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[ P o l í t i c a ]

 

[ Democracia con estilo ]

En virtud de la Constitución, ratificada por el pueblo y promulgada por el Rey el 27 de diciembre de 1978, en España pasamos de un régimen político autocrático a otro formalmente democrático. La democracia española está a punto de cumplir 25 años. Ha pasado el tiempo suficiente como para realizar una radiografía de su todavía flamante andadura.

Como todos sabemos, la democracia es un régimen político de representación y participación popular. Allá por el año 1863, el 19 de noviembre exactamente, el presidente estadounidense Abrahan Lincolm la definió con frases concisas y lapidarias como: “...el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo...”.

Después de la experienca negativa de los regímenes totalitarios que precedieron a la Segunda Gerra mundial, la democracia se presentaba envuelta en un ambiente de ilusión, de expectativa y esperanza en un sistema de gobierno que grantizaba la justicia y la convivencia armoniosa de los ciudadanos, en un clima idílico de prosperidad y de paz. Y sin dudar, en teoría, la democracia auténtica es el mejor de los regímenes políticos, pero, como dice el viejo axioma, “la corrupción de lo mejor es lo peor”. Y la democracia puede degenerar, bajo formas parlamentarias y representativas, en una tiranía de las mayorías elegidas según el método del sufragio universal.

Para enjuiciar éticamente una democracia hay que partir de un enunciado básico, formulado por un gran tratadista de Derecho Natural, el profesor austriaco Messner: “La voluntad del pueblo, como voluntad de la mayoría, no puede dar en ningún gobierno, ni siquiera en la democracia, un poder para desvincularse del orden jurídico natural...”. Y aquí empieza un proceso de deterioro ético y político de nuestra democracia. Desde la legalización del divorcio, pasando por las excusas absolutorias del aborto en determinados supuestos, hasta la legalización de la fecundación artificial; desde la carestía de la vivienda, cuyo precio sube a un ritmo acelerado, con la complicidad de los ayuntamientos, hasta los casos de corrupción que no acaban de solucionarse eficazmente; desde unos programas de televisión que traspasan los límites de lo moralmente tolerable a la creación de un ambiente de permisividad inmoral y provocatoria... Se van marcando así las etapas de un deterioro.

Reconocemos muy gustosos que la “transición” hacia una democracia se hizo en un clima de comprensión cívica, olvidando injusticias pasadas y con afanes de convivencia politica, que hizo superar los resabios de nuestra guerra civil y de tantas injusticias sociales del pasado. Pero hoy volvemos a toparnos con un clima bronco y descalificador en las relaciones entre los partidos del arco parlamentario. El último debate sobre “el estado de la Nación” nos ha dejado esta impresión: deterioro del diálogo político, triunfo de la “partitocracia” sobre la auténtica democracia, falta de cortesía política entre los dirigentes y los representantes de los partidos... El incidente de los dos tránsfugas en el parlamento recién elegido de la Comunidad Autónoma de Madrid, con todas sus secuelas, y el espectáculo que hemos presenciado con este motivo, ha sido la gota que ha colmado la copa de nuestra paciencia ciudadana.

Hay que regenerar al clima político y social de nuestra democracia. Los sistemas políticos deben ponerse al servicio del bien común y no pueden anteponerse los intereses de partido a las exigencias auténticas de la sociedad. La discrepancia en las ideas no puede proyectarse a las relaciones personales entre los políticos. La democracia debe basarse en el respeto a la persona, en el diálogo sincero, en la búsqueda de las mejores soluciones a los problemas, en una honradez a toda prueba, en la conducta pública y privada de los representantes políticos... En una palabra, en un ambiente moral y humano que sirva de ejemplo y estímulo para la ciudadanía.

No se trata de ganar votos, sino de convencer al pueblo con razonamientos verdaderos y conductas transparentes sobre la bondad y la eficacia del propio programa, pues al pueblo es a quien deben servir los gobernantes demócratas. Así pues, esperemos que dismiuya la retórica electoral y agresiva y mejore el modo de plantear los problemas y la aplicación de soluciones eficaces, porque nuestra democracia se está deteriorando y requiere nuevos estilos y nuevas formas de gobernar.