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[ I g l e s i a ]

[ Pastor evangélico y focolarino ]

Stefan Tobler y el núcleo de la fe

Recién finalizada la semana de oración
por la unidad de los cristianos,
presentamos a un joven evangélico reformado,
profesor de la célebre universidad alemana de Tübingen.
Su misma vida es un “reto” en el diálogo ecuménico.

Miguel Zanzucchi

Stefan Tobler. Teólogo evangélico focolarino, de 41 años. Nació en Sankt Gallen (Suiza) y es el último de cuatro hermanos. Estudió teología en Zürich entre 1979 y 1984. Más tarde haría el doctorado en Amsterdam, en 1994. Se ordenó pastor en 1988. Desde 1988 al 2000 vivió en Holanda. Desde el año pasado es profesor de la facultad de teología evangélica de la Universidad de Tübingen (Alemania).

 


Según tu curriculum, tras un largo periodo de estudios, ahora eres profesor en la universidad de Tübingen...
Comencé mis estudios de teología en Zürich, y allí obtuve la licenciatura. El doctorado, en cambio, lo hice en Amsterdam, y luego empecé a trabajar en mi tesis para conseguir el título de “profesor libre”.

Tübingen es un nombre cargado de Historia...
Efectivamente. La facultad de teología evangélica, de mayoría luterana pero con cierta presencia reformada, es una de las más prestigiosas de Alemania. Hay que decir que la teología reformada casi no se diferencia de la luterana en el mundo alemán.

¿Cuál fue el tema de tu tesis?
Trataba sobre “la teología de la salvación”, basándome en el pensamiento de Chiara Lubich. Siempre me había impresionado la figura de Jesús abandonado, uno de los puntos centrales de la espiritualidad de la unidad. Pero entre intuir quién es y expresarlo teológicamente media un trabajo largo y profundo. Mi punto de partida fue el “escándalo de la cruz”: ¿qué relación hay entre el Cristo que muere y la historia de la salvación? Ya a partir del Nuevo Testamento se aprecia una búsqueda del lenguaje apropiado para explicar este “porqué” con imágenes muy dispares. Periódicamente, la búsqueda ha continuado a través de los siglos, procurando adaptarse a los conceptos de la época y elaborando nuevos lenguajes que explicasen el misterio de la cruz.

¿Por ejemplo?
Anselmo, por ejemplo, fue un maestro que consiguió expresar completamente, para su época, el concepto de salvación. Sin embargo, su argumentación se perpetuó de tal forma que sus soluciones se transmitían como si se tratase de “la” verdad. Y esto ha sucedido tanto en la teología de la Reforma, como en la Iglesia Católica de aquella época. Podía ir bien durante un periodo, pero como el lenguaje no se ha renovado, el hombre de hoy ya no se identifica con aquella argumentación.
Por eso una parte de la teología evangélica ha experimentado una fuerte tendencia –desde hace 200 años– a no hablar más de la cruz ni de la salvación, sino de Jesús, de su ética y del amor. Ahora bien, desde el momento en que ya no se puede expresar el núcleo de la fe cristiana, la teología se empobrece. Mi reto es usar la nueva luz que se desprende de los textos de Chiara Lubich para afirmar de nuevo que el evento pascual es de verdad el núcleo de la fe cristiana.

¿Por qué has escogido precisamente la obra de una católica?
Leyendo los textos de Chiara con la mente y los ojos de un reformado, puedo decir que no son sólo para los católicos. Para expresar plenamente la riqueza que contiene su pensamiento, hay que leer su obra desde varias perspectivas. Yo, como evangélico, pienso que puedo apreciar aspectos que otros no advertirían.

¿Puedes explicármelo mejor?
Por ejemplo, la forma que elegí para afrontar mi tesis. Si un católico quiere interpretar los textos de Chiara, dispone de un cuadro bastante completo para poder enmarcarlos: conoce otras espiritualidades y la forma en que la Iglesia Católica las ha considerado, y por lo tanto puede reconocer un nuevo carisma... El católico cuenta con algunos puntos de referencia, como es el recurso a la autoridad de la Tradición, lo cual es difícil de aceptar para un evangélico.
Yo he tomado los textos tal cual son, esperando que me digan algo. No sabía nada a priori, me planteaba algunas cuestiones e intentaba “escuchar” estos textos sin saber quién era Chiara, sin saber que se trataba de un carisma y sin saber que ella era una fundadora. Todo esto me ayudaba a descubrir los elementos que no estaban en la tradición, elementos realmente nuevos. En cierto modo, con esta disposición disminuye el peligro de atribuirle a un texto algo que no tiene. Esta es la libertad del teólogo evangélico. Es verdad que uno puede equivocarse más, pero descubre lo nuevo.

Hace quince años que vives en un focolar compuesto mayoritariamente por católicos, y todos los días te confrontas con su forma de pensar. ¿Te ayuda esto en tu investigación?
La vida en el focolar tiene momentos en los que descubro la belleza de los demás, y por lo tanto asumo de ellos, en este caso católicos, algo que reconozco como verdadero y que en el fondo yo, como evangélico, no había entendido. Es un enriquecimiento recíproco. Hay otros momentos, en cambio, en los que advierto la diversidad, pero no como contraste, sino como un reto.

Hace más de un año que formas parte del centro de estudios de los Focolares, la Escuela Abbá, que trata de estudiar a fondo la “doctrina” que brota del pensamiento de Chiara Lubich. El término “doctrina”, ¿te crea problemas?
Depende de lo que se entienda por “doctrina”. Si la tomo como algo que tiene una autoridad en sí misma por el simple hecho de ser una “doctrina”, entonces sí me resulta difícil aceptarla. En el mundo reformado no existe ese concepto. En cambio, si la tomo como un modo de explicitar la verdad cristiana que ha de asumir una forma, entonces, no supone problema alguno.

¿La Escuela Abbá te ha ayudado a entrar en el pensamiento de Chiara?
Sin duda, aunque aún estoy como oyente, pues es tan fuerte el impacto con esta “experiencia de Dios” que antes tengo que integrarla en mi vida para que entre en el terreno de mi pensamiento. De cualquier forma, la definiría como una experiencia de grandísima libertad, fuerte pero espontánea. Ésta, me digo, es la vida de los hijos de Dios.

Hace casi diez años que eres pastor. ¿Cómo ven en tu iglesia tu posición tan original?
Ha habido momentos de gran dificultad. Cuando elegí el camino del focolar, hubo quien se alegró, como un viejo pastor que me hacía recordar al viejo Simeón después de haber visto la salvación. En cambio, un buen amigo mío, profesor de religión, que siempre había influido mucho en mí, hizo todo lo posible para quitarme la idea de la cabeza. Mi iglesia tuvo que hacer una investigación bastante exhaustiva. Sobre todo, había que resolver una cuestión: ¿Podemos estar seguros de que un miembro de una comunidad focolar puede ser un pastor reformado?, ¿son compatibles ambos compromisos?
Pero me han dejado la libertad de que lo descubra por mí mismo. Y yo he aceptado el reto. Yo estaba convencido de que no eran incompatibles, pues dentro de mí eran una única cosa. Esta certeza se ha ido confirmando cada vez más. Ahora se abre una nueva etapa: por una parte soy miembro del cuerpo docente de una facultad evangélica y, por otra, estoy en la Escuela Abbá.

¿Por qué decidiste formar parte del focolar?
En mi ambiente fue una opción fuera de todo esquema. En la Iglesia Evangélica no existe prácticamente el concepto de entregarse a Dios en el celibato. Al principio, vivía con otros jóvenes, pues me atraía la radicalidad de su vida cristiana. Viví una intensa experiencia de unidad y como consecuencia experimenté una fuerte cercanía a Dios. Después de lo cual me pregunté: ¿Jesús me ha hecho vivir esta experiencia para volver después a la misma vida, o esto es una señal de que tengo que seguir por este camino?
No era fácil responder a esa pregunta, porque entrar en focolar suponía renunciar a la vocación de pastor, que la sentía antes que la del focolar. Durante un retiro espiritual, sentí como si Jesús me preguntase: “Pero, ¿tú me amas? ¿Te fías de mí, incluso ante la incertidumbre de tu futuro?”. Y en tal situación dije que sí al focolar.

¿Y cómo nació tu vocación de pastor?
Poco a poco. Ya desde adolescente había descubierto que tenía que madurar esa fe que vivía en mi familia. Además, tenía ante mí varios ejemplos positivos, como ese profesor del que hablaba antes, un tipo fascinante que sabía hablar de Dios. Además siempre he tenido pasión por el ser humano.

El clima familiar en el que creciste, ¿ha favorecido tu elección?
La de la teología, sin duda. Mis padres siempre estuvieron muy comprometidos como laicos en la iglesia. Mi padre, por ejemplo, colaboraba en el gobierno de la iglesia de nuestro cantón, que equivaldría a una diócesis. Por la noche, solíamos rezar juntos cantando al rededor del piano las canciones típicas de nuestra tradición. Aquello me marcó el alma. Aún así, al principio les costó aceptar que yo entrase en focolar. Luego han constatado que no sólo no había cambiado para peor, sino que era cada vez más auténtico. Ahora están tranquilos, es más, nos apoyan continuamente.

¿Algún episodio de tu infancia en el que hayas intuido cuál sería tu futuro?
Recuerdo varios momentos de fuerte contacto personal con Dios... No sé que edad tenía, pero recuerdo un campamento de cuando iba a la escuela... Dibujé unos ladrillos con los que Jesús iba a construir algo. Aún veo aquellos ladrillos. Tal vez era una señal....