¿Qué relación hay entre un movimiento eclesial, como es
el de los Focolares, y el rosario? Es la pregunta a la que
ha tratado de responder Chiara Lubich en el Congreso Mariano del que dimos cuenta en el número anterior. A continuación un resumen de su intervención.
|
María (...) se presentó en un momento determinado, al inicio del Movimiento, cuando el Espíritu Santo empezaba a irradiar sobre nosotras la luz de un nuevo carisma. (...) Del infinito bagaje de cartas y documentos de nuestra historia, llega a mis manos un texto que escribí en los años 50, que explica algo de esto (...): «Un día, bajo un atroz bombardeo, de bruces en el suelo y cubierta de un polvo denso, mientras me ponía de pie (...), casi fruto de un milagro, entre los gritos de la gente, pero tranquila y con mucha paz, me di cuenta de que mientras estaba en peligro había sentido un profundo dolor en el alma: no poder volver a decir el Avemaría.
«En ese momento no aferré plenamente su sentido. Después, cuando se fueron desgranando las cuentas de un rosario vivo (se trataba del primer grupo de focolarinas), y Dios, casi eligiendo lo mejor, componía aquella Obra que hoy es toda de María, entonces comprendí aquel dolor.
«Tal vez estaba en los planes de Dios que se elevara una alabanza a María en esta época, en la cual los Papas han engarzado en su corona las mejores gemas: Inmaculada, Asunta, Reina. Pero este anhelado Avemaría había de ser pronunciado con palabras vivas, con personas que, como si fuesen otras pequeñas María, dieran el Amor al mundo». (...)
Para nosotras, sólo así iba a tener pleno valor rezar el rosario, porque una verdadera alabanza, auténtica, total y bien recibida, solamente la pueden dar los que tratan de imitar a la persona alabada. Para mí, para nosotros, poder decir el Avemaría iba a suponer edificar un santuario espiritual y vivo a María, para gloria suya; una gloria que ella, por ser “transparencia de Dios”, la dirige siempre a él. Y si nuestra Obra tenía que ser ante todo un rosario vivo, por esa razón, con un instinto sobrenatural, la hemos llamado “Obra de María”. (...)
Sólo más tarde hemos comprendido que todo lo que ocurrido durante los años sucesivos en aquel naciente movimiento no hubiese sido posible sin su influencia, sin su clara aunque escondida presencia.
En efecto, el nuevo estilo de vida, la “espiritualidad de la unidad”, cuyos fundamentos iba grabando el Espíritu Santo en nuestros corazones con caracteres de fuego, nos parecía leche de María que nutría nuestras almas. Y es que aquellas verdades que íbamos captando del Evangelio y luego vivíamos (Dios Amor, la voluntad de Dios, la Palabra, el amor al prójimo, Jesús crucificado y abandonado, la unidad) enlazadas unas con otras nos iban a dar la posibilidad, gracias al amor recíproco, de “generar”–según expresión de Pablo VI– a Jesús entre nosotras. (...) El mismo Jesús al que María dio la vida físicamente. Lo dice el Concilio: «(…) sólo María y el Espíritu Santo logran que Cristo nazca y crezca en el corazón de los fieles».
Cuando llegó el momento de su entrada oficial, por así decirlo, en nuestro Movimiento, ella se nos mostró –mejor dicho, Dios nos la reveló– tan grande cuanto había sabido estar oculta. Sucedió en 1949, en un período de gracias especiales (tal vez era un período “iluminativo” de nuestra historia), en que Dios quiso susurrarnos al corazón algo sobre María.
Por ejemplo, comprendimos que ella, encajada en la Santísima Trinidad como criatura única y peculiar, era Palabra de Dios total, estaba totalmente revestida de la Palabra de Dios. Y fue tan fuerte la impresión que nos produjo esta comprensión, que nos parecía que sólo los ángeles podrían balbucear algo sobre ella. (...)
Vista de este modo, con el alma, María nos atrajo poderosamente, y nos nació un amor nuevo por ella. Un amor nuevo por María, amor al que ella ha respondido evangélicamente manifestándonos con más claridad qué es lo que la hace más grande que cualquier superlativo: es la Madre de Dios. Theotokos.
De manera que no era sólo como la pensábamos antes, la jovencita pura de Nazaret, la criatura más hermosa del mundo, el corazón que contiene y supera todos los amores de las madres del planeta, sino la Madre de Dios. Fue suficiente una mínima intuición de este misterio para que quedásemos mudas y en adoración dando gracias a Dios por haber obrado tanto en una criatura. (...)
Por hacer una comparación, antes veíamos a María al lado de Cristo y de los santos igual que en el cielo se ve la luna (María) al lado del sol (Cristo) y las estrellas (los santos). Ahora no: la Madre de Dios, como un enorme cielo azul, abrazaba al mismo sol, a Dios mismo. (...)
Hay además un aspecto de María que interesó particularmente al Movimiento desde sus comienzos. Se trata de la Virgen en su relación con el dolor: la Dolorosa, como se dice popularmente, la Desolada para nosotros. Desolada, un nombre que recuerda la soledad que tuvo que afrontar muchas veces en la vida, especialmente a los pies de la cruz, sabiendo perder todo siempre para hacerse uno con la voluntad de Dios.
Cuando Jesús, señalando a Juan, le dijo: «Mujer, ahí tienes a tu hijo», pasó la terrible prueba de perder a Jesús, no solamente porque él estaba muriendo, sino también porque otro iba a ocupar su lugar; un sufrimiento terrible para el corazón de una madre.
Entonces pronunció un “fiat” distinto del primero. Con el primero, en la Anunciación, María, que según se cree desde niña se había consagrado a Dios en la virginidad para toda la vida, pensó que debía cambiar sus deseos. Y será la madre de Jesús quedando virgen. Con el segundo, en el Calvario, renunció a Jesús y solamente así se convirtió en la madre de todos, adquirió la maternidad de un sin número de hombres. (...)
Nos quedó muy clara también la “ejemplaridad” de María, lo “típico” de ella: María representaba para nosotros el modelo, el “deber ser”, mientras que cada uno de nosotros era un “poder ser” María. Por eso cada uno de nosotros tenía la posibilidad de ser una pequeña María, semejante a ella, como una hija que tiene únicamente los rasgos de su madre. Y esta convicción se vio confirmada en un episodio muy singular.
Un día, años más tarde, pienso que por impulso del Espíritu, entré en una capilla y, con el corazón lleno de confianza, le pregunté a Jesús por qué él se había quedado en la tierra, en todos los puntos de la tierra, en la dulcísima Eucaristía, y no había encontrado el modo de dejarnos a su madre, que tanto la necesitamos en el viaje de la vida. Y en el silencio, me pareció que me contestaba desde el sagrario: «No la he dejado porque quiero volver a verla en ti (en vosotros). Aunque no seáis inmaculados, mi amor os purificará, os virginizará, y abriréis vuestros brazos y vuestro corazón de madres a la humanidad, que también hoy, como entonces, está sedienta de Dios y de su madre. Ahora os toca a vosotros aliviar los dolores, cicatrizar las heridas, enjugar las lágrimas. Cantad las letanías y procurad reflejaros en ellas».
Recuerdo también que un día le pedí a María que formara en esta tierra una familia de hijos e hijas que fueran todos como ella, con su misma fisonomía espiritual. Y es posible que gracias a esa oración, quizás sugerida por ella misma, nos ha mirado a nosotros, a pesar de nuestra absoluta indignidad. Lo dirá nuestro Estatuto, aprobado por al Iglesia en 1990, al subrayar que la Obra de María «desea ser –en la medida de lo posible– una presencia de María en la tierra y casi una continuación de ella» (art.2).
María es el tipo y la forma de la Iglesia. Es evidente, pues, que todos los cristianos pueden encontrar su modelo en tan sublime criatura. Así nos sucedió a nosotros. (...) Los diversos momentos de su vida que presenta el Evangelio, aun siendo extraordinarios, nos parecieron etapas en las que nuestra alma se podía reflejar y encontrar luz y ardor para las distintas edades de la vida espiritual. Y la iluminación fue tan fuerte que llamamos a este camino Via Mariae, el Camino de María. He aquí muy sintéticamente, casi en títulos, algunas etapas.
El primer evento de la vida de María es la Anunciación, cuando el Verbo se encarna en su vientre. Si tratamos de comprender la vida de algunos santos, vemos que algo análogo les ha sucedido también a ellos. Cuando visitas la Iglesia de San Damián en Asís, donde vivió Clara, a veces el guía, ilustrando el lugar sagrado, dice: «Aquí Cristo se encarnó en el corazón de Clara». Si bien Santa Clara de Asís ya vivía con fervor la vida cristiana, su encuentro con San Francisco, que era la personificación de la palabra “pobreza” repetida al mundo mediante un carisma del Espíritu, provocó algo nuevo en ella, hizo que Cristo se desarrollase y creciera en su alma, hasta convertirla en una de las mayores santas de la Iglesia Católica.
Del mismo modo, cuando alguien se encuentra con el carisma de la unidad y lo acepta, le ocurre algo semejante a lo que le sucedió a María y a algunos santos: Cristo puede nacer y crecer espiritualmente en su corazón, como si se tratara de una actualización del bautismo.
El segundo episodio de la vida de María es su visita a Isabel. Iba para ayudarla, pero apenas llegó, encontró el alma de su prima abierta a los misterios de Dios y advirtió que podía comunicarle su gran secreto, y lo hizo con el Magnificat. Y así María le contó a Isabel su extraordinaria experiencia.
Todos los que conocen el Movimiento y eligen a Dios como Ideal de su vida, se dan cuenta de que para llevar a la práctica esa opción deben empezar a amar. Y aman. Pero el amor es luz y entonces comprenden un poco la intervención de Dios en ellos; por primera vez captan el hilo de oro del amor de Dios en sus vidas. Y corren a contarle a los hermanos lo que han entendido. Es su experiencia.
El tercer acontecimiento de la vida de María es el nacimiento de Jesús. En el Movimiento uno ama y es amado, pues todos quieren amar. Y ese amor mutuo da como fruto la presencia de Jesús entre los hombres. Como he dicho antes, es “generar a Cristo” a imitación de María.
Luego María presenta a su Hijo en el Templo y se encuentra con el anciano Simeón. Para Ella es una alegría, porque ese hombre piadoso y justo le confirma que el niño es Hijo de Dios, pero también es un dolor, porque Simeón le dice: «y a ti una espada te atravesará el corazón».
También el que quiere vivir la espiritualidad del Movimiento pasa por un momento semejante, cuando toma conciencia de que para poder seguir por este camino se requiere un “sí” a la cruz. Es el anuncio del misterio de Jesús crucificado y abandonado, esencial para la vida de unidad.
Después de las palabras de Simeón, María experimenta muy pronto el dolor en la huida a Egipto, sufriendo aquella persecución manchada con la sangre de tantos inocentes. Salvando las distancias, esto mismo le sucede a quien sigue la Via Mariae. El ideal que vive y presenta está en antítesis con el mundo, así es que no hay por qué maravillarse cuando se sienta atacado por las primeras críticas. En tales momentos hay que reaccionar amando en esas cruces a Jesús crucificado y abandonado, el perseguido por excelencia, para que el Resucitado siga resplandeciendo en el corazón.
A los 12 años, Jesús se queda en Jerusalén para hablar con los doctores del Templo. Cuando lo encuentra, María le dice: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando». Y Jesús le contesta: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía ocuparme de los asuntos de mi Padre?». Estamos en una nueva etapa de la vida de María, en cuyo estado de ánimo vemos una analogía con el típico período que atraviesan los que se han encaminado por este camino. En efecto, tal vez después de muchos años notan con aguda insistencia que afloran las tentaciones o la dolorosa aridez, que habían desaparecido hacía tiempo gracias a que habían abrazado el carisma.
Sufren por ello y dirigen al Señor diciéndole: «¿Por qué te has alejado de mí?». A lo cual parece que él responde: «¿No sabías que todo lo hermoso y lo bueno que has experimentado era mío, y que lo habías recibido por pura gracia?». Así se ponen las bases para la humildad en las personas, tan necesaria para que Cristo viva y crezca. Quizás sea un período de la “noche de los sentidos” de la que hablan los místicos. También para María la pérdida de Jesús en el Templo significó en cierto sentido una “noche de los sentidos”: ya no lo veía, ya no oía más su voz, su presencia se había escapado a su amor de madre.
Después de esta prueba, por lo que sabemos, María vivió un largo período de intimidad familiar con Jesús. Paralelamente, los que aceptan con humildad y superan las etapas precedentes, suelen encontrar una unión con Jesús nueva y más profunda. Y este período, en el que no obstante no faltan cruces, puede durar largo tiempo.
Después Jesús empieza su vida pública y María lo sigue en su misión, a veces con el corazón, a veces personalmente. A las personas del Movimiento este momento les recuerda ese periodo de su vida espiritual en el que, acostumbrados a escuchar la voz de Jesús en su corazón, la sienten propia y la siguen. Jesús en su vida pública pronunció palabras de vida eterna, hizo milagros, formó a sus discípulos, fundó la Iglesia. Las personas (...) que llegan hasta aquí asisten a hechos análogos, que realiza Jesús dentro o en medio de ellas. También en ellas pronuncia palabras que tienen sabor de eternidad; también a través de ellas obra milagros de conversión, por ejemplo; su presencia en ellas sabe plasmar discípulos de esta espiritualidad, dando origen así a nuevos desarrollos del Reino de Dios.
Después le llega a María la hora de la inmolación: la Desolada. (...) En el Movimiento no faltan sufrimientos análogos a los de María. En efecto, en alguno de sus miembros podemos constatar síntomas auténticos de la “noche del espíritu”, por ejemplo cuando Dios permite que se pase la prueba terrible de sentirse abandonado por él, o cuando la fe, la esperanza y la caridad parecen apagarse.
¿Y después de la desolación? María se queda en el centro del Cenáculo, con todo su carisma de maternidad respecto a los Apóstoles, junto a Pedro, a quien Jesús había puesto a la cabeza. María ya no “sigue” a Jesús; ahora, tras la venida del Espíritu Santo, se puede decir que se ha transformado en él. Y, al igual que otro Cristo, también ella contribuye, a su manera, a la expansión de la Iglesia.
Salvando las distancias, hacia esa meta se dirigen los que viven la espiritualidad de la unidad y pueden alcanzarla. Sería esa etapa que los místicos llaman “unión transformante”, cuando Marta y María se unen, y una especial actividad por el bien de la Iglesia se une a una especial contemplación.
Y por último llega la hora de la Asunción, cuando Dios desde el cielo llama a María. Sólo quien la ha experimentado puede decir algo de esta etapa. Santa Clara de Asís antes de morir pronunció esta frase: «Ve segura, alma mía, porque tienes una buena guía en tu viaje. Ve, porque Aquel que te ha creado, te ha santificado (…) te ha amado con ternura. Y tú, Señor, –añade– bendito seas por haberme creado». Tal vez quería decir: porque al haberme creado has procurado tu gloria. Su muerte fue probablemente una muerte de amor. ¡Quiera el cielo que también a nosotros nos pase algo así! (...)
Esta es la Via Mariae, un camino que cada cual recorre de distinta manera, según su correspondencia y según las gracias que Dios otorga libremente a quien quiere.
|