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[ C u l t u r a ]

[ Notoria solidaridad ]
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El hecho es de todos conocido. Tiempo ha tenido de ser difundido y propagandeado por activa y por pasiva en todos los medios de comunicación. Y lo mismo vale decir de sus consecuencias. Nos referimos, claro está, al hundimiento del petrolero “Prestige” frente a las costas de Galicia, un fatal accidente cuyas dramáticas repercusiones aún se están calculando.
¿Y la noticia? Las noticias, en realidad, han sido muchas. Algunas previsibles, que por eso mismo son menos noticia, porque aportan menor dosis de novedad, otras bastante menos previsibles y en consecuencia mucho más novedosas, destinadas a alcanzar mayor “notoriedad”, que eso es lo que quiere significar la etimología de “noticia”.
Conviene recordar esta distinción entre el “hecho” y la “noticia”, pues son dos realidades que no van de la mano. Hay hechos relevantes que nunca llegan a ser noticia (por ejemplo, casi ni nos hemos enterado de que en Costa de Marfil ha habido un conato de guerra civil) y hay noticias que reflejan hechos de los que no merece la pena ni acordarse. De éstos últimos, lo sabemos bien, están saturadas las páginas de muchas publicaciones, los espacios televisivos, los minutos radiofónicos, los sitos de internet... Esto es así simplemente porque los profesionales de la información, desde que existen los heraldos, los pregoneros y las alcahuetas, deciden (de propia iniciativa o por encargo) sobre qué hechos poner los acentos y si éstos han de ser graves, agudos o circunflejos.
Volviendo al “Prestige”, lo previsible era que hubiese una inmediata búsqueda de responsabilidades y de cabezas para hacer rodar (a punto está de caer alguna), que hubiese rifirrafes entre los señores políticos con intenciones electoralistas más o menos veladas, que los distintos departamentos de la Administración pusiesen en funcionamiento las calculadoras para ver las implicaciones económicas de todo el asunto..., y otras “previsibilidades” más. Quizás la menos previsible de todas las actuaciones que han sucedido al hundimiento del petrolero haya sido la del Presidente del Gobierno. Aunque haya perdido perdón ante las cámaras de televisión, ¡cuarenta días después son muchos días!
Previsible era también que se desatase una ola de solidaridad. Ocurre cada vez que una catástrofe, una tragedia, o un atentado terrorista sacude nuestras conciencias. Hay en ello una ineludible relación de causa-efecto. Menos previsible era que esa solidaridad se manifestase como se ha manifestado. Y eso sí que ha sido novedoso. Y esta vez los “heraldos” le han querido poner el acento “perplejo”. ¡Dios los bendiga!
No es tanto cuestión de cantidad: ¡diez mil voluntarios en un sólo fin de semana recogiendo chapapote entre las rocas, en la arena, en el agua...! Y siguen haciendo cola para ir a las costas gallegas a luchar contra la marea negra. Y hasta hacen miles de kilómetros para llegar allí. Y no son sólo jóvenes estudiantes idealistas... El hecho es de por sí relevante.
Es más una cuestión de calidad, algo que difícilmente salta a los titulares de la información porque no hay manera de aferrarla objetivamente. Pero el caso es que ahí sigue estando y no acabamos de salir de nuestra sorpresa ante tanta solidaridad. La ha motivado un suceso fatal, pero la han procurado los gallegos, que no se han dejado amilanar por las sucesivas secuencias de marea negra. Su ejemplo ha surtido más efecto que muchas prédicas.
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