| Cuando uno llega
tarde a un acto relevante experimenta una impresión que solo así puede tener: ver un
auditorio repleto de gente. ¡Qué pasa aquí! En sus butacas unas 1.000 personas, y
sentadas por el suelo unas 200 más. En medio del escenario una simple mesa que agrupa a
cuatro jerarcas de la Iglesia y al moderador del acto y, en un lado, un grupito de
jóvenes sentados detrás de un micrófono. Jóvenes, y muchos, entre el público. Es 14 de
febrero, "día de los enamorados" según el calendario comercial, y desde luego
algún potente atractivo debe haber para que todo este público se haya acercado aquí a
las siete de la tarde de un miércoles cualquiera.
Según la nota de
prensa difundida a los medios, se trata de una "conferencia" del Cardenal
François Xavier Nguyên Van Thuân, presidente del Consejo Pontificio de la Justicia y de
la Paz. Y dice de él que "fue durante ocho años obispo de Nhatrang (Vietnam). En
1975 es nombrado arzobispo coadjutor de Saigón, pero fue arrestado a los pocos meses.
Pasó 13 años en las cárceles vietnamitas, 9 de ellos en régimen de aislamiento. Una
vez liberado fue obligado a abandonar Vietnam, donde no ha podido regresar. En el
Consistorio de 21 de febrero de 2001 fue nombrado cardenal por Juan Pablo II".
Convocan el acto las editoriales Ciudad Nueva, Edicep, y Monte Carmelo, las tres que han
publicado alguna obra del conferenciante.
Unas palabras
obligadas de monseñor Antonio M. Rouco, en cuya diócesis tiene el gusto de recibir a
esta personalidad de la Iglesia. Y luego otras palabras también obligadas, aunque
profundamente sentidas y hasta emotivas, del Nuncio Apostólico, monseñor Manuel
Monteiro, que comparte con el conferenciante retazos significativos de su historia.
«Yo hablo vietnamita», empieza el
prelado en perfecto castellano y de entrada se mete al auditorio en el bolsillo. A partir
de ahí su narración no discurrirá en un castellano tan perfecto, pero tiene asegurada
la receptividad del público. Y continúa desgranando episodios de una historia (la misma
que cuenta en sus libros) que, no por conocida deja de ser atravctiva, porque el encanto
reside en la capacidad comunicativa de este obispo vietnamita. ¡Más de una hora con el
público clavado en sus asientos! Relata hechos concretos, que no disquisiciones
intelectuales, de una vida martirizada durante 13 años en la cárcel. Sólo que tal y
como los cuenta su protagonista ¡hasta resultan divertidas! Y si no, ¿a qué tanto
aplauso y tanta carcajada?
El presidente del Consejo Pontificio
Justicia y Paz está haciendo honor a su cargo. Sus historias no hacen sino testimoniar el
mensaje evangélico de la paz, con una autoridad que no emana de un cargo, sino de una
persona que lleva en sus huesos doloridos la huella de la pobreza extrema, de la más
radical privación de libertad, de la humillación, la marginación, el oprobio y la
ofensa de la dignidad humana.
El cardenal Van Thuân dice con una
voz suave y firme, y con una mirada que llega al alma, que «no hay paz sin justicia y sin
perdón», que «no puede haber paz estable si no se alcanza la reconciliación, cuando el
perdón se pide y se da mutuamente». A una pregunta de uno de los jóvenes, Van Thuân
toma en sus manos la cruz pectoral que lleva colgada al cuello: «Esta cruz hecha con la
madera que me dejaron cortar los carceleros (...) es un signo de que un amor así, como el
de Cristo en la cruz, conquista los corazones y vence al mal, como conquistó mi amor el
corazón de aquellos guardias que se jugaban la vida ayudándome a labrar esta cruz».
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