presumían futuro presidente de gobierno a Mariano Rajoy. ¿Quién nos iba a decir que tres días antes de emitir el voto se iba a llevar a cabo el más macabro acto electoral imaginable, el último, el conclusivo, pues de hecho los partidos suspendieron sus mítines conclusivos previstos para el viernes. En su lugar, se llevó a cabo la más numerosa manifestación que haya habido nunca, casi un tercio de la población demostrando su solidaridad con las víctimas y sus familiares. Gente de todo tipo, perdida en la multitud, tratando de trazar estelas de luz, compartiendo la angustia con quien estaba a su lado.

Y hemos de admitirlo, como acto electoral ha sido un éxito, le ha dado la vuelta a todas las previsiones. Hay quien se aferra al hecho de que, a medida que se acercaba el domingo 14, iba disminuyendo la diferencia en puntos entre los dos candidatos principales. Pero eso es una ilusión, porque nos cuesta, y mucho, admitir que el terrorismo nos ha ganado. Basta echarle un vistazo a los resultados para comprender que muchos han dicho que no a la política del PP durante la última legislatura, en especial durante el último año, pero tampoco estaban muy convencidos de las promesas del PSOE. Sobre un censo de 33.473.081 votantes, y con la espectacular participación del 77,21%, el PP ha obtenido el apoyo de 9.630.512 electores (690.666 menos que en el 2000), mientras que el PSOE ha conseguido 10.909.687 (2.990.935 más), y sin embargo no ha obtenido la mayoría absoluta, que sin embargo si consiguió el PP en el 2000 con 588.509 votos menos (10.321.178). Entonces, ¿quién ha decidido la victoria de los socialistas? En parte un modesto crecimiento de los partidos que normalmente alcanzan representación parlamentaria (todos juntos, 190.458 votos más que en el 2000), y luego una larga lista de pequeños partidos de carácter vario (un centenar), que no han logrado representación parlamentaria, pero que ni siquiera estaban presentes en el reparto de votos del 2000. Estamos hablando de más de 800.000 votos. Y si a éstos añadimos los votos en blanco y los nulos (668.379), tendremos una buena tajada de casi un millón y medio de personas que han respondido a la consigna de combatir el terrorismo con las armas de la democracia, cuando éstas ya habían sido trucadas por el terrorismo.

José Luis Rodríguez Zapatero, una vez confirmada su victoria, quiso empezar su intervención ante las cámaras de televisión con un minuto de silencio. Luego ha prometido “gobernar para todos y con humildad”, llevar adelante un “cambio tranquilo” y actuar “con diálogo, responsabilidad y trasparencia por la cohesión, la concordia y la paz”. Se lo deseamos de corazón. Si es verdad que todo nuevo gobierno merece un voto de confianza por parte de todos los ciudadanos, éste además tendrá necesidad de sentirse respaldado, pues no es ciertamente deseable empezar una legislatura gracias al voto mudo de 190 víctimas, algunas de las cuales ni siquiera tenía derecho al voto, porque eran muy jóvenes o extranjeras.

La estación de Atocha se ha convertido en un gran santuario. Un océano de velas cubre el andén donde explotó el primer tren y otros puntos de esta primera estación ferroviaria de Madrid. Mucha gente sabe que la estación debe su nombre a la calle que parte desde la fachada del viejo edificio de 1892 y se adentra en el centro de histórico, pero pocos saben que la calle se lo debe a una advocación mariana, “Nuestra Señora de Atocha”, una imagen a la que, por otra parte, está muy ligada la realeza ya desde el siglo XI. Por esta estación pasan diariamente miles y miles de personas para ir al trabajo y luego volver a sus casa en las ciudades dormitorio que rodean Madrid. De ahora en adelante será inevitable que este cruce de caminos vaya acompañado de un recuerdo con sabor a misterio, a incomprensible, a trascendente.

Hoy, aunque no tengan que pasar por ahí, muchas personas se acerca a la estación para dar rienda suelta a sus lágrimas. Delante de las velas, los mensajes, las fotos, las flores... se recogen en silencio, rezan, buscan una respuesta, dan gracias a Dios por los numerosos casos de personas que se han salvado. ¡Cuántos testimonios en estos días! Pero hay uno que me pone la piel de gallina, pues ciertamente no es usual. Es lógico rezar por los muertos, igual que es lógico rezar por las los heridos y por sus familiares, además de ocuparse de ellos. ¡Pero rezar por los terroristas! Y sin embargo, son los que tienen más necesidad de nuestras oraciones, pues sólo una fuerza sobrenatural podrá resanar sus conciencias.


[ Testimonios ]

(Algunos testimonios de personas que vivieron la tragedia de cerca.)

Y la puerta no se abrió

Suelo salir de casa a las 7,20 para estar en el andén a las 7,30. Esa mañana me retrasé unos segundos y perdí el tren. Corrí por debajo de las vías para llegar pero las puertas se cerraron y me quedé con el dedo pulsando el botón de apertura, pero la puerta del vagón número cuatro no se abrió. Y el tren arrancó sin mí.

¡Qué rabia! Tendría que esperar diez minutos el siguiente tren y llegaría apurado al trabajo. El siguiente tren paró, pero no siguió. Nos informaron de que la línea se había cortado. Fui a preguntar al conductor del tren y me dijo que había habido un atentado en Atocha, pero no me habló de otros tres atentados más en la misma línea. Mi mayor preocupación era llegar al trabajo y cogí una línea paralela que llega a Chamartín. Cada vez estaba más indignado porque iba a llegar tarde.

Durante el viaje llamé a casa para preguntar a mi madre si de verdad había ocurrido algo. Puso la tele y en ese momento estaban informando de que había estallado un tren en Atocha. Bueno, eso no me afectaba para llegar al trabajo. Al minuto me vuelve a llamar: había habido dos atentados más. Empecé a preocuparme seriamente. Al minuto me vuelve a llamar: otra bomba en Santa Eugenia. ¡Todas en estaciones por las que paso todos los días! Además había dicho que las bombas podían venir desde Guadalajara, Alcalá o Torrejón. ¡Y yo había cogido el tren en Torrejón!

En el vagón la gente me empezó a preguntar qué pasaba y les conté lo que estaba ocurriendo. Los teléfonos móviles comenzaron a sonar en todo el vagón. El estupor aumentaba por momentos y estábamos deseando llegar. Yo estaba muy nervioso pero no quería demostrarlo para no transmitir miedo. Llegamos a Chamartín a las 8,03 y acto seguido cerraron la estación. Nos advirtieron del peligro y salimos corriendo hacia el metro por miedo a que en ese tren también hubiese una bomba. Fue espantoso.

Lo peor vino después. Empecé a conocer las noticias y no podía creer lo que estaba pasando. Era irreal, inimaginable. Había ocurrido una masacre de una crueldad desmedida. No podía ser cierto... Luego informaron con más detalle y entonces se me vino el mundo encima: el último tren que estalló, en Santa Eugenia, era justamente el que yo había perdido. ¡Y había estallado el vagón número cuatro, justo en el que me quedé con el dedo apretando el botón! En ese instante me eché a llorar.

No comprendía nada, no quería saber nada, sólo pensaba en las personas que iban en ese tren, compañeros de viaje de todos los días que no volvería a ver. Me imaginaba a mí mismo en ese vagón. ¿Cómo estaría?, ¿qué habría hecho?, ¿cómo habría reaccionado? Un montón de preguntas y ninguna respuesta. Sólo me pude aferrar a una certeza: aquel tren, el tren de la muerte, no era para mí. Dios había querido que siguiera montado en el tren de la vida. Ese pensamiento me tranquilizó, pero no podía apartar la sensación de fragilidad del ser humano, porque nunca sabemos dónde y cuándo tenemos el final.

Quise llamar a familiares y amigos para tranquilizarlos, pero las líneas telefónicas estaban saturadas y los móviles colapsados. No conseguía contactar con nadie y mi objetivo era llegar al colegio cuanto antes. Fue el viaje más largo de toda mi vida. Cada minuto se me hizo una eternidad, cada segundo que pasaba era un segundo menos de vida para los que no sabían nada de mí. Cuando llegué, a las 10,30, estreché en un abrazo emocionado a una de las hermanas, que estaba deseando verme aparecer por la puerta. Y luego la directora, la jefa de estudios, los compañeros... Todos sabían que el tren de Santa Eugenia era mi tren de todos los días. Estuve sentado en la portería casi quince minutos para relajarme. Me dijeron que no diera clase pero no quise. Mi obligación era estar con mis alumnos a pesar de que estaba mal. Me contaron que en la oración de la mañana niños y profesores habían rezado por mí. Me emocioné, era como si montones de oraciones me hubieran protegido. Pero no me podía quedar en la posibilidad de no estar vivo. Tenía que vivir en el presente, así que le di gracias a Dios porque volvía a ver a mis alumnos. Entré en clase y me emocioné. Los niños se fundieron en un aplauso y no pude evitar las lágrimas.

Estaba que no podía más. Mi teléfono no dejaba de sonar. Lo puse en silencio y me dispuse a amar concretamente a las personas que estaban en mi presente. Empecé a dar clase. “Casualmente” tocaba tema de religión, la parábola del hijo pródigo. ¡Qué difícil explicar el perdón en aquellos momentos! Pero tenía que salir de mí mismo y dar testimonio. Sentía rencor por esas personas que habían hecho tal crueldad, pero no podía incitar al odio, sino al perdón y la paz. El recreo fue especial. ¡Qué placer ver tantas vidas llenas de futuro! ¡Y yo ahí, con ellos, dando mi pequeña aportación para ser mejores personas!

Toda esta semana ha sido un proceso de adaptación, de afianzarme en la realidad que me toca vivir. Cada recuerdo se actualiza y no es fácil montar cada día en el mismo tren, a la misma hora y en el mismo lugar donde lo perdí hace una semana, imaginando lo que pasó cuatro estaciones más allá. En cada estación rezo una oración por las víctimas y doy gracias por no haber estado allí.
F. D.



Nombres con rostro

Vivo en Alcalá de Henares, de aquí salieron tres de los trenes (el cuarto venía de Guadalajara), aquí se introdujeron las bombas en los trenes y de aquí era mucha de la gente que ha muerto.

Mi padre es guardia civil, especialista en explosivos, y el martes lo habían enviado al País Vasco a unas revisiones rutinarias en las fábricas de explosivos. En casa no nos hacía mucha gracia que fuese, porque cuando yo tenía sólo unos meses, mi padre se salvó de un atentado contra la guardia civil en Madrid. Sin embargo, el jueves nos dimos cuenta de que había sido la Providencia la que mandó a mi padre allí, pues él coge todos los días el tren para ir a trabajar. A él le hubiese tocado, y ya es la segunda vez que se libra.

En cuanto me enteré del atentado, llamé desesperado a un amigo mío, pues sabía que cogía ese tren, y lo único que recibí fue silencio. El temor me estuvo comiendo por dentro, hasta que a mediodía conseguí hablar con su hermana y me dijo que él y su madre habían perdido el tren.

Toda la mañana estuve tratado de saber de los demás, pero las líneas estaban colapsadas, así es que me pegué a la televisión. Tenía una rabia contenida y muchas ganas de llorar. Nunca esperas que te pille tan cerca. He estado dos día con lágrimas en los ojos. He visto imágenes terribles y espantosas y no me las podía quitar de la cabeza. Esos dos días no he dormido bien.

Mi ciudad parece una ciudad de muerte, silenciosa, ni los pájaros cantan. El jolgorio diario ha desaparecido y dudo que vuelva pronto. El viernes fuimos los más mayores del instituto a la concentración del mediodía. Éramos la mayoría jóvenes y estuvimos dos horas clamando paz y libertad. Después fuimos a la estación y nos colocamos alrededor de las vías de donde salieron los trenes y fueron cinco minutos de silencio emocionantes. En ese momento entraba un tren y todo el mundo se puso a aplaudir hasta que se paró. El conductor bajó llorando.

El domingo me empezaron a llegar nombres. Nombres que tenían una cara y una historia. Nombres de muertos y heridos: un conductor, padre de un amigo mío, herido; la madre de un chico de mi instituto, muerta; dos viejos compañeros del colegio, muertos; una compañera de la escuela de idiomas, muerta; una estudiante universitaria de intercambio, muerta... Y dos casos especiales: una amiga, que salió herida leve, y la hermana de dos amigos míos, que está muy mal y no saben si saldrá de ésta.

En el fondo, siento que tengo que perdonar a esas personas y pedir para que cambien su mentalidad y se den cuenta de una vez de que así no van a ninguna parte. También pido por nosotros, para que entendamos que no todos los musulmanes son terroristas, aunque algunos de ellos han puesto las bombas.
J. A. P. (17 años)

 

Estoy viviendo estos días desde una “perspectiva” particular, porque en la facultad de Ciencias de la Comunicación todo te pone frente a la actualidad, y sobre todo cómo la comunican los medios. Me siento mal cuando te das cuenta de que, al lado del mucho bien que hace la gente corriente, se está también manipulando la información por parte de los principales medios. Cada vez es un verdadero encuentro con el dolor, en las personas angustiadas o tristes que me encuentro. Veo que la desinformación trae consigo la radicalización de las posiciones políticas, y entonces recuerdo lo que le oí una vez a una personalidad política: es necesario tener una idea propia, conscientemente elaborada, para ser capaces de dialogar.

Algo me empuja a sacar de la página Web del Vaticano algunas encíclicas y leerlas. Después, en la Facultad, trato de entablar con cada uno un diálogo, de escuchar a todos más allá de la diferencia de pareceres. No puedo permitirme hacer comentarios superficiales que tienen una repercusión en el ánimo del otro, porque estos comentarios no son amor. Me parece que todo me empuje a vencer con el amor.
A. B.


Aquella mañana recibimos en la parroquia la llamada del arzobispado pidiendo a los sacerdotes nuestra presencia en IFEMA. Llamé a otro compañero agustino y en media hora nos presentamos allí. Nada más pisar el recinto dos azafatas con una cordialidad sorprendente nos llevan a las salas. Se percibe una emoción incontenible y en todas las caras se lee el único nombre de solidaridad bajo distintos servicios: médicos, enfermeras, psicólogos, policía, voluntarios, Samur, Cruz Roja... En su gran mayoría jóvenes, aunque los adultos no faltaban.

Estuve desde las doce hasta las tres de la tarde y luego, por la noche, de once a dos. Pude saludar a unas catorce familias que quedarán siempre en mi memoria. El primero fue un joven de 18 años. No tiene familia. Su padre murió hace ocho años y vivía con su madre. Ese día la madre no trabajaba y aprovechó para hacer compras en Madrid. En Atocha encontró la muerte. Me dice que sólo le quedan los amigos... “y un sacerdote –añado yo– que también te quiere y reza por tu madre. Le di mi dirección.

Luego me encuentro con una joven madre. Su único hijo, aunque no tenía clase por la huelga, había quedado con el profesor de matemáticas. Figura entre los heridos, pero no sabe dónde, y está angustiada. He estado a su lado unos quince minutos tratando de decirle palabras constructivas. Por la noche su marido me cuenta el bien que le había hecho.

Finalmente me encuentro con lo más trágico: María de la Soledad, de 42 años, iba sentada junto a una de las mochilas. La han identificado por las huellas. Totalmente deshecha. Casualmente su hijo había sido bautizado en mi parroquia y ahí quiere su marido celebrar el funeral. Antes de la celebración, hablé con Rafael, que es budista. Me dice que su mujer era una cristiana muy creyente. “Yo soy budista, quizá esto le disguste”, añade. “Por supuesto que no –le digo–, el Amor es lo que nos une, ¿no es cierto?”. Al final, Rafael vino a decirme: “Gracias, me has hecho un gran bien: ahora se dónde está María Soledad; marcho con mucha serenidad”.

Todo ha sido escuchar, consolar y acompañar, y estos sencillos actos de amor han tenido una recompensa infinitamente mayor. Apenas he visto gestos de rechazo, todo lo contrario. No tengo la sensación de haberme quedado en el túnel de Viernes Santo sino en la mañana radiante del Domingo de Resurrección.
A. C., agustino