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[ I g l e s i a ]


[ Pacem in terris ]

La encíclica “Pacen in Terris”, publicada el 11 de abril de 1963, unos meses antes del fallecimiento de Juan XXIII, vino a ser como su “testamento espiritual”. Un texto claro, profundo y realista que sigue teniendo la misma actualidad que cuando se publicó.

Fernando Guerrero

Las circunstancias que rodearon su publicación fueron especialmente oportunas. Hacía sólo cuatro meses que se había producido la crisis de Cuba, causada por el emplazamiento en la isla de rampas de lanzamiento de misiles a cargo del gobierno soviético, lo cual provocó uno de los momentos más peligrosos de la Guerra Fría, que a punto estuvo de hacer estallar una tercera guerra mundial.

Ecos de la encíclica
En general, tuvo una acogida muy favorable, y ello se debió sin duda, como dijo el cardenal Agostino Bea, al hecho de que Juan XXIII vino a constituirse en vocero de los sentimientos y preocupaciones de la humanidad. Grandes personalidades de entonces se manifestaron en completa sintonía con el documento pontificio.

Así lo hizo el Secretario General de la ONU, U Thant, y también el Director General de la UNESCO, que al terminar la 55 sesión del Comité Ejecutivo hizo una alusión explícita a la importancia de su contenido. En el mismo sentido se pronunciaron la Conferencia de Ginebra sobre Desarme (17 de abril de 1963) y el Consejo Mundial de la Paz, así como la Federación Mundial de Excombatientes, la Liga de los Derechos del Hombre y el Consejo de Europa. El conocido escritor italiano Igino Giordani la calificó de “carta magna de la humanidad”.

La Asamblea General de la ONU celebró una sesión especial para comentarla, en la que participó como enviado especial del Vaticano el cardenal Léon-Joseph Suenens, arzobispo de Malinas y primado de Bélgica. Los grandes rotativos del mundo calificaron a Juan XXIII de realista, valiente, con un corazón abierto, digno de un gran dirigente de la historia.

Resumen de su contenido
La encíclica viene a ser una síntesis de la doctrina católica sobre la dignidad y los derechos de la persona y sobre la moral política, tanto dentro de los estados, como en las relaciones internacionales.

Desde el punto de vista doctrinal, no pretendía ser original. Como afirmaría luego Pablo VI en su alocución del 12/3/1984, Juan XXIII sacó de los escritos de Pío XII el núcleo doctrinal que ha hecho famosas sus dos encíclicas, Mater et Magistra y Pacem in Terris. Su mayor originalidad reside, desde mi punto de vista, en su lenguaje claro, realista y sistemático al exponer la doctrina de la Iglesia, en su oportunidad y actualidad, y en su apertura pastoral, universal, plena de sentido humano y sobrenatural.

Se ha querido destacar, como algo específico de esta encíclica, su dedicatoria. No sólo está dirigida, como de costumbre, a los pastores de la Iglesia, al clero y a los fieles católicos, sino “a todos los hombres de buena voluntad”. Pero no es exacto hacer hincapié en este punto, pues existen precedentes en otros documentos pontificios. León XIII dirigió su encíclica Praeclara Gratulationis “a todos los gobernantes y pueblos del mundo”; Pío XI dirigió la carta Nova Impendet “a todos los hombres de buen corazón”; y varios radiomensajes navideños de Pío XII tienen como destinatarios “a todos los hombres”.

La Pacem in Terris, después de una introducción en la que se pone de relieve que la paz exige el respeto del orden establecido por Dios en el mundo, tiene cinco partes.

La primera trata sobre las relaciones de convivencia entre los hombres, fundadas en el respeto de la dignidad natural y sobrenatural de la persona, dotada de derechos, con sus deberes correlativos (recoge un catálogo bastante completo de los derechos humanos y sus deberes correspondientes). Destaca tres signos de su tiempo: la elevación del trabajador, la presencia de la mujer en la vida pública y la emancipación de los pueblos.

La segunda parte desarrolla el tema siempre actual de las relaciones políticas dentro de los estados. Hace una formulación muy madura que viene a ser la culminación de un largo magisterio de los papas y de tratadistas católicos sobre el tema, con clara apertura a fórmulas democráticas de organización del estado, pero siempre dentro del orden moral querido por Dios.

La tercera parte, de importancia capital, aborda las relaciones internacionales. Postula clara y decididamente la necesidad de una autoridad política mundial, sobre la base de la igualdad entre los estados soberanos, siguiendo la enseñanza de los últimos papas (Benedicto XV, Pío XI y Pío XII) y de los estudiosos católicos, especialmente el jesuita Luigi Taparelli D’Azeglio (1793-1862). Sostiene con fundamento que las relaciones internacionales deben regirse por la verdad, la justicia, la libertad y el amor. En esta parte se abordan también algunas cuestiones de gran actualidad internacional: minorías étnicas, exiliados políticos, carrera de armamentos y desarme.

La posición de la encíclica –luego confirmada por el Concilio Vaticano II (Gaudium et Spes, parte III, cap. V, sec. 1ª) y actualizada por los papas de la primera mitad del siglo XX– es que la guerra ha dejado de ser un medio apto para resolver las violaciones del derecho en el ámbito internacional y de los conflictos que pueden surgir entre pueblos y naciones. Propugna asimismo un desarme simultáneo y arbitrado, con medidas de control mutuas y eficaces. Y por supuesto considera ilícito el uso del armamento atómico.

La cuarta parte trata con sentido positivo del ordenamiento de las relaciones internacionales, sobre la base del reconocimiento de la interdependencia real entre los pueblos, reiterando la exigencia de una autoridad mundial, mediante un acuerdo entre los estados en pie de igualdad, que funcione con arreglo al principio de subsidiaridad, el cual exige el respeto de la competencia propia de la autoridad de cada estado.

En esta parte se hace una expresiva alusión a la ONU y a la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Pero para completar la posición de la Iglesia respeto a ambos puntos, conviene contrastar la lectura de la encíclica con el estudio de los discursos de Pablo VI (4/10/65) y Juan Pablo II (2/10/79) ante la Asamblea General de las Naciones Unidas.

La quinta parte trata de las normas que deben guiar la acción temporal de los católicos. Tiene un carácter marcadamente pastoral, de una apertura que preludia la actitud del Vaticano II, no sólo hacia los fieles de otras iglesias cristianas, sino también hacia todos los hombres de buena voluntad, colaborando en las acciones buenas o que puedan llevar al bien, con recto sentido de la moral natural. Indica la necesidad de distinguir entre el error y la persona que yerra, que no pierde en ningún caso su dignidad. Expone también una distinción lúcida, con experiencia de la historia, entre teorías filosóficas falsas sobre la naturaleza, origen y fin del hombre y las corrientes o movimientos de carácter económico, social, cultural o político inspirados en dichos idearios, que pueden evolucionar a lo largo de la historia. De esto puede deducirse que la postura de los católicos ante las ideologías puede ser distinta de la que adopten ante los movimientos que inicialmente se inspiran en ellas, pero que en el curso de la historia han ido modificando parcialmente sus posiciones.

Conviene quizás matizar algunos de los comentarios que se han hecho respecto a esta apertura de la Iglesia, como si se hubiese dado una ruptura radical respecto a los papas anteriores. Podríamos citar textos de Pío X, Pío XI y Pío XII que admiten, con las necesarias cautelas, que no se omiten en la Pacem in Terris, la colaboración de los católicos con personas de buena voluntad, aunque no profesen la fe católica. Así, Pío X en la encíclica Singulari Quadam (24/9/1912) sobre la colaboración en el plano sindical con los acatólicos; Pío XI en la carta antes citada, en la encíclica Caritate Christi Compulsi (3/5/1932) y en la encíclica Divini Redemptoris (19/3/37) exhorta y admite esta colaboración. Y sobre todo Pío XII alentó ampliamente en sus discursos y radiomensajes a colaborar con las personas de otras creencias para sostener el orden divino en el mundo.

Proyección en el mundo actual
En algún sentido, la situación actual del mundo ha evolucionado favorablemente en orden a la paz. Ha desaparecido la amenaza del bloque soviético al hundirse el régimen comunista y derrumbarse el Telón de Acero; se ha solucionado la peligrosa situación del apartheid en Sudáfrica; los países del este europeo sometidos al comunismo han recobrado su independencia; Libia ha dejado de ser un peligro para la paz mundial... Pero existen situaciones nuevas, que son consecuencia de guerras locales, que constituyen graves violaciones a la paz: la guerra de los Balcanes con sus crueles matanzas y unas secuelas aún no superadas; la situación de Oriente Medio con el conflicto palestino-israelí aparentemente irresoluble, donde mueren inocentes de uno y otro bando y con continuas violaciones de las leyes internacionales; la amenaza de Corea del Norte de fabricar armas nucleares; y sobre todo el terrorismo internacional, que culminó con el ataque a las Torres Gemelas del 11 de septiembre, dando pie a las guerras de Afganistán e Irak, que a su vez son seguidas de ataques terroristas imposibles de evitar hasta ahora por las tropas de ocupación.

Queremos llamar la atención sobre la “guerra preventiva” declarada contra Irak, país acusado de poseer armas de destrucción masiva y de colaborar con el terrorismo islámico. Queremos adherirnos a la posición del Papa que, al igual que la ONU, rechazó dicha guerra. Sus secuelas están enfrentando al mundo islámico con Occidente.

A todo esto hay que añadir las continuas guerras tribales africanas (Congo, Ruanda, Burundi, Etiopía, Sudán, Sierra Leona, Costa de Marfil...). Todo ello pone de manifiesto que se habla mucho de paz, pero la paz no llega a nuestro mundo del tercer milenio.

Las enseñanzas realistas y profundas de la Pacem in Terris no se han cumplido y lo que produce más dolor es que los gobernantes que se dicen cristianos no las citan, ni las tienen en cuenta. La hegemonía de las potencias ricas en recursos y armamento es un peligro que no allana el camino de la paz. La violencia represiva indiscriminada no resuelve el problema de la amenaza terrorista. Las injusticias contra el tercer mundo, la desigualdad en la distribución de los recursos mundiales, la revolución biológica, con sus métodos radicales de control de la natalidad agravan la situación y desintegran la cultura de los pueblos, que tienen unas estructuras familiares y tribales basadas en el respeto a la vida en formación.

La voz serena del Papa, que conserva y actualiza las enseñanzas de la Pacem in Terris, eco, a través de los siglos del Evangelio de la Paz de Jesús, quiere salvar al mundo de una hecatombe. Las potencias interesadas debería escuchar y aplicar sus orientaciones salvadoras, que apuntan hacia la verdadera paz que anhelan todas personas y pueblos de buena voluntad.



Acceso a la carta encíclica "Pacem in terris"