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[ C u l t u r a ]

 

[ Pensar en lo que los medios quieran ]

El último congreso “Católicos y Vida Pública” reunió a expertos católicos de todo el mundo para abordar el tema de los “nuevos retos de la sociedad de la información”.
Rigor intelectual y solvencia desde una mirada cristiana llena de sabiduría.
Una respuesta a los desafíos de este tiempo.
Valgan estas reflexiones de uno de sus casi mil congresistas.

Manuel Mª Bru

Los intelectuales cristianos siguen de cerca el desarrollo de la Sociedad de la Información. El último congreso Católicos y Vida Pública fue un claro ejemplo de una visión crítica del fenómeno. Se trataba de afrontar sus desafíos desde un análisis realista y elaborar una propuesta más acorde con la dignidad humana y la “comunión y el progreso” entre los hombres y los pueblos, que constituyen el horizonte de la comunicación social. Entre otras cosas, ofrecen un análisis aggiornado en el desarrollo de las teorías sobre el efecto social de los medios, a la vez que proponen un modelo de Sociedad de la Información en línea con lo que ha venido a llamarse Sociedad del Conocimiento.

Los “efectos sociales” de los medios

El filósofo Alejandro Llano, en la apertura del congreso, señalaba que el optimismo oficial, «cuya aceptación es obligatoria, consiste en dar por sentado que los canales de expresión pública están ampliamente abiertos a todos los ciudadanos; y que esta porosidad social ha alcanzado su punto álgido cuando hemos cruzado felizmente las puertas de la llamada Sociedad de la Información». Pero, «en realidad acontece lo contrario: la proliferación de mensajes, con la fascinación caótica que generan; la opacidad de la propiedad y orientación de las fuentes de información; el deslizamiento de la función propiamente informativa hacia el campo de lo que hoy se llama entretenimiento; la trivialización de los aspectos culturales y teóricos; el sensacionalismo y la falta de objetividad que suele padecer el tratamiento de los temas religiosos; el entreveramiento doctrinal de los medios, convertidos en plataformas ideológicas de amplio espectro, mas no por ello libremente pluralistas».

Una conciencia crítica no se queda en las constataciones elementales, sino que entra en el análisis sociológico y en la filosofía de las teorías de la comunicación. De hecho, los católicos han intervenido en el debate sobre los cambios de tendencia de sociólogos y comunicólogos en torno a los efectos sociales de los medios de comunicación. Incluso hay una relación cronológica entre la preocupación de la Iglesia por el poder comunicativo que se produce en este pontificado y la vuelta actualizada a la idea de los powerful media. Más cercanos a la nueva teoría de los efectos a largo plazo, efectos macrosociales de configuración cultural o, como otros señalan, “efectos cognitivos” de selección y mentalización; menos cercanos a las viejas teorías pendulares: de un lado, la de los efectos inmediatos en el comportamiento social (años veinte y treinta), y de otro lado, la de los «efectos limitados», como el reforzamiento de actitudes preexistentes (años cuarenta a sesenta). En definitiva, los intelectuales católicos no están tan preocupados porque las gentes terminen pensando como los medios quieran, sino pensando sólo en aquellos temas que los medios quieran. O sea, más por los efectos a largo plazo en la percepción de la realidad que por los posibles efectos a corto plazo en el comportamiento social. La tematización de la opinión pública, por un lado, y el poder más seductor que coercitivo de los medios, por otro, se erigen en bandera de la nueva manipulación mediática, mucho más sutil, pero no menos peligrosa.

Como dice Sánchez Noriega, «cuando hablamos del poder de los medios, estamos bajo supuestos obsoletos en un doble sentido. En primer lugar, entendemos el poder como influencia o capacidad del editorial de un periódico para que un concejal sea destituido o para proporcionar buena imagen pública a un ministro, cuando, en la actual situación, parece evidente que el principal poder radica en la capacidad para modelar las conciencias de los ciudadanos o para marcar determinadas políticas cualquiera que sea el gestor de las mismas. Es decir, es un poder más remoto pero más fuerte. En segundo lugar, pensamos en los medios tradicionales concretos, cuando los verdaderos poderosos a escala nacional y supranacional son los grandes grupos que, además de esos medios, poseen editoriales, librerías, productoras cinematográficas, agencias publicitarias, imprentas e intereses en la industria electrónica de consumo». Y en España el actual proceso de concentración de medios en grupos muy marcados ideológicamente son una preocupante confirmación de ello.

De la Sociedad de la Información a la Sociedad del Conocimiento

La gran novedad de la Sociedad de la Información, dice el profesor Isidro Catela, está en que «la llamada sociedad de la información apuesta paradójicamente por un convivir constante de lo global y lo local, del relato continuo y del fragmento, de querer reducir la experiencia de comunicación humana a la comunicación realizada a través de los medios. Así, la comunicación que disfrutamos y padecemos tiene la capacidad suficiente para romper viejos espacios circunscritos a ámbitos geográficos y fronteras administrativas, pero tiene también en sus manos la posibilidad de reducir la experiencia originaria de comunicación, entendida como encuentro pleno con el otro, a una experiencia de encuentro mediada en su forma y contenido». Esto explica la paradoja, propia de la sociedad occidental, de que la época por excelencia de las comunicaciones sea también la de la incomunicación. A más medios, más soledad. ¿Qué es lo que falla?

La Sociedad de la Información no llega a ser Sociedad del Conocimiento porque en realidad es Sociedad de la Observación. Está fuertemente condicionada por una renuncia a saber el sentido de las cosas, por una cultura light del sinsentido, por una mutilación del secular deseo humano de observar la totalidad, por un conformismo ante la realidad que quiere ser virtual antes que real, y cuyo máximo paradigma es la Red informática: «En cierto sentido, Internet es un reflejo de la organización misma de la sociedad actual. Se puede navegar casi infinitamente por todos los sitios disponibles y vincular un sitio con otro, pero no existe un punto de observación de la Red en su conjunto», decía el profesor Morandé en el congreso.

Si a esta desorientación unimos la excesiva opulencia de contenidos, más maltrecha aún quedará la capacidad de discernimiento cognoscitivo. Así lo explicaba en la clausura del congreso el ministro italiano Rocco Buttiglione: «El problema del criterio de juicio es fundamental. Tengo que saber lo que quiero saber. El criterio de la información es cuál es la información relevante y cuál es la información irrelevante. La organización de la información depende de los criterios de organización. Estos criterios nos dicen cuál es la información relevante (...) En la sociedad en que vivimos hay un exceso de información; tanta información que es muy difícil calificarla, distinguir la cierta de la no cierta y entender cuál es la que realmente necesitamos».

La solución: ofrecer alternativas humanas y humanistas a la comunicación social. Medios nuevos, programas nuevos, espacios nuevos a la altura del lenguaje propio de cada medio, sin caer en el engaño de que estos lenguajes son de por sí degradantes, antisociales y alienantes, por mucho que su desarrollo convencional pueda parecerlo. Inyectar sentido, contenidos, ética profesional y, sobre todo, educar. Educar a los comunicadores y educar a los receptores. Si ellos tienen claros los fines de la comunicación, los medios serán eso, medios, para que los hombres puedan comunicarse, y por tanto, unirse.

 

La lucha por el alma del mundo

En su extenso magisterio sobre la comunicación social, Juan Pablo II cuestiona tanto el sujeto como el objeto de la Sociedad de la Información, en cuanto “cultura dominante”. Por un lado, el protagonista de los medios, el sujeto deliberativo y activo de su uso, debe ser la sociedad misma y no las oligarquías del poder político o financiero. Por otro lado, los criterios de este uso habrán de estar al servicio de los intereses de la sociedad (necesidades culturales, educativas y éticas, valores históricos, familiares y humanos) y no al servicio de intereses particulares, ideológicos y comerciales, cuya conducción, para ser más fácil y eficaz, va unida al revestimiento mediático de los contravalores (evasión, enriquecimiento rápido, zafiedad, vulgaridad y superficialidad).

En su primera encíclica, Redemtor Hominis, el Papa sitúa el actual protagonismo social y cultural de los medios de comunicación social en el contexto de un proyecto de civilización “con perfil netamente materialista”, que esclaviza al hombre. Y a través de la presión de los medios esta esclavitud tiene la modalidad de la manipulación. Estas severas críticas a la cultura mediática en su actual configuración y desarrollo no suponen una visión negativa, anacrónica o desinteresada de las potencialidades de la Sociedad de la Información, sino que, muy al contrario, nos sitúan ante la importancia de los desafíos que comporta lo que para Juan Pablo II es el “primer areópago del tiempo moderno”.

El “areópago de la comunicación”, como lo fuera aquel areópago ateniense de San Pablo, no es sólo el lugar de encuentro privilegiado de la sociedad moderna, sino también el lugar de confrontación entre las distintas cosmovisiones al acecho del “alma de este mundo”, porque “la comunicación se ha convertido en el alma que da forma a la cultura de nuestro tiempo”. Con lo cual, además de espacio ideal para la comunicación humana constructiva, unificadora y planetaria, además de espacio ideal para “difundir el mensaje evangélico en el mundo y dar un alma a la cultura”, es también el espacio disputado por modelos culturales deshumanizadores y asociales. “La Iglesia –dice el Papa– renueva cada día, contra el espíritu de este mundo, una lucha que no es otra cosa que la lucha por el alma de este mundo”.

Así las cosas, no basta con mejorar los cauces de la información para que sea más ágil, sencilla y directa. No sólo hay un problema de lenguaje, o de adaptación a los ritmos de esta cultura de los medios, sino que habrá que reconocer que nos enfrentamos a una lucha de intereses ideológicos, una lucha en la que se corre el peligro de que quede borrada toda huella cristiana de la cultura y de la sociedad, toda diferencia y singularidad cultural, y toda referencia crítica al futurismo aparentemente ingenuo de querer encontrar en este nuevo paradigma social la solución automática a todos los dramas sociales del planeta.

MMB