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[ C u l t u r a ]

60 aniversario de los Focolares
[ La cultura de la unidad ]
Las distintas actuaciones del Movimiento de los Focolares en los ámbitos de la vida social son posibles gracias a una espiritualidad capaz de producir un nuevo paradigma cultural. Hablamos de ello con Giuseppe Zanghì.
Por Antonio María Baggio.
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Cuando lees un resumen de las actividades culturales del Movimiento de los Focolares y sus concreciones en los ámbitos económico, social, político, etc., parece una multinacional de la cultura, pues todo ello presupone un marco cultural. No sólo impresiona la variedad, sino la forma en que se relacionan entre sí. Centros de estudio y formación, ciudadelas para los diálogos ecuménico e interreligioso, revistas, editoriales, movimientos en los campos de la economía, el arte, la política y las comunicaciones. Aún en su variedad, todo ello expresa un único estilo, una impronta espiritual y cultural que ha sido definida como “paradigma de la unidad”. Demasiado amplio para haber sido fríamente calculado, demasiado complejo para ser un producto de ingeniería. Por eso requiere una explicación.
Si escarbamos un poco para buscar la identidad cultural de los Focolares, antes o después llegaremos a un hecho inicial resumido en esta frase: «Yo seré tu maestro». Ésta fue la respuesta que Chiara Lubich sintió que le daba Jesús, cuando, debido a las dificultades de la guerra, le fue imposible seguir sus estudios universitarios. La situación daba prioridad a la vida, o sea, optar por amar a Dios y al prójimo en cada momento mediante actos concretos, en lugar de estudiar mediante los libros.
La vida de Chiara, y la de todo el Movimiento, con el tiempo resultaría un verdadero estudio, una original forma de conocimiento que nace de la nueva espiritualidad de la unidad, un conocimiento que no venía de los libros y por tanto no se sabía previamente. Si hubiesen sido ideas y teorías basadas en la experiencia del pasado, no habrían podido expresar e interpretar la novedad espiritual que contiene un carisma. Se trata más bien de un conocimiento “sapiencial”, es decir, una luz ligada al amor vivido y que, con el paso del tiempo y el multiplicarse de los frentes en que el Movimiento actúa y las obras que realiza, ha revelado una dimensión cultural propia.
¿Qué fisonomía tiene este paradigma cultural? ¿Cómo encaja en la historia de la cultura humana y en la historia de Occidente, en donde ha nacido?
Una lectura de la crisis de Occidente
Para responder a estas preguntas, Giuseppe Zanghì, director de la principal revista cultural de los Focolares, Nuova Umanità, propone una lectura del cuadro histórico en el que florece la cultura de la unidad: «Estamos asistiendo al ocaso de una cultura que tuvo sus raíces en la Edad Media y que se desarrolló a la largo de las épocas posteriores. Aquél fue el gran momento iluminador de la fe cristiana, que supo expresarse en una cultura que caracterizó una época. Si pudiésemos comparar el decurso de la historia con el recorrido espiritual de una persona, yo diría que el florecimiento medieval estuvo precedido por lo que llamaríamos una “noche de los sentidos”, es decir, una especie de gran prueba, la caída del imperio romano, que supuso el derrumbe de un ordenamiento del Estado, de una seguridad que ya era tradición. Esta caída afectó al aspecto institucional, pero menos a los valores; o lo que es igual, no amenazó la parte más profunda, la raíz misma de la cultura. El periodo luminoso de la Edad Media se caracterizó por las universidades, por las “summe” (no sólo teológicas, aunque siempre impregnadas del factor religioso), que luego dan paso al humanismo. Acto seguido la cultura occidental entra en una crisis profunda. Esta crisis ya no es estructural o institucional, sino interna, en sus fundamentos».
La crisis de la Edad Moderna alberga una paradoja. Es un sufrimiento que madura precisamente a partir de las raíces cristianas, según se habían inculturado en Occidente, a cuya construcción contribuyeron enormemente. «Dicha crisis –explica Zanghì– se reduce a un punto fundamental. Cristo puso de manifiesto la relación personal del individuo con Dios; en este sentido fundó la subjetividad, que es la categoría fundamental del pensamiento moderno. Pero se trataba de una subjetividad basada en él: “Yo soy la vid y vosotros los sarmientos”. San Pablo lo dice así: “Todos vosotros sois una sola persona en Cristo”. Cuando esa subjetividad se desliga de su raíz, tal como lo ha hecho la modernidad, entonces se produce la crisis cultura en que estamos inmersos, pues al desligarla de su raíz, desemboca en el nihilismo».
Este resultado nihilista es sin duda negativo, pero en la posición cultural del Movimiento de los Focolares no se aprecia un rechazo de la modernidad, pues no es considerada negativamente, como mera degeneración de la cultura: «En la crisis de la cultura moderna vemos un rostro de Jesús abandonado, es decir, Jesús en el momento en que expresa su percepción de estar lejísimos de Dios; pero también es el momento en que Jesús nos revela al Padre de una forma más abierta. Justamente cuando sufre ese abandono, nos vuelve a reunir con el Padre.
»El cristianismo ha procurado encarnar en la cultura la luz que había recibido de Dios, pero en ese proceso no puede librarse de pasar por un momento de oscuridad, lo que los místicos llaman “noche del espíritu”. Precisamente el momento actual (el abandono que vive Occidente) puede ser visto como la maduración de la presencia de Cristo en el corazón, en la mente, en las fibras del Occidente, cuyo resultado debería ser el de pensar según las categorías de Cristo».
El sentido de la crisis
Hay que tener en cuenta que el cristianismo modifica profundamente la forma de relacionarse con Dios que tenía la antigüedad. Veamos este ejemplo que pone Zanghì: «Hablando de lo Absoluto, nosotros, que somos herederos de la cultura griega, decimos que es “uno”; no es posible la multiplicidad. En el cristianismo lo Absoluto es “trino”, es decir, articulado. Y lo es porque el núcleo del Ser contiene un “no”. El Padre no es el Hijo, el Hijo no es el Padre, y ninguno de los dos son el Espíritu Santo. Esto es una revolución tan grande que no puede dejar de alterar la estructura mental tradicional. Ésta se había forjado en la situación “post-edénica”, es decir, después de la salida del paraíso terrenal, que conlleva el deterioro de la relación con lo Absoluto, y por lo tanto el hombre forja una imagen de Dios pensándolo desde el exterior del jardín del Edén, condicionado por la caída. De manera que, o bien se pensaba que lo Absoluto no existía, o si existía estaba más allá de cualquier posibilidad de ser tocado por ese “no” que el hombre experimenta».
Gracias a Jesús deja de ser así. Por decirlo de alguna forma, volvemos a una relación con lo Absoluto que ya no es desde el exterior, sino en la intimidad, como la que puede tener el Hijo con el Padre; y gracias precisamente a Jesús abandonado. La cultura moderna es el gran testimonio de lo que significa abrirse al mensaje cristiano, de modo tal que pone en crisis las categorías de pensamiento según las cuales habíamos pensado lo Absoluto.
Quizás tengamos aquí la clave que nos permite entender la forma en que el Movimiento de los Focolares se mueve dentro de la crisis cultural contemporánea. De hecho, el carisma de la unidad gira precisamente entorno a la incidencia y la adhesión a Jesús abandonado, tal como se ha manifestado en la experiencia y en el pensamiento de Chiara Lubich, permitiendo ver un sentido y una finalidad a la crisis de la modernidad: «Yo pienso –prosigue Zanghí– que hoy, después de haber tomado conciencia de esta situación gracias al nihilismo, gracias a la pérdida de sentido y gracias a la crisis de la metafísica tradicional, estamos saliendo de la crisis y encaminándonos hacia algo nuevo (un nuevo paradigma cultural), que será el regalo que Occidente, renovado por esta prueba, podrá hacer a las demás grandes culturas que no tienen matriz cristiana. No tanto para indicarles el camino que deben recorrer, cuanto para dar testimonio de lo profundo que ha de ser el cambio que una cultura debe afrontar para pasar de una relación epidérmica a otra vital con el Cristo. Es necesario que las culturas pasen una verdadera “noche”. Occidente la está pasando, pero ya se vislumbra el resultado: la relación con Dios, que antes era sólo vertical, hacia lo Absoluto, se está volviendo “horizontal”. Y esto significa experimentar a Dios en las relaciones humanas.
»Éste es el nuevo paradigma, un paradigma espiritual, entendiendo el Espíritu que Jesús nos da desde la cruz, y lo da a sus miembros. En consecuencia, la relación entre los individuos ya no se limita a comunicar palabras, conceptos, razonamientos, sino que considera la efusión del Espíritu, es decir, es una relación de amor. Y la cultura que surge es cultura del Espíritu. Si Occidente logra entrar en esta dimensión, podrá dar testimonio de lo que significa seguir a Cristo, gracias a la luz y gracias a la oscuridad».
La riqueza del amor
El movimiento se ha movido siempre en esta línea, afirmando que lo que cuenta es amar, dando al término “amor” la riqueza que puede expresar en los distintos campos de la cultura.
Para mantener y ahondar en la relación con Dios, ya no es necesario construir un modelo rígido de vida, como el monástico, con una regla que te aísla del mundo, sino que la relación con Dios también se realiza y se alimenta de la relación de amor recíproco y de construir juntos cosas nuevas. En esta perspectiva está contenida la regla de las reglas, es decir, el amor mismo de Dios.
Últimamente el Movimiento ha empezado a expresar este amor en clave más netamente cultural, ya sea en los estudios que elaboran los miembros de la Escuela Abbà, ya sea en la revista Nuova Umanità, ya sea en los cursos del Instituto Superior de Cultura. Y en un plano más amplio, también en los ámbitos de la economía, la política, la comunicación, el arte, etc., desarrollando el mismo paradigma cultural con el lenguaje específico de cada uno de estos campos.
Por lo tanto, la cultura del Movimiento está experimentando un gran desarrollo. Concluye Zanghì: «No tenemos ninguna prisa en presentar un proyecto cultural propio, formalizándolo por ejemplo en centros universitarios. Se requiere tiempo para hacer bien las cosas y permitir que todos los ámbitos culturales que se han abierto se desarrollen según la novedad que el carisma de la unidad aporta en cada uno de ellos. Si presentásemos un proyecto cultural arrastrando categorías en decadencia, perderíamos de vista la novedad del ideal de vida y pensamiento que el carisma de la unidad nos propone».
Manos a la obra
El Movimiento de los Focolares lleva a cabo una formación específica en cada una de sus dieciocho ramificaciones internas y en sus distintos movimientos, como por ejemplo la formación para políticos en el Movimiento Político de la Unidad, o para empresarios en el Movimiento Económico. Pero existen también realizaciones y actividades culturales de carácter general de notable impacto público.
Sobre todo la Escuela Abbà, un grupo de estudio internacional y multidisciplinar que desde hace más de diez años, junto con Chiara Lubich, está ahondando en los aspectos doctrinales del carisma de la unidad. El resultado de sus trabajos son publicados en revistas como Nuova Umanità en Italia, Abbà en Brasil, o Cuadernos Abbà en España. Otras revistas con un especial sello cultural son Unidad y Carismas y Gen’s, además de la revista Ciudad Nueva en sus 36 ediciones.
Los expertos de la Escuela Abbà también son profesores del Instituto Superior de Cultura, iniciado hace tres años, que imparten sus clases durante el verano a alumnos seleccionados.
Existen 26 editoriales en 26 países diferentes. Hay 65 Centros Mariápolis repartidos en 45 países, dedicados a la formación espiritual y social de los miembros del movimiento. En Loppiano (Italia) hay una ciudadela con 800 habitantes de 70 países, un “boceto de mundo unido”, anticipación de lo que podrían ser las ciudades en las que se viviese el Evangelio. Hay 33 ciudadelas en todo el mundo y en ellas suele haber escuelas especializadas en las más vivas problemáticas del continente donde se ubican. Por ejemplo, la “Escuela Social Igino Giordani” en la ciudadela Ginetta (Brasil), la “Escuela para el Diálogo Interreligioso” en Tagaytay (Filipinas), o la ciudadela de Ottmaring (Alemania) dedicada al diálogo ecuménico. Por último, en todos los puntos de actividad social del movimiento, como Bukas Palad de Filipinas, o Santa Teresinha de Brasil, surgen actividades formativas ligadas a la situación social.
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