Según tu
curriculum, tras un largo periodo de estudios, ahora eres profesor en la universidad de
Tübingen...
Comencé mis estudios de teología en Zürich, y allí obtuve la licenciatura. El
doctorado, en cambio, lo hice en Amsterdam, y luego empecé a trabajar en mi tesis para
conseguir el título de profesor libre.Tübingen es un nombre cargado de
Historia...
Efectivamente. La facultad de teología evangélica, de mayoría luterana pero con cierta
presencia reformada, es una de las más prestigiosas de Alemania. Hay que decir que la
teología reformada casi no se diferencia de la luterana en el mundo alemán.
¿Cuál fue el tema
de tu tesis?
Trataba sobre la teología de la salvación, basándome en el pensamiento de
Chiara Lubich. Siempre me había impresionado la figura de Jesús abandonado, uno de los
puntos centrales de la espiritualidad de la unidad. Pero entre intuir quién es y
expresarlo teológicamente media un trabajo largo y profundo. Mi punto de partida fue el
escándalo de la cruz: ¿qué relación hay entre el Cristo que muere y la
historia de la salvación? Ya a partir del Nuevo Testamento se aprecia una búsqueda del
lenguaje apropiado para explicar este porqué con imágenes muy dispares.
Periódicamente, la búsqueda ha continuado a través de los siglos, procurando adaptarse
a los conceptos de la época y elaborando nuevos lenguajes que explicasen el misterio de
la cruz.
¿Por ejemplo?
Anselmo, por ejemplo, fue un maestro que consiguió expresar completamente, para su
época, el concepto de salvación. Sin embargo, su argumentación se perpetuó de tal
forma que sus soluciones se transmitían como si se tratase de la verdad. Y
esto ha sucedido tanto en la teología de la Reforma, como en la Iglesia Católica de
aquella época. Podía ir bien durante un periodo, pero como el lenguaje no se ha
renovado, el hombre de hoy ya no se identifica con aquella argumentación.
Por eso una parte de la teología evangélica ha experimentado una fuerte tendencia
desde hace 200 años a no hablar más de la cruz ni de la salvación, sino de
Jesús, de su ética y del amor. Ahora bien, desde el momento en que ya no se puede
expresar el núcleo de la fe cristiana, la teología se empobrece. Mi reto es usar la
nueva luz que se desprende de los textos de Chiara Lubich para afirmar de nuevo que el
evento pascual es de verdad el núcleo de la fe cristiana.
¿Por qué has
escogido precisamente la obra de una católica?
Leyendo los textos de Chiara con la mente y los ojos de un reformado, puedo decir que no
son sólo para los católicos. Para expresar plenamente la riqueza que contiene su
pensamiento, hay que leer su obra desde varias perspectivas. Yo, como evangélico, pienso
que puedo apreciar aspectos que otros no advertirían.
¿Puedes
explicármelo mejor?
Por ejemplo, la forma que elegí para afrontar mi tesis. Si un católico quiere
interpretar los textos de Chiara, dispone de un cuadro bastante completo para poder
enmarcarlos: conoce otras espiritualidades y la forma en que la Iglesia Católica las ha
considerado, y por lo tanto puede reconocer un nuevo carisma... El católico cuenta con
algunos puntos de referencia, como es el recurso a la autoridad de la Tradición, lo cual
es difícil de aceptar para un evangélico.
Yo he tomado los textos tal cual son, esperando que me digan algo. No sabía nada a
priori, me planteaba algunas cuestiones e intentaba escuchar estos textos sin
saber quién era Chiara, sin saber que se trataba de un carisma y sin saber que ella era
una fundadora. Todo esto me ayudaba a descubrir los elementos que no estaban en la
tradición, elementos realmente nuevos. En cierto modo, con esta disposición disminuye el
peligro de atribuirle a un texto algo que no tiene. Esta es la libertad del teólogo
evangélico. Es verdad que uno puede equivocarse más, pero descubre lo nuevo.
Hace quince años que
vives en un focolar compuesto mayoritariamente por católicos, y todos los días te
confrontas con su forma de pensar. ¿Te ayuda esto en tu investigación?
La vida en el focolar tiene momentos en los que descubro la belleza de los demás, y por
lo tanto asumo de ellos, en este caso católicos, algo que reconozco como verdadero y que
en el fondo yo, como evangélico, no había entendido. Es un enriquecimiento recíproco.
Hay otros momentos, en cambio, en los que advierto la diversidad, pero no como contraste,
sino como un reto.
Hace más de un año
que formas parte del centro de estudios de los Focolares, la Escuela Abbá, que trata de
estudiar a fondo la doctrina que brota del pensamiento de Chiara Lubich. El
término doctrina, ¿te crea problemas?
Depende de lo que se entienda por doctrina. Si la tomo como algo que tiene una
autoridad en sí misma por el simple hecho de ser una doctrina, entonces sí
me resulta difícil aceptarla. En el mundo reformado no existe ese concepto. En cambio, si
la tomo como un modo de explicitar la verdad cristiana que ha de asumir una forma,
entonces, no supone problema alguno.
¿La Escuela Abbá te
ha ayudado a entrar en el pensamiento de Chiara?
Sin duda, aunque aún estoy como oyente, pues es tan fuerte el impacto con esta
experiencia de Dios que antes tengo que integrarla en mi vida para que entre
en el terreno de mi pensamiento. De cualquier forma, la definiría como una experiencia de
grandísima libertad, fuerte pero espontánea. Ésta, me digo, es la vida de los hijos de
Dios.
Hace casi diez años
que eres pastor. ¿Cómo ven en tu iglesia tu posición tan original?
Ha habido momentos de gran dificultad. Cuando elegí el camino del focolar, hubo quien se
alegró, como un viejo pastor que me hacía recordar al viejo Simeón después de haber
visto la salvación. En cambio, un buen amigo mío, profesor de religión, que siempre
había influido mucho en mí, hizo todo lo posible para quitarme la idea de la cabeza. Mi
iglesia tuvo que hacer una investigación bastante exhaustiva. Sobre todo, había que
resolver una cuestión: ¿Podemos estar seguros de que un miembro de una comunidad focolar
puede ser un pastor reformado?, ¿son compatibles ambos compromisos?
Pero me han dejado la libertad de que lo descubra por mí mismo. Y yo he aceptado el reto.
Yo estaba convencido de que no eran incompatibles, pues dentro de mí eran una única
cosa. Esta certeza se ha ido confirmando cada vez más. Ahora se abre una nueva etapa: por
una parte soy miembro del cuerpo docente de una facultad evangélica y, por otra, estoy en
la Escuela Abbá.
¿Por qué decidiste
formar parte del focolar?
En mi ambiente fue una opción fuera de todo esquema. En la Iglesia Evangélica no existe
prácticamente el concepto de entregarse a Dios en el celibato. Al principio, vivía con
otros jóvenes, pues me atraía la radicalidad de su vida cristiana. Viví una intensa
experiencia de unidad y como consecuencia experimenté una fuerte cercanía a Dios.
Después de lo cual me pregunté: ¿Jesús me ha hecho vivir esta experiencia para volver
después a la misma vida, o esto es una señal de que tengo que seguir por este camino?
No era fácil responder a esa pregunta, porque entrar en focolar suponía renunciar a la
vocación de pastor, que la sentía antes que la del focolar. Durante un retiro
espiritual, sentí como si Jesús me preguntase: Pero, ¿tú me amas? ¿Te fías de
mí, incluso ante la incertidumbre de tu futuro?. Y en tal situación dije que sí
al focolar.
¿Y cómo nació tu
vocación de pastor?
Poco a poco. Ya desde adolescente había descubierto que tenía que madurar esa fe que
vivía en mi familia. Además, tenía ante mí varios ejemplos positivos, como ese
profesor del que hablaba antes, un tipo fascinante que sabía hablar de Dios. Además
siempre he tenido pasión por el ser humano.
El clima familiar en
el que creciste, ¿ha favorecido tu elección?
La de la teología, sin duda. Mis padres siempre estuvieron muy comprometidos como laicos
en la iglesia. Mi padre, por ejemplo, colaboraba en el gobierno de la iglesia de nuestro
cantón, que equivaldría a una diócesis. Por la noche, solíamos rezar juntos cantando
al rededor del piano las canciones típicas de nuestra tradición. Aquello me marcó el
alma. Aún así, al principio les costó aceptar que yo entrase en focolar. Luego han
constatado que no sólo no había cambiado para peor, sino que era cada vez más
auténtico. Ahora están tranquilos, es más, nos apoyan continuamente.
¿Algún episodio de
tu infancia en el que hayas intuido cuál sería tu futuro?
Recuerdo varios momentos de fuerte contacto personal con Dios... No sé que edad tenía,
pero recuerdo un campamento de cuando iba a la escuela... Dibujé unos ladrillos con los
que Jesús iba a construir algo. Aún veo aquellos ladrillos. Tal vez era una señal....
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