| La globalización,
que ya es un hecho a principios de este tercer milenio, puede convertirse en una meta de
maduración que nunca antes se le había planteado a la humanidad. Vivimos un momento de
cambio de época, vivimos la sufrida gestación de un mundo nuevo. Pero hace
falta un alma: el amor. Como dice Juan
Pablo II, «la humanidad se encuentra ante una encrucijada. ¿Cuál será la civilización
que se imponga en el futuro del planeta? Depende de nosotros que sea la civilización del
amor, o la civilización del egoísmo llevado a sistema».
El amor está impreso en el ADN del ser humano; lo
constato cada vez más al relacionarme con las distintas religiones, razas y culturas. Es
la fuerza más potente, fecunda y segura que puede unir a toda la humanidad. Pero requiere
un cambio total de los corazones, de las mentalidades y de las opciones que hacemos.
Por otra parte, hoy está bastante generalizada en
la vida internacional la opinión de que es necesario replantearse el sentido de
reciprocidad, que es uno de los pilares de las relaciones internacionales.
Vivimos en un tiempo en el que cada pueblo tiene que salir de sus propias fronteras y
mirar más allá, hasta amar la patria ajena como la propia.
Reciprocidad entre los pueblos significará, pues,
superar las viejas y nuevas lógicas de alineación y de intereses, estableciendo, en
cambio, relaciones con todos, inspiradas en una iniciativa sin condiciones ni intereses,
pues al otro e lo ve como otro yo mismo, parte de una misma
humanidad. Y en esta línea se puede proyectar el desarme, el desarrollo y la
cooperación.
Nacerá una reciprocidad capaz de convertir a cada
pueblo, incluso el más pobre, en protagonista de la vida internacional, compartiendo
pobreza y riqueza no sólo en las emergencias, sino todos los días.
Identidades y las capacidades se potenciarán
precisamente en la medida en que se pongan a disposición de los demás pueblos, dentro
del respeto y el intercambio recíprocos.
Sólo entonces, cuando los ciudadanos y los
gobernantes cumplamos con nuestra parte, podremos soñar con componer una única comunidad
planetaria.
¿Una utopía?
El primero que lanzó la idea de la globalización
fue Jesús, cuando dijo: «Que todos sean uno». No sólo, sino que además nos hizo
capaces de amar con ese amor que tiene la fuerza de recomponer la familia humana en la
unidad y en la diversidad.
Basta con que abramos los los ojos: por todo el
mundo están diseminados muchos trabajadores de esta humanidad
nueva. ¿No habrá llegado la hora de proyectarlos a escala mundial?
Chiara Lubich
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