Algunas consideraciones a raíz de la nota sobre “cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política”.
Fernando Guerrero
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No tengo la cita a mano, pero recuerdo el contenido esencial de la declaración de un obispo español ya fallecido: En los últimos años (se refería a la etapa postconciliar y a la fase de la transición política en España) la doctrina social de la Iglesia sobre la política, que fue elaborada con mucho tiempo y esfuerzo, ha quedado diluída por completo y apenas tiene presencia en la conciencia de los fieles. Hay que rehacerla, actualizándola a los tiempos, para que tenga vigencia en la problemática política e influya en la formación de la conciencia de los ciudadanos católicos en estas difíciles pero insoslayables cuestiones.
Esta afirmación me ha venido a la memoria al releer la nota doctrinal sobre “algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política”[1], emitida en noviembre pasado por la Sagrada Congregación de la Doctrina de la Fe y aprobada por el Papa.
Hemos de recordar que la nota, salvo en pocas publicaciones, ha pasado casi desapercibida, a pesar de que la situación actual de desconcierto y desorientación exige ideas claras que iluminen a los ciudadanos católicos. Vamos a tratar de recoger lo fundamental del documento y proyectarlo sobre cuestiones políticas actuales.
Teniendo como fondo de referencia el Catecismo de la Iglesia Católica, la nota empieza con algunas afirmaciones que justifican la enseñanza de la Iglesia al respecto: el compromiso cristiano en el mundo se ha expresado de diferentes modos, y uno de ellos ha sido la participación en la acción política; no se puede separar la moral de la política; de ningún modo los “laicos” pueden abdicar de su participación en política.
A continuación, el documento alude al relativismo cultural de nuestro tiempo, derivado en un pluralismo ético que produce la decadencia de la razón y de los principios de la Ley Natural, hasta el punto de que hay quien afirma que el “pluralismo ético” es la condición para que la democracia sea posible. Se llega así a una “falsa tolerancia” que exige a los ciudadanos, incluidos los católicos, que renuncien a contribuir en la vida social y política con los conceptos de persona y bien común que consideran verdaderos y justos, a través de los medios lícitos que el orden jurídico democrático pone a disposición de toda la comunidad política. De esta forma se recurre a una tesis relativista que niega la existencia de una norma moral arraigada en la naturaleza del ser humano.
Este relativismo no tiene nada que ver con una legítima libertad de los católicos a elegir, entre opciones compatibles con la fe y la ley moral natural, en diversas y complejas circunstancias, aquellas que consideren más adecuadas para el bien común. Es decir, no debe confundirse la legítima diversidad de opciones concretas con un falso pluralismo de concepciones éticas fundamentales. En este sentido podría afirmarse –aunque la nota no lo dice explícitamente– que la acción política de los católicos es una opción sobre el “bien posible” en cada circunstancia, sobre la base de una concepción moral basada en la ley natural.
En teoría, esa posible diversidad de opciones políticas permite que exista, o pueda existir, pluralidad de partidos en los que los católicos pueden militar, sin abdicar de sus presupuestos morales, siempre que en ellos se mantenga íntegra la fidelidad a la matriz ética de base, sin la cual no cabe pluralismo legítimo. Es muy importante no considerar esta afirmación como si los católicos, en sus opciones políticas, dependieran de las instancias religiosas y eclesiásticas, sino únicamente de su propia conciencia moral en lo que se refiere a la ley natural. También es cierto que el Magisterio de la Iglesia ha de iluminar la conciencia de los católicos en lo referente a sus obligaciones respecto a la ley natural, pues el juicio de la conciencia puede obnubilarse por errores y pasiones.
La nota desciende a cuestiones muy concretas de la vida política actual: aborto, eutanasia, derechos del embrión humano, divorcio, derecho de los padres a la educación de los hijos, formas modernas de esclavitud, droga, prostitución, libertad religiosa, solidaridad económica, etc...
Y a la vista del panorama político actual, se llega a la conclusión de que, entre los partidos políticos representativos con posibilidades de llegar al poder, ninguno cumple con los requisitos de la moral católica. Desde ese punto de vista, ningún ciudadano católico podría afiliarse a dichas organizaciones políticas. Pero conviene distinguir entre la afiliación a un partido y la entrega del voto en unas elecciones, pues en este último supuesto, al no existir ningún partido aceptable, un católico tendría que optar por aquél que, consideradas todas la circunstancias, fuera el menos opuesto a los principios de la ley natural.
Otro supuesto sería el de un católico que hubiera sido elegido diputado por algún partido testimonial (sin fuerza representativa) que aceptase los principios de la ley natural y se viese en la coyuntura de votar entre dos leyes permisivas, contrarias a la moral católica. Su decisión de votar por la ley menos permisiva (siempre que deje constancia de su postura contraria al fondo de la misma para evitar la razón de escándalo) podría ser aceptable, pues no tiene otra posibilidad. Una cosa es tolerar el mal que no se puede evitar, y otra colaborar abiertamente a la promulgación de leyes contrarias al orden natural.
Con estos criterios, como se indica claramente en la nota, no se viola la legítima “laicidad” del Estado, pues no se trata de aplicar preceptos de “moral confesional” en la promulgación de las leyes, sino de respetar las exigencias éticas fundamentales que se derivan de la ley natural, que obliga en todas las esferas de la vida humana, con independencia de que hayan sido proclamadas al mismo tiempo por la Iglesia.
La nota plantea graves problemas morales de conciencia a todo ciudadano católico, que debe participar, al menos con su voto, en decisiones políticas, pero sobre todo a aquellos ciudadanos con vocación política que quieren guiarse en su actuación por las exigencias de la ley divina, de tal modo que, como afirma el Concilio (GS 43,2) “quede grabada en la ciudad terrena”.
Los nuevos descubrimientos, la evolución de la biología, los avances de la informática están planteando a la conciencia de los cristianos problemas no sólo inéditos, sino incluso insospechados apenas hace cincuenta años. Ello exige de los hombres y mujeres católicos dedicados a la vida pública una preparación seria y consistente, tanto en lo que se refiere a los aspectos técnicos, como a su conciencia moral y a su vida sobrenatural, con la convicción de que Jesús está presente entre los cristianos reunidos en su nombre para llevar al mundo la luz del mensaje cristiano de salvación, que afecta no sólo al “más allá”, sino también a las cuestiones concretas del “más acá”, que se hallan condicionadas por las exigencias insoslayables de la ley moral.
[1] Texto completo de la nota en: http://www.aciprensa.com/Docum/politicos03.htm
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