Lleva a la página principal de Ciudad Nueva
E-Mail | Inicio | Revista | Pedido | Distribución | Catálogo | Novedades
Lleva a la página principal de Ciudad Nueva


 

Canales
temáticos



Arte

Ciencia

Cultura

Ecología

Economía

Espiritualidad de la Unidad

Ética

Familia

Focolares

Iglesia

Índices

Niños

Palabra de Vida

Política

Salud

Testimonio
 

[ P o l í t i c a ]

 

[ Vientos de guerra ]

Cada día que pasa parece más inminente e inevitable el ataque de Estados Unidos al Estado musulmán de Irak, como una de las actuaciones de la gran potencia mundial contra el terrorismo, a raíz del atentado contra las Torres Gemelas, del que se ha cumplido ya un año. La proximidad y posibilidad de esta guerra plantea el problema insoslayable de su justificación moral y jurídica.

La guerra moderna, con sus instrumentos mortíferos de destrucción masiva, incluso aunque se limite a las armas convencionales, viene a resultar, en realidad, una gran injusticia, cuyas peores consecuencias las sufre la población civil indefensa, debido a la dimensión de “totalidad” que afecta a combatientes y no combatientes.

La ONU fue creada principalmente, según su Acta Fundacional, para mantener la paz, estableciendo la obligación a los Estados miembros de no recurrir a la guerra, sino de solucionar pacíficamente sus conflictos, como ya se había determinado en la extinguida Sociedad de Naciones, que fue constituida al finalizar la primera guerra europea (1918).

Pero la inoperancia de la ONU, debido principalmente al veto a sus decisiones que ejercen los miembros permanentes del Consejo de Seguridad (China, Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos y Rusia), ha permitido que, después de la última guerra mundial, los conflictos bélicos parciales hayan sido intermitentes y el aumento de la acumulación y el tráfico de armas no haya sido detenido, así como la proliferación de potencias nucleares.

Resulta contradictorio y discriminatorio que se considere como un peligro de agresión la fabricación y acumulación de armamento de destrucción masiva por parte de un determinado Estado, cuando existen otros, de Oriente y Occidente, con las mismas o aún mayores tenencias armamentísticas, al margen de la ONU, sin que ello se considere ningún peligro para la paz mundial.

En principio, solamente se podría estimar como legítima una intervención militar de la ONU, o por lo menos con su autorización, después de agotadas todas las posibles medidas políticas y diplomáticas, frente a agresiones que se consideren inminentes, o, en su caso, consumadas. Pero siempre que esa intervención respete los derechos humanos de la población y las normas establecidas en los tratados y pactos internacionales sobre las guerras. La intervención de la ONU, o bajo su autorización, no puede suponer en ningún supuesto una especie de “patente de corso” para violar las normas internacionales o los derechos de las poblaciones.

Una de las condiciones indispensables para legitimar cualquier intervención militar es la proporcionalidad entre los daños que se pretenden evitar y los que pueden ser producidos por dicha intervención. Y esa condición, dada la capacidad mortífera y destructiva de las nuevas armas, no se puede garantizar con seguridad. Eso es lo terrible del dilema que la moral y el derecho plantean a toda intervención bélica, aunque inicialmente se halle justificada. Esta situación exige imperiosamente, por parte de la ONU, la convocatoria de una asamblea mundial para estudiar y buscar soluciones a los problemas conflictivos (y no sólo por parte de Irak) que amenazan gravemente la paz.

Una intervención bélica impremeditada podría llegar a desencadenar un cataclismo mundial de consecuencias imprevisibles. La guerra ya no es un instrumento para solucionar eficazmente problemas internacionales, sino el posible origen de nuevas situaciones violentas más graves aún que las que se pretende remediar. En las presentes circunstancias, la guerra podría ser un suicidio colectivo de la humanidad de la era atómica. “Guerra a la guerra” debería ser el grito que resonase de un extremo al otro del planeta, porque “todo puede perderse” con el estallido de una nueva guerra.