Primer congreso ecuménico del laicado alemán: católicos, evangélicos, luteranos, ortodoxos... con la presencia significativa de autoridades del mundo de la cultura y la política.
Por Joachim Schwind.
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Una aclamación unánime de júbilo se alza ante la puerta de Brandeburgo, símbolo de la reunificación de Alemania. Asistimos al primer Ökumenischer Kirchentag, congreso ecuménico nacional de laicos en el país de la Reforma (Berlín, 28 de mayo al 1 de junio). El presentador del acto, con pocas palabras, toca el corazón de unas ciento cuarenta mil personas reunidas en el centro de Berlín: «Por fin llega el momento tan esperado...», y el resto de la frase no se llega a entender porque la tapa una explosión de alegría. Pero sí, «el tiempo está maduro».
Tras siglos de división, se ha ido construyendo un acercamiento cada vez mayor a lo largo de los últimos cien años, por eso se requería una gran manifestación en común de los cristianos alemanes. Superando cualquier expectativa, se han contabilizado unos doscientos mil participantes, y había más católicos de los que han asistido a los últimos Katholikentag (jornadas del laicado católico) y más evangélicos de los que suelen asistir a sus grandes asambleas. Una cifra que por sí sola contradice a los que vaticinan un “invierno del ecumenismo”. La gran participación de jóvenes (un 40% tenía menos de treinta años) ha sido el signo de un interés por dar un testimonio cristiano en común.
Otro prejuicio cae después de este evento: que los cristianos en la sociedad moderna no tienen ninguna relevancia. Es más, hojeando la voluminosa guía del Kirchentag (más de 3.200 discursos, mesas redondas, debates y foros) se nota que los cristianos son protagonistas competentes en todos los ámbitos de la sociedad. Lo demuestra también la presencia del presidente de la república, Johannes Rau, y canciller, Gerhard Schröder, y al menos la mitad de los miembros del gobierno, y personalidades del mundo cultural.
El Kirchentag ha contado con un destacado plantel de representantes católicos (Walter Kasper, presidente del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, Karl Lehmann, presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, Georg Sterzinsky, arzobispo de Berlín) y evangélicos (Konrad Raiser, secretario general del Consejo Ecuménico de las Iglesias y Wolfgang Huber, obispo protestante de Berlín). Y entre los invitados: Michel Sabbah, patriarca latino de Jerusalén, Gregorio III Laham, patriarca greco-melquita de Antioquía, el patriarca egipcio Schenouda, Chiara Lubich, fundadora de los Focolares, y Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de San Egidio.
No hay duda de que este Kirchentag ha sido, como rezaba su lema, “una bendición”. Desde luego para los participantes ha sido una gran fiesta de la fe, en donde la alegría y la oración han encontrado su justo lugar. «¿Es justo –se preguntaba Manfred Kock, presidente del Consejo de las Iglesias Evangélicas– cubrir nuestras miserias con una capa de alegría en tiempos de gran inseguridad?». «Sí –dijo con decisión– porque la serenidad no le ha quitado nada a la seriedad de los debates ni a la calidad espiritual de las liturgias. Serenidad y profundidad no están en contradicción, sino que son características de la existencia cristiana».
Unos 1.100 grupos de iniciativas se han presentado en la denominada “ágora”, una especie de “feria cristiana”. Y no se trataba de un mercado de rarezas, como más de uno se temía, sino de un animado abanico del compromiso de los laicos en la iglesia y en la sociedad.
Enriquecedor para todos y cada uno ha sido el aspecto ecuménico de este gran encuentro. Pero, para sorpresa de no pocos, no se trataba tanto de conocer el aspecto sobresaliente de cada iglesia, pues esta fase, en general, ya se ha vivido. De hecho, en todas las manifestaciones que trataban temas de carácter ecuménico se notaba un público muy bien preparado. Y no hay por qué sorprenderse, si se piensa en las miles de iniciativas, grupos y comités ecuménicos que funcionan desde hace décadas en Alemania, que contribuyen a acelerar el momento de la unidad plena entre los cristianos. En fin, hay un enorme “capital ecuménico” en Alemania que espera el momento de ser utilizado más y mejor para la causa de la unidad. Y esto se notaba en el ambiente. Este hecho, vivido con una sorprendente normalidad, es lo que ha infundido en cada uno de los participantes un enorme empuje. Y los que habían vaticinado que el evento iba a ser una especie de rebelión del pueblo cristiano, han tenido que callarse. Una de las palabras más usadas ha sido “respeto”, describiendo la actitud generalizada de los participantes.
La cuestión de la intercomunión, es decir, participar en la comunión de la otra iglesia, tema del que se ha ocupado bastante la prensa, no ha sido lo principal. No obstante, se notaba el deseo profundo de poder celebrar lo antes posible la “misa en común”. Pero tal deseo no se expresaba como contestación, sino como “paciencia inteligente”, según decía la luterana Elisabeth Raiser, una de los dos copresidentes del Kirchentag.
Igualmente infundada era la preocupación expresada por algunos responsables de iglesias a propósito del equilibrio entre identidad confesional e impulso ecuménico. El caso es que los participantes podían sumergirse en las ricas tradiciones de los demás, y ello no les restaba interés por la propia tradición.
Un último aspecto por el que el Kirchentag ha resultado una bendición para las iglesias puede parecer hasta banal: después de Berlín, no se puede volver atrás. Como decía el cardenal Walter Kasper, el proceso ecuménico es irreversible. «El ecumenismo es una prolongación del cristianismo, no es el hobby de algunos; el ecumenismo forma parte de la identidad cristiana».
Una bendición este Kirchentag también para la ciudad de Berlín, así como para toda la sociedad secularizada. Los medios de comunicación han seguido con cierta atención el impacto de este evento en la ciudad “más atea” de Alemania, como la definiera Goethe. La imagen que daban los cristianos, en cierto sentido ya unidos, no tenía nada de vergonzoso: miles de personas serenas, alegres y abiertas que pasaban por la capital de Alemania. Eran como todos los demás, pero con una pequeña nota distintiva: cierto “toque de resurrección”, según lo habría definido Nietzsche, el filósofo que hace doscientos años se lamentaba de la falta de resurrección en el rostro de los cristianos.
Más allá de las apariencias externas, esta manifestación ha lanzado también una señal a la sociedad: «Los cristianos –dice el comunicado final del Kirchentag– están dispuestos a involucrarse en la construcción de la sociedad y tienen capacidad para ello».
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