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[ I g l e s i a ]

[ Objetivo, los niños ]
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Como todos los años, Juan Pablo II ha emitido un mensaje con motivo de la Cuaresma. Esta vez se centra en los niños, y lema es la cita de Mateo 18,5: “El que recibe a un niño como éste en mi nombre a mí me recibe”. Tiene una doble finalidad: pararse a reflexionar sobre la condición de los niños en el mundo de hoy, por una parte, y estimular al creyente para que cultive la sencillez y confianza del Hijo de Dios, que compartió la suerte de los pequeños y los pobres. “Hacerse” pequeños y “acoger” a los pequeños podría ser el resumen de este mensaje. Hay una mención especial a aquellos padres que no dudan en formar una familia numerosa, así como a aquellos que, en vez de dar prioridad al éxito profesional, se esfuerzan por transmitir a sus hijos los valores humanos y religiosos que dan sentido a la vida.
El documento expresa admiración por los que se dedican a la formación de los niños o alivian el sufrimiento de aquellos que se ven afectados por conflictos violentos, por la hambruna, por la emigración y por tantas formas de injusticia. Y llama la atención sobre las formas de violencia que ejercen los adultos sobre los menores: abuso sexual, inducción a la prostitución, tráfico y consumo de drogas, trabajo forzoso, enrolamiento en milicias, tráfico de órganos y personas...
La tragedia del SIDA, cuyas consecuencias en África son devastadoras, aparece denunciada de un modo dramático en el documento, pero no desciende a datos concretos. Por eso queremos recordar que la OMS ha señalado en África la cifra de 2,5 millones de niños afectados por la enfermedad, y según otras fuentes ya ha dejado alrededor de 13 millones de huérfanos. Tampoco analiza el documento la problemática en torno al tema, pero cuando lo presentó monseñor Cordes, presidente del Consejo Pontificio Cor Unum, se refirió explícitamente a los laboratorios farmacéuticos que se resisten a bajar el precio de los medicamentos.
Para ayudar a paliar el problema, la Santa Sede ha anunciado la emisión de un sello dedicado a la infancia, con lo cual se espera recaudar la suma de 500.000 euros, destinados a la construcción de un centro en Kenia para niños huérfanos o afectados por el SIDA. El jesuita americano D’Agostino, patrocinador de la idea, no deja de insistir en la necesidad de que baje el precio de los medicamentos e incluso no duda en calificar la postura de los laboratorios de “genocidio”.
Otro gran problema que afecta a los niños africanos, aunque no exclusivamente, es su reclutamiento como combatientes. Varias razones pueden explicar este terrible fenómeno, pero sin duda el descenso de la población adulta a causa de guerras y enfermedades y la multitud de huérfanos existente propician el enrolamiento de niños como una solución para sus vidas. Se han dado tristísimos episodios bélicos, como en el Congo, en que los niños han cometido las mayores atrocidades.
Ante este panorama desolador, el documento esgrime la pregunta que cualquier persona sensible se plantearía: ¿qué mal han hecho estos niños para merecer tanto sufrimiento? Desde una perspectiva humana, resulta imposible responder. «Solamente la fe –dice el Papa– nos ayuda a penetrar este abismo de dolor», y añade: «Jesús tomó sobre sí el sufrimiento humano y lo iluminó con la luz esplendorosa de la resurrección. Con su muerte venció para siempre a la muerte». No es una invitación a la pasividad, sino todo lo contrario, un estímulo a hacer todo lo posible, dentro de la gama de posibilidades de ayudas concretas, económicas y sociales que existen o se puedan crear, para aliviar el dolor de los más abandonados, los niños, que sufren y mueren por la malicia de los adultos.
El Papa aprovecha la Cuaresma para exhortar a los cristianos a «dedicar mayores cuidados a los niños en el propio ambiente familiar y social». Y concluye recomendando la oración del Padrenuestro, pues así recordamos que somos hijos suyos y, por tanto, “nos sentiremos hermanos entre nosotros», y reiterando el lema del mensaje: «El que recibe a un niño como este en mi nombre, a mi me recibe».
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