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[ P o l í t i c a ]

[ No es un problema de fronteras ]
Día sí, día también, hay alguna noticia sobre inmigrantes. De todo tipo; unas de cariz lamentable, otras más esperanzadoras. Que ha sido capturada una patera más, que se ha desmantelado una banda delictiva, que ha habido un ajuste de cuentas entre grupos rivales, que ha aumentado la escolarización de hijos de inmigrantes, ¡que ha aumentado el índice de natalidad gracias a los inmigrantes!... Día sí, día también, hay personas foráneas que pisan nuestro suelo con la sana, o menos sana, intención de quedarse y abrirse camino lejos de sus pagos. Muchos permanecen en situación ilegal hasta que una buena coyuntura les permita regularizar su situación.
Estamos todavía construyendo Europa. Queremos seguir eliminando fronteras y según se avanza nos vamos dando cuenta de la cantidad de problemas que ello suscita. De hecho, seguimos sin una Constitución que defina la “identidad” europea. Normal: más miembros en la familia, más exigencias que satisfacer. Y mientras hacemos lo imposible por cancelar esas fronteras “internas”, nos damos cuenta de lo débiles que son las “externas”, de manera que se nos van planteando otros problemas no menos urgentes, como es justamente el de los inmigrantes, que provoca inquietantes tensiones en el ámbito de las relaciones exteriores.
Desde siempre, el hombre se ha trasladado de un lugar a otro, y lo seguirá haciendo mientras tenga necesidad de asegurarse la supervivencia. Hoy, América y Oceanía son un producto de las migraciones, sobre todo europeas. Europa misma es un conglomerado de etnias que la han cruzado de Este a Oeste y de Sur a Norte. África aún sigue digiriendo los efectos de la época colonial. Y Asia... es otro mundo.
No hace tanto que la nuestra era tierra de emigrantes. Ahora las tornas han cambiado y en la misma puerta de nuestra casa ocurren historias que ponen los pelos de punta. Y menos mal que no llegamos a conocer todas esas dramáticas vicisitudes de los que se dejan la vida cruzando el estrecho, o antes cruzando el desierto para llegar al estrecho, o antes a manos de vaya usted a saber qué red de traficantes. Esto último seguramente es lo peor: ¡que todavía haya carroñeros que se aprovechan de la debilidad ajena! Los hay. Explotan al débil antes de empezar su aventura, durante y al final de ella. ¿Cuántas mujeres se ven obligadas a la prostitución?, ¿cuántos obreros trabajan en ambientes malsanos para no ser controlables?
Es un cuadro más bien negro y no es posible afrontar la cuestión como si se tratase sólo de un problema de policía fronteriza que cada país debe afrontar y resolver con medidas más contundentes, o con leyes de extranjería más restrictivas. Habría que abordar el fenómeno como una emergencia humanitaria, igual que se abordan la oleadas de refugiados que invaden los campos de prófugos. De hecho, tiene dimensiones e implicaciones internacionales y compete a toda la Unión Europea.
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