| El 16 de octubre, desde muy temprano, una luz intensa y cegadora inundaba la Plaza de San Pedro de Roma. En verdad, la naturaleza hizo su parte despejando el cielo para resaltar el estupendo marco que abraza la manifestación que allí se celebraba. Juan Pablo II iniciaba el vigésimo quinto año de su pontificado y toda la cristiandad quería participar de ese afectuoso reconocimiento al Papa. Se oyeron cantos y se leyeron felicitaciones en varios idiomas, mientras la plaza se iba llenando. Y, cómo no, miles de polacos que no podían faltar a la cita.
Entre la multitud, por expreso deseo del Papa, estaba la diócesis de Pompeya, acompañada por la imagen de la Virgen del Rosario, que se venera en la basílica de esa ciudad italiana. Pero se distinguía también otro grupo bien compacto: unos seiscientos focolarinos que estaban reunidos en Roma en su Asamblea General.
Se celebraba un cuarto de siglo de Juan Pablo II al timón de la barca de Pedro. En los rostros se puede leer afecto, alegría y reconocimiento, pero además se notaba cierta expectación, pues se sabía que el Papa reserva para ese día un gran anuncio.
Sin embargo, desde esta isla de luz, se vislumbraba en el horizonte internacional un cielo que amenazaba tormenta. Hace meses que muchos países vienen conteniendo el aliento, después del atentado a las Torres de Manhattan. Nada es como antes: el contraste entre israelitas y palestinos cada vez es más fuerte, la guerra en Afganistán, nuevos atentados en distintas partes del mundo, la posibilidad de una segunda guerra contra Irak... Todo parece evaporar aquel sueño de una era de paz en el tercer milenio. La voz del Papa se ha alzado más de una vez contra este espectro amenazador, una voz al principio solitaria, pero que poco a poco se ha visto acompañada del consenso que sostiene las razones de la paz.
En la ocasión que nos ocupa, la frágil figura del viejo pastor se presentó blandiendo un arma, un arma incruenta que algunos han comparado con la honda de David que derribó a Goliat. Se trata del rosario. Juan Pablo II ha levantado bien alto este collar de cuentas contra esos gigantescos peligros, y ha llamado a toda la cristiandad a unirse en el compromiso, o mejor aún, a subir una cuesta que habrá que recorrer durante este año, para redescubrir una costumbre que se ha ido perdiendo. Un rosario renovado y enriquecido con los “misterios de luz”, que así resulta más comprensible para los hermanos de la otras iglesias cristianas. De hecho, ha sido definido como un “rosario ecuménico”.
Osea, que esta enorme plaza abarrotada de gente no es un hortus conclusus, no es una armada engalanada que acoge el anuncio del Papa. Más bien representa la primera onda de un gran movimiento popular en favor de la paz que se va extendiendo por todo el planeta, con la rapidez de las ondas sonoras, para llevar el anuncio a todos los continentes.
Y entre los primeros, Juan Pablo II elige a los focolarinos y le entrega a Chiara Lubich una carta que tiene el peso de una consigna. «En este día tan particular –dice el papa– quisiera entregar espiritualmente a los Focolares la oración del santo rosario, que he querido volver a presentar a toda la Iglesia como camino privilegiado de contemplación y de asimilación del misterio de Cristo».
De esta carta hablamos más extensamente en las páginas siguientes y publicamos su texto íntegro, así como una entrevista a Chiara Lubich. Además, ofrecemos una primera profundización teológica de la carta apostólica sobre el rosario.
Lógicamente, esta consigna atañe también a la gran familia de Ciudad Nueva. Por ello, citamos a nuestros lectores para los próximos números del año que empieza, donde encontrarán artículos sobre este tema.
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