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[ P o l í t i c a ]


[ Un pueblo europeo ]

«Ha llegado la hora de llegar a un consenso sobre el máximo común denominador, no sobre el mínimo», éste es el papel de las asociaciones ecuménicas en la Europa unida.


Miguel Zanzucchi

Aldo Giordano, secretario del Consejo de Conferencias Episcopales Europeas se pronuncia sobre la función de los católicos y de las agregaciones ecuménicas en la composición de una Europa unida.

–Mucho se habla de una nueva primavera de la Iglesia europea, debido a los movimientos y nuevas comunidades. ¿Cuál cree que sea su papel en el actual momento político y eclesial?

–Creo que la exhortación apostólica de Juan Pablo II Ecclesia in Europa propone una síntesis muy significativa sobre la aportación de los movimientos y nuevas comunidades eclesiales. Dice: «Ayudan a los cristianos a vivir más radicalmente según el Evangelio; son cuna de diversas vocaciones (...); promueven sobre todo la vocación de los laicos y la llevan a manifestarse en los diversos ámbitos de la vida; favorecen la santidad del pueblo; pueden ser anuncio y exhortación para quienes, de otra manera, no se encontrarían con la Iglesia; con frecuencia apoyan el camino ecuménico y abren cauces para el diálogo interreligioso (...); son una gran ayuda para difundir vivacidad y alegría en la Iglesia» (n.16). Europa tiene una urgente necesidad de cristianismo y los movimientos son una forma de realizarlo.

Hay una segunda aportación que considero de valor histórico. Los movimientos, en general, ya constituyen un pueblo “europeo” que va más allá de las barreras nacionales, de las culturas, de las pertenencias étnicas. Europa, incluso recientemente, ha fracasado en la convivencia de sus distintas nacionalidades y etnias, así es que resulta providencial que podamos acudir a estos laboratorios donde se aprecia la posibilidad de realizar una verdadera familia sin fronteras.

–La Europa política está pasando graves dificultades para definir sus valores e ideales. ¿Pueden los cristianos aportarle algo?

–Con respecto a los valores que deberían constituir la “visión” o la “idea” de Europa, veo un problema de fondo. Corremos el riesgo de crear una nueva retórica de los valores. Por un lado, podemos compartir la lista de valores que se encuentran en los primeros artículos del actual tratado constitucional: dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, paz..., todos son elementos fundamentales del Magisterio de la Iglesia. Pero cuando se empieza a discutir sobre su fundamento, su contenido o su interpretación, nos encontramos con las manos vacías. Y es que no basta con nominarlos, pues bajo un mismo valor pueden esconderse posiciones contrarias. Por ejemplo, se cita la dignidad humana tanto para defender como para atacar el aborto. De ahí la responsabilidad de los cristianos para ofrecer una interpretación y un contenido a los valores. Una Europa sin luz, o va vagando en las tinieblas, o se pierde en un anárquico pluralismo de luces parciales e ilusorias.

–El acercamiento entre movimientos católicos, evangélicos, anglicanos y ortodoxos, ¿puede relanzar el ecumenismo?

–Cada vez es más claro en la escena ecuménica que para avanzar en el camino de la reconciliación se requiere una fuerte espiritualidad con raíces en el Evangelio. Esta exigencia de espiritualidad es cada vez más apremiante, si bien su contenido no es del todo claro. Y los movimientos tienen experiencia de lo que significa espiritualidad y se basan en la vida. Normalmente los obstáculos de relación entre la iglesias no son tanto de orden teológico, cuanto de tipo histórico, cultural, jurídico o psicológico. ¡Todavía tenemos miedo! Los movimientos han empezado a superar el temor a encontrarse y colaborar, porque comparten el agua de la espiritualidad. Estoy convencido de que ese vivir juntos el Evangelio liberará el camino de muchas piedras que entorpecen también el avance del diálogo teológico.

–¿Cómo puede la Iglesia institucional favorecer a los movimientos para que crezca la comunión eclesial?

–Creo que el quid está en redescubrir la “catolicidad” o universalidad de la Iglesia. Por mi experiencia, veo la gran oportunidad que supone la catolicidad del Evangelio. Es la posibilidad de pensar en una unidad que no destruye, sino realiza la distintas identidades, y al mismo tiempo impide que las identidades se encierren, sino que juntas crean una nueva realidad. Si somos maduros y vamos a fondo, veremos que la Iglesia es al mismo tiempo universal y local, primada y sinodal, institucional y carismática, parroquias y movimientos... La contraposición conlleva empobrecimiento y es un signo de que aún estamos en edad infantil. Pero después de la infancia viene la edad madura y entonces se aprende a gozar de la rica variedad de las iglesias.

–Esa falta referencia a las raíces cristianas de Europa, la emigración, el materialismo..., están manifestando que el cristianismo es una religión minoritaria, incluso se habla de post-cristianismo. ¿Qué aportaría la unidad de los cristianos a este contexto?

–Podríamos escribir una novela a propósito de las distintas fases del debate sobre la referencia a las raíces cristianas en el preámbulo del tratado constitucional de la Unión Europa. Es verdad que en el boceto actual se ha preferido una referencia genérica a una “herencia cultural, religiosa y humanista de Europa”, o sea, una solución impersonalista, en el intento de encontrar un mínimo común denominador.

¿Por qué tanta reticencia a nombrar el cristianismo? Tienen mucho peso los contrastes ideológicos, ya algo trasnochados, y se nota el autoritarismo de cierto laicismo. Pero sobre todo da pena constatar una incomprensión básica de lo que supone la experiencia cristiana. Algunos piensan que sea una cuestión de privilegios, otros que sea la necesidad de repartirse la tarta; otros argumentan que citar el cristianismo supone un agravio para las demás religiones, otros que sería un peligro para el laicismo...

Sólo juntos podrán los cristianos dar testimonio de que el cristianismo es una “buena noticia” para Europa, la noticia de un Dios que ha dado la vida por todos, que nos ha traído el secreto par construir una casa que todos podamos habitar, que ha puesto las bases del laicismo al distinguir lo que es “de Dios” y lo que es “del César”. Quizás haya llegado el momento de llegar a un consenso sobre el máximo común denominador, no sobre el mínimo.