| El pasado 24 de enero quedará como una fecha significativa,
no sólo para la historia del cristianismo, sino de todas las religiones, y para la
Historia, con mayúscula. Convocados por Juan
Pablo II, se reunieron en Asís representantes de las iglesias y comunidades cristianas y
de las principales religiones del mundo para orar, cada uno según su propia creencia y
método, al Dios creador y Padre de todos, implorando el don de la Paz.
El acontecimiento del 11 de septiembre del pasado año
constituyó una impresionante llamada de atención sobre las frágiles bases en las que se
sustenta la paz en el mundo. Un suceso imprevisto y brutal que pareció dividir el mundo
moderno en dos periodos, antes y después de esa aciaga fecha.
Una de las reacciones más sutiles y peligrosas que provocó
dicho atentado en el corazón de la primera potencia mundial fue la de atribuir a la
religión musulmana la causa moral del mismo y, por ampliación, el considerar a la
religiones como la causa principal de las divisiones y conflictos violentos de la historia
de todos los tiempos.
El papa Juan Pablo II, con su enorme sensibilidad social y
religiosa, y en su amplia prospectiva de los caminos y de las corrientes del mundo,
intuyó que había que salir al paso de tales reacciones en la opinión pública universal
y convocó, por segunda vez en su pontificado, aunque con una proyección más amplia, a
los líderes religiosos de las principales religiones en la ciudad de Asís, cuna del
hombre de la paz más reconocido de la historia. Y la sola finalidad era
implorar al único Dios el don de la paz para todas las personas y todos los pueblos, por
encima de toda diferencia de credos y de actitudes, respetando sus características
peculiares, pero superando toda apariencia de sincretismo y relativismo religioso.
El acto, al que asistieron unos 300 representantes de doce
religiones o iglesias, culminó con un Compromiso común por la paz leído en
sus diferentes párrafos por un líder religioso diferente, en diez idiomas.
Al declarar su compromiso, los líderes religiosos tenían en
sus manos una lámpara encendida, luz de la esperanza, que luego fue colocada
en un trípode que permanecerá en la Basílica de San Francisco, como recuerdo perenne de
este histórico encuentro.
Los líderes religiosos se propusieron que, en el futuro, el
Nombre de Dios no sea nunca utilizado como motivación o pretexto de ninguna guerra, ni de
ningún acto violento de terrorismo. Las últimas palabras de este compromiso, leídas por
el Papa, resumen el significado del encuentro: ¡No más violencia! ¡No más guerra! ¡No
más terrorismo!
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