| El secretario de la Santa Sede para las relaciones con los
Estados, Mons. Jean-Louis Tauran, realizó a finales de febrero una visita oficial a
España, visita importante y significativa, pues desde finales del régimen anterior no
había venido oficialmente a España ningún Prelado de ese rango para tratar con el
Gobierno problemas derivados de las relaciones entre la Iglesia Católica y el Estado
Español. La visita tenía como motivación devolver la que hiciera hace unos meses a la
Santa Sede el ministro de Asuntos Exteriores, Josep Piqué. En los primeros meses del pontificado de Juan Pablo II, la Santa Sede
y el Estado Español estipularon unos Acuerdos (3 de enero de 1979), apenas estrenada en
España la democracia. Estos Acuerdos sustituyeron al antiguo Concordato de 1953 con
fórmulas jurídicas más flexibles y adecuada a la nueva situación, pero de idéntica
naturaleza, como instrumentos de Derecho Internacional integrados en el ordenamiento
interno, según establece la Constitución en su artículo 96,1.
Las relaciones entre la Iglesia Católica y el Estado
Español no pasan por su mejor momento, a pesar de que el partido gobernante sea de
centro-derecha. Monseñor Tauran se entrevistó oficialmente con S. M. el Rey, con el
Presidente del Gobierno, con el Ministro de Asuntos Exteriores, entre otros, y culminó su
visita con un discurso muy meditado a la Conferencia Episcopal Española, reunida en
asamblea general el 27 de febrero.
El discurso es una pieza maestra que refleja el estilo de la
diplomacia vaticana, de ideas elevadas, de transparencia en las relaciones,
reflejando cuidadosamente que no van todo lo bien que deberían ir, pero siempre con
sentido positivo de mejorar y clarificar las situaciones.
Tras unas primeras palabras, en nombre del Papa, impregnadas
de sentido de comunión eclesial, siguen unas alusiones a la situación actual de España
(presidencia de turno en la Unión Europea, terrorismo, crisis demográfica, enseñanza de
la Religión...). Pero el tema de fondo lo constituye la exposición sobre el lugar que
los sistemas constitucionales reservan a las Iglesias, rechazando esa concepción que
pretende relegar la religión a un asunto privado y considerar a la Iglesia
como cualquier organización no gubernamental. La dimensión espiritual de la persona no
es un asunto banal y debe poder manifestarse externa y públicamente, criterio
avalado en el discurso con citas muy significativas de Juan Pablo II al respecto.
Tauran recalcó el derecho a la libertad religiosa derivado
de la dignidad de la persona y fundamento de las otras libertades. Puntualizó que siguen
vigentes y tienen plena validez los acuerdos bilaterales entre la Santa Sede y el Estado
Español, acuerdos no sólo reconocen el justo lugar que corresponde a la religión
católica en el momento actual, sino que se funda en motivos que ponen de relieve la
autoridad moral de la Iglesia Católica en la sociedad española.
Los acuerdos no sólo pretenden el bien de la Iglesia, sino
asimismo el bien común de todos los españoles, en un compromiso conjunto de promoción y
servicio a las personas que son, a la vez, fieles de la Iglesia y ciudadanos del Estado.
Por último, Tauran alude al esfuerzo exigible para superar algunas lagunas y problemas
heredados del pasado o surgidos en el presente.
En resumen, un discurso clarificador que plantea con firmeza
y lealtad la necesidad de que los acuerdos no sean letra muerta, sino textos vivos que se
vayan aplicando con fidelidad a sus contenidos y en favor de la paz y libertad religiosa
de nuestro pueblo.
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