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[ I g l e s i a ]

[ Evangelizar por Internet, evangelizar Internet ]

La última “joya”
del Magisterio Pontificio sobre
las comunicaciones sociales es el Mensaje del Papa
para la XXXVI Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales,
a celebrarse el domingo 12 de mayo, titulado
“Internet, un nuevo foro para la proclamación del Evangelio”.

Manuel Mª Bru

El Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales ha publicado para esta ocasión dos importantes documentos: “Ética en Internet” e “Iglesia e Internet”, que engrosan dos colecciones de gran predicamento publicadas durante este pontificado, una de ámbito tanto académico como práctico sobre la ética y la deontología comunicativas (“Ética en la publicidad”, de 1977, y “Ética en las comunicaciones sociales”, de 2000), y otra en el ámbito de la incidencia mediática en la acción pastoral (“Pornografía y violencia en las comunicaciones sociales: una respuesta pastoral”, de 1989, “Criterios de colaboración ecuménica e interreligiosa en las comunicaciones sociales”, de 1989, y “Aetatis Nova”, de 1992).

Estos documentos, especialmente los de este año, constituyen un aggiornamento del Magisterio de la Iglesia ante los nuevos retos éticos, jurídicos, educativos, psicológicos, sociales, culturales, económicos, etc. Resulta, pues, muy actual la prontitud, la creatividad y la audacia con que la Iglesia –especialmente en los países en vías de desarrollo, como demuestra la RIIAL (Red Informática de la Iglesia en América Latina)– ha sabido estar presente en este nuevo medio de comunicación social, tal vez el único medio moderno al que la Iglesia no ha llegado tarde. La presencia de las instituciones, grupos, experiencias e iniciativas eclesiales en Internet no es sólo misionera por su cantidad y calidad, sino que es un gran testimonio de la Iglesia una. Una en su pluralidad, una en su comunión.

Y esto tiene que ver con el hecho de que, aunque la estructura de la Red permite establecer vínculos sencilla y rápidamente, su gran inconveniente es la dispersión. La razón es muy sencilla: la relación de afecto y confianza tienen que existir antes para que una “página” remita a otra.

Se ha dicho que la Iglesia puede ofrecer contenidos a Internet, y ésa es una gran oportunidad. Es verdad, pero no sólo. También puede ofrecer la globalización que Cristo mismo propuso, que es la comunión universal. Internet es una gran ventana en la que verificar aquello de “en eso conocerán que sois mis discípulos”. El uso de los enlaces en la Red entre páginas eclesiales permitirá que, si un internatua da con una web eclesial, pueda empezar un recorrido prácticamente interminable, pues debería poder enlazar con todas y cada una de las páginas eclesiales existentes en la Red, que seguramente son cientos de miles. Se encontrará ante un colorido y floreciente jardín donde la vida nueva, la sabiduría milenaria, la novedad del Evangelio son perfectamente reconocibles e irresistiblemente atractivas.

Un nuevo foro para el Evangelio

En el mensaje para esta Jornada, Juan Pablo II afronta “con realismo y confianza” los desafíos y las oportunidades, no ya de su implantación, sino de la nueva cultura que comporta Internet: globalización, transmisión y expresión de la cultura. Y se remonta a Pentecostés. Desde aquel día, si ha habido alguien que haya querido difundir un mensaje unívoco y permanente en todas las lenguas y a todos los lugares del mundo ha sido la Iglesia, que ha sabido afrontar a lo largo de los siglos todos los retos de la historia: «la era de los grandes descubrimientos, el Renacimiento y la invención de la imprenta, la Revolución Industrial y el nacimiento del mundo moderno». Y a la misma altura que esos retos sitúa el Papa el reto de las nuevas formas de comunicación, sobre todo Internet.

Le agrada a Juan Pablo II –ya lo hizo en la encíclica Redemtoris Missio– comparar el ciberespacio con el antiguo foro romano, en cuanto lugar comunicativo donde no sólo se refleja la cultura del ambiente, sino que también crea una cultura propia. Este nuevo foro es «una llamada a la gran aventura de usar su potencial para proclamar el mensaje evangélico. Este desafío está en el centro de lo que significa, al comienzo del milenio, seguir el mandato del Señor de remar mar adentro». Su potencial para «la información, documentación, y educación sobre la Iglesia, su historia y su tradición, su doctrina y su compromiso en todos los campos», ofrece, sobre todo a los jóvenes, una ventana abierta «para pasar del mundo virtual del ciberespacio al mundo real de la comunidad cristiana«. «Por tanto –concluye– es evidente que, aunque Internet no puede suplir la profunda experiencia de Dios que sólo puede brindar la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia, sí puede proporcionar un suplemento y un apoyo únicos para preparar el encuentro con Cristo en la comunidad y sostener a los nuevos creyentes en el camino de fe que comienza entonces».

De evangelizar por Internet a evangelizar Internet

Se puede evangelizar a través de Internet, pero ¿se puede y se debe evangelizar Internet? El aspecto más novedoso del magisterio del Papa sobre la comunicación social consiste en que no basta usar los medios «para difundir el mensaje cristiano y el Magisterio de la Iglesia, sino que conviene integrar el mensaje mismo en esta nueva cultura creada por la comunicación moderna» (Redemtoris Missio, nº 37).

El actual desarrollo de la cultura internáutica, además de los graves perjuicios éticos en su uso y el vacío jurídico a la hora de proteger la dignidad humana, ofrecer un flujo efímero de información de «lo tangible, útil e inmediatamente asequible», y no un flujo de valores. Esto suscita al menos tres grandes interrogantes «vinculados íntimamente con la misión evangelizadora de la Iglesia»:

1.- Dado el gran contraste entre la sabiduría como «mirada contemplativa sobre el mundo» y la mera acumulación de datos, ¿cómo hemos de cultivar la sabiduría, que no viene de la información, sino de la visión profunda, la sabiduría que comprende la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto y sostiene la escala de valores que surge de esta diferencia?

2.- No cabe duda de que la revolución electrónica entraña la promesa de grandes avances con vistas al desarrollo mundial; pero existe también la posibilidad de que agrave las desigualdades existentes al ensanchar la brecha de la información. ¿Cómo podemos asegurar que la revolución de la información y las comunicaciones, que tiene en Internet su primer motor, promueva la globalización del desarrollo y de la solidaridad del hombre?

3.- ¿Cómo garantizar que este magnífico instrumento, concebido en el ámbito de operaciones militares, contribuya ahora a la causa de la paz? ¿Puede fomentar la cultura del diálogo, de la participación, de la solidaridad y de la reconciliación, sin la cual la paz no puede florecer?

El gran reto para que este medio –se trata de un medio, no de un fin en sí mismo– sirva a la evangelización, pasa por la misma evangelización de Internet. Y viceversa, sólo haciendo que en su «galaxia de imágenes y sonidos» aparezca el rostro de Cristo, podemos evangelizar dicha galaxia: «Sólo cuando se vea su rostro y se oiga su voz el mundo conocerá la buena nueva de nuestra redención. Esta es la finalidad de la evangelización. Y esto es lo que convertirá Internet en un espacio auténticamente humano, puesto que si no hay lugar para Cristo, tampoco hay lugar para el hombre».

A partir de este postulado, las concomitancias entre la Iglesia y la Red resultan inabarcables. Como apunta la profesora María Dolores de Miguel, «navegar por la Red fascina y seduce porque es un proceso de búsqueda y de explotación interactiva. Y podría convertirse en parábola del camino de fe: como el cibernauta, así también el peregrino busca y explora. Llegar a descubrir al Señor y seguirle es un largo camino de fe interconectado, de búsqueda apasionada junto con los compañeros de camino en la larga marcha de la vida».