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[ P o l í t i c a ]

 

[ Implorar el don de la paz ]

El tema de portada de este número está cargado de simbolismo. No lo hemos elegido porque en abril se celebra la Semana Santa, que en el imaginario colectivo muchas veces implica sólo vacaciones, turismo, devociones, folclore... Queremos expresar el sentir de los católicos al respecto de la coyuntura internacional que estamos atravesando. Dos días antes de que empezasen los bombardeos y el despliegue de tropas en territorio iraquí, los obispos españoles emitían una nota, cuando el conflicto de Irak parecía abocado a una guerra inminente, invitando «a la oración y a la penitencia para implorar de Dios el don de la paz», porque «estamos convencidos de que la paz auténtica y duradera no es sólo fruto de los acuerdos políticos, sino que es don de Dios». Cargado de simbolismo, pues, pero con este significado.

Probablemente, uno de los sentimientos más generalizados entre los españoles en este momento sea de incertidumbre, más que de miedo. Atiborrados de información, como hemos estado, en torno a la cuestión de la guerra, el efecto sobre el común de la gente ha sido, y es, de profunda desorientación. Hemos escuchado tantos informes de los inspectores de la ONU, resoluciones del Consejo de Seguridad, debates parlamentarios, entrevistas a expertos en distintas áreas y opiniones de las más opuestas tendencias, que vayas donde vayas el comentario más común es éste: “Yo no sé qué va a pasar”. Es lógico que así sea, pues es el efecto que buscan los que tienen muy claro lo que quieren hacer y lo quieren hacer a toda costa.

Duele comprobar que las multitudinarias manifestaciones en favor de la paz no han conseguido desviar ni un centímetro el curso de unos acontecimientos ya decididos. Tampoco las declaraciones de la Santa Sede han incidido en un gobierno en el que actúan figuras de reconocido posicionamiento católico. Quizás en esta ocasión, como nunca antes, el pensamiento de la Iglesia haya tenido menos influencia, lo cual no deja de ser bochornoso para el electorado católico, que en un porcentaje alto votó a este gobierno. Hemos tenido que oír en pleno debate parlamentario, por ejemplo, que «hay muertos que duelen más que otros», como si el “dolor” fuese un argumento objetivo equiparable a los artículos de la declaración de los derechos del hombre, o como si los que mueren a miles de kilómetros de distancia fuesen menos hombres que los que mueren a la vuelta de la esquina.

Queremos, por eso, recordar a un hombre, reconocido conocedor del pensamiento de la Iglesia, que además sufrió la guerra en carne propia. Se trata de Igino Giordani, que fuera parlamentario italiano y autor de numerosas obras, y escribió cosas como éstas: «Cuando la humanidad haya progresado espiritualmente, la guerra será catalogada como un rito cruento, junto a las supersticiones, la brujería, y los fenómenos bárbaros». «Sobre todo hoy, con el costo que tiene, los muertos y las ruinas que provoca, la guerra resulta una inútil destrucción». «Sin duda se equivoca el que empieza una guerra. Se equivoca el que, aun teniendo razón, recurre a las armas». «La guerra es guerra, es decir, una desgracia sin atenuantes, complicada por la estupidez sin límites. Pretende lograr el bien con el mal, curar a un enfermo matándolo. Y es tal, tanto si se da entre amigos como entre adversarios. Así pues, hay que establecer que la guerra es un mal, por lo tanto no es lícito provocarla». «Ante todo es un problema moral. Como siempre, también hoy el mal nace del corazón del hombre y hay que curarlo. No basta el rearme ni el desarme para evitar el peligro de la guerra, hace falta acabar con el espíritu de agresividad, explotación y hegemonía, de donde nace la guerra; hace falta reconstruir las conciencias». «Si los demás odian, no es razón para que odiemos también nosotros. Se vence el mal con el bien, la enfermedad con la salud; a la hostilidad se opone la caridad, ése es el mandato de Dios».

La guerra ya está en marcha, y nosotros embarcados en ella, esperemos que «todos los esfuerzos –añade la nota de los obispos– se orienten a evitar la pérdida de vidas humanas (...) y a restaurar en el menor tiempo posible un orden moral, social y político».