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[ É t i c a ]

[ En público y en privado ]
Cada vez es mayor la brecha que separa la vida pública de la privada. Mientras que en un ámbito aceptamos las imposiciones del contexto social, en el otro nos resistimos a “ser controlados”. ¿Será ésta la causa del rechazo a las normas morales? ¿Qué consecuencias tiene y tendrá esta especie de esquizofrenia moral?
Carlos Gª Andrade
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Uno de los puntos de conflicto más enconados entre cultura actual y tradición católica se juega en el plano de la moral, en particular respecto de la moral sexual-matrimonial y la bioética. Incluso entre quienes dicen situarse en una posición razonable, es común escuchar comentarios de este tipo: “es una moral anticuada y retrógrada”, “necesitaría modernizarse y ser más abierta”, “no ha sabido integrar los cambios sociales ni los avances técnicos”. Yo creo que se trata más bien de una impresión global que de una clara conciencia de los pasos a dar, pero la idea flota en el ambiente y muchos se hacen eco de ella.
La cuestión es bien compleja, por eso quiero ceñirme a un aspecto previo a los problemas concretos, aspecto que condiciona decisivamente la lectura que luego se hace de los preceptos morales cristianos y que está provocando efectos dramáticos. Me refiero a un presupuesto implícito de la organización de nuestra cultura. Es la clásica división entre “vida pública” y “vida privada”, característica de las sociedades burguesas.
Esquizofrenia moral
Es verdad que las condiciones objetivas de la vida actual han acentuado y hecho casi imprescindible esta distinción: la vida en la gran ciudad, trabajar fuera de casa, el multiplicarse de relaciones anónimas u oficiales, etc. Pero lo más llamativo de esta distinción es que se ha traducido en dos esferas morales separadas, que se rigen por criterios muy diversos en el plano de las conductas y las normas.
Para la “vida pública” (laboral, profesional, comercial, de relaciones oficiales...) todos aceptamos la existencia de unas normas de obligado cumplimiento, exigibles incluso por vía penal, y todos admitimos la necesidad de una formación y una profesionalidad, que implica control, disciplina, esfuerzo y dedicación, para poder alcanzar el éxito en este ámbito. En cambio, para la “vida privada” el criterio común es que no hay normas, ni criterios objetivos, ni principios exigibles. Esta parte de la vida se considera el reino de la más absoluta libertad, pero entendida de forma subjetivista: que cada uno haga lo que quiera, con tal de que no moleste, disturbe o violente a los demás. Es decir, mientras que en la vida pública se admite una objetividad moral que permite delimitar lo bueno de lo malo, las conductas admisibles de las no admisibles, en cambio en la vida privada todo depende de la libre opción personal, no se plantea la necesidad de una formación, de unos criterios para distinguir objetivamente lo adecuado de lo no adecuado.
En tales condiciones, se comprende que las normas de la moral cristiana orientadas a ordenar las conductas específicas en estos campos que nuestra cultura considera “privados” (sexualidad, matrimonio, contracepción, eutanasia...) sean percibidas como una indebida agresión a la sagrada libertad individual: “¿Por qué tiene que meterse la Iglesia en lo que hacemos mi mujer y yo en la intimidad de nuestra habitación?”, “¿por qué no voy a poder disfrutar yo de la sexualidad como me parezca, si no hago mal a nadie?”, “¿quién es la Iglesia para oponerse, si yo decido libremente poner fin a mi existencia?”. Actitudes como éstas expresan esta dificultad básica: no se admite que la moral cristiana quiera ordenar estos aspectos de la vida.
Paradojas de la vida
¿Qué consecuencias se derivan de este enfoque? El primero, evidente, es que el debate se desplaza. No consiste ya en que se rechace tal o cual precepto cristiano, sino que se cuestiona de antemano que la moral pretenda proponer normas objetivas y obligatorias para la vida privada.
En segundo lugar –y esto es más serio– provoca la desconexión entre los preceptos morales y su función constructiva y orientadora. En realidad, cuando la Iglesia propone unas pautas morales, no está haciendo otra cosa que explicar cuál es la lógica del proyecto; esto es, presenta las conductas inteligentes que permiten desarrollar el proyecto cristiano en este sector de la vida humana. Así, si la moral me invita a abstenerme de tal conducta, no es porque pretenda controlar lo que debo elegir. Lo que me dice es que, si yo no elimino tal conducta, arruinaré mi vida familiar o personal. Mas desde el prejuicio citado, al percibir estas normas como una intrusión indebida en el terreno de la propia libertad, se interpretan como expresión de un supuesto afán eclesial por dominar la vida de los creyentes y ya no se comprende su función de pautas para desarrollar adecuadamente la vida personal o familiar.
Todos admitimos que, para llevar a cabo con éxito un determinado proyecto exigente, son imprescindibles las reglas, los criterios, la organización que favorezcan el desarrollo de unas conductas inteligentes que lleven a culminar dicho proyecto y que, a la vez, excluyan las conductas desviadas que lo impiden, o abocan al fracaso del mismo. Sin embargo, inexplicablemente, esto no parece valer para la vida privada. Ahí se supone que no hay objetividad posible, ni debe haberla. Tampoco se necesita preparación, ni esfuerzo, ni disciplina.
En tercer lugar aparecen los frutos indeseados, pero inevitables, de un enfoque semejante, que afectan sobre todo a la vida familiar. En este terreno es donde se muestra claramente lo negativo de ese modo de organizar la vida. ¿Por qué tanto fracaso matrimonial?, ¿por qué crecen exponencialmente los episodios de violencia doméstica, de abusos de menores, de crímenes increíbles dentro de la familia? Yo creo que fenómenos tan distintos tienen en común este presupuesto de nuestra sociedad de que en el ámbito de lo privado no hay normas, ni reglas objetivas, ni debe haberlas.
La vida de familia es un proyecto exigente que requiere entrega, aprendizaje, disciplina y criterios: el arte de amar. Pero hoy, en un porcentaje muy elevado de los casos, se afronta sin la menor preparación, ni criterios morales firmes, creyendo que sólo el mutuo amor –que con frecuencia no pasa de ser un mero enamoramiento, lo cual es algo pasajero– permitirá superar los problemas. Esto es condenarse a vivir a la intemperie, a tener que improvisar sobre la marcha, y el resultado es nefasto.
Así se configura la sangrante paradoja que vivimos hoy. Según las encuestas, la familia es el valor supremo para la cultura española actual, pero pocos se preparan mínimamente a vivirla, pocos admiten la necesidad de seguir pautas objetivas para llevarla adelante.
Los episodios de violencia y muerte surgen de la confluencia de dos incapacidades: la incapacidad de aceptar el fracaso en aquello que se considera lo más valioso de tu vida y la incapacidad de aceptar pautas de conducta que permitan llevar adelante con éxito ese proyecto tan valioso. La consecuencia es otra incapacidad, la de suprimir o modificar las conductas erróneas que, de hecho, arruinan la relación de la pareja, porque “¡en mi vida privada no se mete ni Dios!”.
Contracorriente
Consideremos ahora el riesgo de un transvase a la vida pública de esta ausencia de normas en lo privado, pues esta esquizofrenia entre vida privada y pública se soporta mal, y menos entre los jóvenes que la sienten como hipocresía. No hay que extrañarse de fenómenos como la corrupción política, la violencia juvenil, las locuras con los vehículos o los excesos que provocan el alcohol y las drogas. ¿Cómo no va a repercutir en su trabajo, si uno en su vida privada se entrega a una de las múltiples adicciones que propone nuestra sociedad de consumo para superar la ansiedad o la frustración? ¿Cómo no asustarse de que la publicidad promocione esta esquizofrenia, pues le viene de perlas que los consumidores no se guíen por reglas morales a la hora de satisfacer sus apetencias?
Todo ello nos habla de un sistema que está minando la estructura social y que no puede arreglarse sólo endureciendo las disposiciones penales o la agilidad judicial. Sólo quien ha experimentado que todo lo que vale cuesta está a salvo de los vendedores de paraísos fáciles. Sólo quien ha personalizado que la moral es imprescindible para cuidar lo más importante de la vida personal puede afrontar con garantías de éxito las dificultades de todo proyecto vital que merezca la pena.
¿Qué puede hacer la propuesta moral cristiana ante este marco? Ante todo tiene que mostrar su eficacia humanizadora. Si los hombres de hoy ya no entienden por qué es mejor abstenerse de ciertas conductas o controlar determinados impulsos o deseos, es preciso que puedan palpar que, si lo hacen, se vive de un modo más feliz, más justo, más alegre, más libre. Hay que acreditar con los hechos la razón de ser de los preceptos morales para la vida personal y su eficacia ordenadora, constructiva, porque ya no se entiende. Hoy en día la aceptación del imperativo (precepto moral) sólo puede ser fruto de la contemplación del indicativo (una vida hermosa).
Pero también es preciso educarse para lo que podríamos llamar un “estilo de vida contracorriente”. Hay cosas que un creyente no puede permitirse, aunque todos las hagan. Y contrarrestar este enfoque esquizofrénico de la vida es imprescindible. Tampoco es tan raro. Así tuvieron que vivir los primeros cristianos en medio de una sociedad pagana. Especialmente es decisivo para la educación de los hijos. Basta echar una ojeada a la Carta a Diogneto, escrito cristiano del siglo I del que no me resisto a transcribir un fragmento (ver recuadro). Creo que el desafío de hoy va en esta línea y ser conscientes de lo que implica es urgente.
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No se distinguen ]
En efecto, los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por la nación ni por la lengua ni por el vestido. En ningún sitio habitan ciudades propias, ni se sirven de un idioma diferente ni adoptan un género peculiar de vida (...). Habitan ciudades griegas o bárbaras según les correspondió a cada cual; y, aunque siguen los hábitos de cada región en el vestido, la comida y demás género de vida, manifiestan –y así es reconocido– la admirable y singular condición de su ciudadanía. Todos ellos viven en sus respectivas patrias pero como forasteros; participan en todo como ciudadanos pero lo soportan todo como extranjeros (...). Se casan como todos y tienen hijos, pero no los abandonan. Comparten la mesa pero no la cama. Están en la carne pero no viven según la carne. Pasan la vida en la tierra pero tienen su ciudadanía en el cielo. Obedecen las leyes establecidas pero superan las leyes con su particular manera de vivir. Aman a todos pero son perseguidos por todos. Son desconocidos pero son condenados. Se les mata pero son vivificados. Son pobres pero enriquecen a muchos; les falta de todo pero están sobrados de todo. Son despreciados pero en esos desprecios son glorificados; se habla mal de ellos pero se les justifica. Se les injuria pero ellos bendicen; son afrentados pero ellos honran. Aunque hacen el bien, son castigados como malhechores. Aunque son castigados, se alegran como si estuviesen siendo vivificados. Como si fueran extranjeros son combatidos por los judíos y perseguidos por los griegos. Y quienes los odian no saben explicar el motivo de su enemistad.
Carta a Diogneto, en Padres Apostólicos (Biblioteca de Patrística, nº 50). Ciudad Nueva, Madrid 2000. pág. 560.
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