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[ T e s t i m o n i o ]

 

[ La telefonista y sus ideas ]

Vicisitudes de una telefonista que no se resigna al anonimato del ambiente laboral que la rodea.

Recogido por Catalina Ruiz

Filas de ordenadores a lo largo de las paredes, mesas redondeadas divididas en porciones, una línea telefónica en cada puesto y un montón de gente hablando por su micrófono... Todos juntos, todos a la vez y todos solos. Un calambre me encogió el estómago. ¿Qué estaba haciendo yo ahí? Sí, iba a ser mi trabajo, pero no sabía cómo meterle mano. Pedía ayuda a uno y otro, a veces inoportunamente, observaba a los colegas más experimentados, y así aprendí. No fue nada fácil.

Tener que presentar por teléfono los productos me resultaba algo incómodo. Tenía un esquema de lo que debía decir, pero nunca logré seguirlo. Los clientes me asaltaban con preguntas a las que no sabía responder, ya sea por mi ignorancia, ya sea por la escasa formación que había recibido.

He de reconocer que, cuando llegué a este trabajo, no pasé inadvertida. No pretendía llamar la atención, sólo pensaba en ahorrar tiempo y energía, por eso cruzaba la gran plaza que hay delante de las oficinas... en patines. Claro que el adoquinado del pavimento daba a mi andadura cierta oscilación y seguramente la mole de mi cuerpo recordaría a más de uno la danza de los hipopótamos de la película Fantasía... A parte de eso, ¿qué tenía de extraño? Nada, pensaba yo, y entraba al trabajo en ruedas.

Cuando ya éramos cuatro rodando por los pasillos, nos dijeron que colgásemos los patines; no tenían intención de contratar a un guardia de tráfico. ¡Y pensar que en otros sitios los patines se usan normalmente en la oficina! Te permiten ahorrar tiempo en los desplazamientos y además ganas en simpatía...

Soy una persona de costumbres y me gusta colocarme siempre en el mismo puesto. Yo era la última de la fila, quizás por eso me gustaba, aunque todos los puestos eran iguales, todos los pisos iguales, todas las sillas idénticas, y no había que cualificarse con un nombre distinto: el mismo para todos. Para colmo, te pasabas siete horas diciendo siempre las mismas cosas, respondiendo a unas objeciones previsibles, repitiendo los mismos gestos. En fin, que no era el máximo de la personalización.

Así es que decidí darle un toque de vitalidad a mi rinconcito con muñequitos de Disney. Los pintaba con témpera para poder quitarlos fácilmente, y lo hacía durante las pausas. Eran bonitos, sí, pero no decían nada. Al final decidí cambiarlos por otros de Gibí y W Doble y fue un gran éxito. Tuve que buscar viñetas para decorar los puestos de mis compañeros y compañeras. Ya había decorado cinco puestos, cuando una esponja cruel borró todas las viñetas y así desapareció cualquier veleidad decorativa en la oficina. Pero bueno, había plantado una semilla.

Los telefonistas son grandes bebedores..., de agua, claro está. Cuando te pasas el día hablando continuamente, lo menos que te puede ocurrir es acabar con un poco de ronquera. Por eso consumimos también caramelos y chicles de todo tipo. Empecé a ofrecerlos a los demás, luego pasé a las tartas caseras y los pasteles. Reunirse a la hora del descanso con una rebanada de algo rico facilita la confidencia, el intercambio de recetas y... lo que sea. Basta que alguno empiece.

Un día se bloqueó la red y estuvimos tres horas sin trabajo. Espontáneamente nos sentamos en círculo y María nos contó que era madre de un niño muy difícil; Andrés compartió su preocupación por su sobrino Camilo, que había nacido con una malformación cardiaca y corría peligro; Laura explicó lo que significa quedarse sola con dos niños después de un penoso divorcio; Félix nos transmitió su miedo a la esclerosis múltiple que le había diagnosticado hacía poco... Fue estimulante encontrarse así, con sencillez. Nos hacen falta estos espacios, y mejor si no tienen etiqueta. Cada sábado, a la hora del descanso, reanudábamos estos encuentros, y muchas veces nos metíamos en temas existenciales, filosóficos y religiosos. Andrés, que está a punto de acabar su doctorado en Filosofía, nos introducía en las distintas corrientes de pensamiento. A raíz de lo que cada uno vivía surgían las preguntas más variadas y así nació también el deseo de conocer más el Evangelio y, de vez en cuando, lo leíamos juntos. Íbamos de sorpresa en sorpresa.

Un día llegó la noticia de que Camilo estaba gravísimo y que no había esperanzas de salvarlo. Rezamos juntos un avemaría en la entrada de la oficina llena de humo. Lidia rompió a llorar. Todos pensamos que estaba apesadumbrada por el estado del niño (que ahora ya está bien), sin embargo lloraba porque hacía veinte años que no rezaba: «Venía aquí para ganarme una pesetas, y ahora me tenéis preguntándome cómo ayudar a los que pasan dificultades, leyendo el Evangelio e incluso rezando».

La relación con los clientes es otro capítulo. Procuro ser lo más clara y exhaustiva posible, pero al mismo tiempo trato de captar el momento que está viviendo mi interlocutor en el momento que llego yo con mi llamada.

Una vez llamé a una señora que acababa de volver del hospital con su nena de cuatro días; otra vez fue una madre que había perdido a su hijo hacía poco en un accidente de tráfico. No siempre es fácil encontrar las palabras justas. Muchas veces he rezado delante de mi terminal por las situaciones que se me presentaban al cabo del día. Me acuerdo de un señor ya anciano que me decía: «A mí ya no me queda vida, sólo espero poder reunirme con mi mujer en el más allá». Podía haberle dado los buenos días y decirle que se animase, pero preferí gastarme unas palabras y aconsejarle que se metiese en alguna actividad de voluntariado, pues así su mujer estaría contenta de ver cómo canalizaba el amor que le tenía, en lugar de malgastarlo en melancolía...

Este trabajo, de por sí, engloba a una población con las historias más complejas que puedas imaginarte. Telefoneando a todas partes he conocido, aunque sea brevemente, a miles de personas. Cuando estuve vendiendo pólizas de seguro, me ocurrieron aventuras telefónicas de lo más interesantes. Una vez estaba tratando de estipular un contrato de seguro con un cliente más bien reacio que me respondió así: «¡Vaya, yo soy un fatalista! ¿Qué va usted a asegurarme?». «El amor de Dios», le dije sin pensármelo. Un largo silencio colmó el asombro suyo y mío. Luego, el cliente añadió con curiosidad: «¿Y cómo es eso?». «Bueno, para empezar, es gratis, puede verlo en las personas que le quieren y en las cosas hermosas de la vida». «Ah, ya veo, para usted todo es amor de Dios». «Pues sí», le dije sencillamente, pero con una fuerza que no era mía. Al poco tiempo le estaba proponiendo el mismo seguro a una señora y, apenas había empezado a presentarle el producto cuando me dijo: «Usted debe ser la del amor de Dios. Venga a verme y dígame dónde está el amor de Dios en mi vida». Y así, sin pensarlo dos veces, cogí un tren y fui a verla.