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[ P o l í t i c a ]


[ Costa de Marfil: Pruebas de paz en tiempos de guerra ]

La experiencia de un puñado de focolarinos refugiados junto a 1.500 personas
en una zona asediada por la guerrilla.
Cuando una comunidad vive el amor evangélico, crece también el valor.

Pedro Palma

«Los rebeldes muestran violencia contra la población civil; miles de personas han huido a los pueblos vecinos». «Nos han contado escenas de rebeldes que tiran sus uniformes y se visten a prisa de civil para que las fuerzas del gobierno no los identifiquen. Sin embargo, un portavoz de los rebeldes ha desmentido las declaraciones del gobierno, que aseguran que ellos son los que están devastando la ciudad, mientras que los hombres del ejército huyen en ropa interior». «Los rebeldes tienen un aspecto muy marcial, parecen profesionales; van por ahí con sus boinas rojas. Al poco de llegar, liberaron a los prisioneros, pero mantienen la disciplina, ayer ejecutaron públicamente a dos de ellos». «Otra fase de la operación “Licorne”, que lleva a cabo Francia para garantizar la salida del país de sus ciudadanos, se está produciendo en Man, donde los franceses han matado a 16 rebeldes y herido a otro». «Las calles de Man están llenas de cadáveres y los enfrentamientos no han terminado». Estos eran los despachos de la agencia Misna, cuando estalló el conflicto en Costa de Marfil.

¿Evacuar o quedarse?

Es una de esas guerras olvidadas. No nos habríamos dado cuenta si no hubiese sido por las alarmantes noticias que nos llegaban de nuestros amigos de los Focolares, que justamente en Man mantienen una ciudadela, la “Mariápolis Victoria”. Man, la ciudad de las dieciocho colinas, cuenta con cien mil habitantes de distintas etnias y su gente vive de la agricultura. La ciudadela, que ocupa cinco hectáreas, consta de doce construcciones, además de la parroquia, un gran dormitorio, la tipografía, la carpintería y la herrería. Por suerte, todo el recinto está vallado. Cuando se complicó la situación, el gobierno, ayudado por tropas francesas, invitó a los extranjeros residentes en Man a abandonar el país. Y el centro logístico se estableció justo en la Mariápolis Victoria, donde se agruparon los extranjeros, bastante aterrorizados... Pero nuestros amigos focolarinos, de varios países, decidieron quedarse con “su gente”.

1.500 refugiados

Por correo electrónico llegaron noticias de Augusto Parody, un médico malagueño, y Gisela Lauber, alemana ella, que viven allí desde hace años. Así narraban lo sucedido: «En la Mariápolis se han refugiado unas 1.500 personas, mientras en la ciudad siguen los tiroteos cada vez más continuos y más cerca. Hay gente del barrio y de otras partes la ciudad, pero también los hay que vienen de los pueblos del norte. Hemos abierto todos los locales, incluso la iglesia. Hay muchos musulmanes, pero no hemos discriminado a nadie. Incluso hemos acogido a algunos presos enfermos que se han escapado de las cárceles. Estamos en la ciudad de María, así que hay un lugar para todos. Incluso en los momentos más terribles de la crisis, siempre ha quedado abierta una pequeña entrada a la Mariápolis». La situación no era nada fácil: no había electricidad, el pozo no se podía usar, las provisiones eran escasas y el único médico que había quedado en la zona era precisamente Augusto Parody. Alrededor de la Mariápolis se seguían oyendo disparos, pero nadie violó nunca el perímetro de la ciudadela. Justo antes del desenlace de la crisis llegaba un e-mail: «Tal vez éste sea el último mensaje que mandemos. Estamos en un momento de tregua, después de una hora de tiroteos y bombardeos desde helicópteros, que han averiado el transformador eléctrico. No hay heridos, pero aquí ya no cabe nadie más. Reina una gran serenidad y muchos se han puesto a rezar el rosario. La gente está impresionada de que nos hayamos quedado». Y seguía: «Puesto que la iglesia está ocupada, la misa la celebramos en casa. Son momentos sagrados. Nadie llora ni grita y a la hora de las peticiones grandes y pequeños expresan su agradecimiento y su seguridad al estar juntos». «Ha habido comida para todos –escribirán más adelante–, pues en los momentos de tregua los de los barrios vecinos iban a su casa a por provisiones, lo cual ha permitido alimentar también a los que no tenían nada. El mayor problema ha sido el agua, pues por la falta de electricidad no funcionaban las bombas, y había riesgo de una epidemia de problemas intestinales».

Agujas y jeringuillas

¿Y la situación médica? «Muchas veces me he encontrado ante alguien que me confesaba abiertamente: “doctor, estoy aterrorizado” –cuenta Augusto–. En esos momentos me daba cuenta de que tenía que darme completamente al que tenía delante. Teníamos las medicinas básicas y había que arreglarse, pues el hospital estaba cerrado y las farmacias también, pero pudimos controlar el número de enfermos. Incluso han nacido algunos niños. Una mañana, algunos salieron a buscar ayuda, pues las medicinas empezaban a escasear, y volvieron justo con las agujas y las jeringuillas que nos hacían falta». Y hasta hicieron un hueco para festejar el cumpleaños de Augusto, «el más bonito de mi vida», con canciones, bailes y regalos. Ahí mismo surgió un buen intercambio de experiencias. Decía una mujer: «¡Estaba muy aferrada a las cosas, pero he descubierto algo que vale mucho más»; y un joven: «Hoy le he dicho a Dios que quiero ser como una hoja en blanco para que escriba en ella». «Durante el asedio –decía el primer e-mail de Augusto y Gisela– cuando la gente podía salir de las casas o de los lugares en que se guarecían de los disparos, procuraban vivir como en una pequeña aldea: acogían a los que llegaban, iban a buscar agua, oían las noticias en la radio o descansaban, porque las noches se pasaban en vela. Y mientras, las madres hacían de comer».

¿Por qué os habéis quedado?

Muchos de los que pasaban momentáneamente por la ciudadela hacían esa pregunta a los focolarinos. Esta es la respuesta de uno de ellos: «Sabía lo que podía sucedernos. Pero más fuerte que el miedo, lo que sentimos entre nosotros es la presencia de Alguien que está vivo y que transmite su paz, su serenidad y su valor en los momentos más oscuros, y nos indica el camino a seguir. Cuando nos pusimos de acuerdo para quedarnos con nuestra gente, supimos que esa decisión brotaba de las raíces de una vida cristiana que nos ha puesto dentro la espiritualidad de la unidad». El lugar sigue siendo peligroso y, aprovechando los momentos de tregua, muchos de los refugiados parten hacia el sur. Pero el amor y el valor que han demostrado los focolarinos está siendo correspondido: muchos han querido quedarse con ellos porque «nos habéis demostrado que estabais dispuestos a dar la vida por nosotros. Ahora nosotros tenemos que protegeros y, si es necesario, dar nuestra vida».

Últimas noticias

Después de unos días sin novedades, el 24 de enero Gisela y Augusto enviaban este mensaje: «Hoy todas las facciones interesadas han firmado en París ese acuerdo de paz tan esperado. Ahora seguirán las conversaciones para determinar la forma y los tiempos de aplicación del acuerdo. Por eso hay que seguir rezándole al Espíritu Santo». Dos días antes, «se dio una circunstancia que nos ha puesto en contacto directo con los rebeldes. Hubo un momento de auténtica incertidumbre, pero parece que la Virgen haya intervenido para que las cosas saliesen del modo adecuado. El caso es que nos han ofrecido protección para que la Mariápolis Victoria y todos los que están dentro estemos seguros. Así es que desde ayer hemos acogido a “dieciséis Jesús” más.