| A medida que pasan
las semanas, se va planteando la duda inquietante de si
la guerra en la República de Afganistán, emprendida por
Estados Unidos en coalición con otros estados del mundo
y con el visto bueno de la ONU, es una simple represalia,
a consecuencia del ataque terrorista contra las torres
gemelas del Trade Center y el edificio del Pentágono, o
es una guerra justa frente a un agresor terrorista que ha
cometido uno de los crímenes colectivos más graves
contra el llamado "mundo civilizado". El Concilio Vaticano II no
se atrevió a condenar toda operación de guerra. Cuando
se trataba de "legítima defensa", se expresa
en los siguientes términos: "Mientras exista el
riesgo de guerra y falte una autoridad internacional
competente y provista de medios eficaces, una vez
agotados todos los recursos pacíficos de la diplomacia,
no se podrá negar el derecho de legítima defensa a los
gobiernos". Pero añadió a continuación: "La
potencia bélica no legitima cualquier uso militar o político
de ella". Además, el problema se complica bastante
al considerar que "el horror y la maldad de la
guerra se acrecientan inmensamente con el incremento de
las armas científicas" (GS Núm. 79). No olvidemos
que aquel Concilio se celebró en plena Guerra Fría y
con el recuerdo de la Segunda Guerra mundial aún fresco.
Por lo que
conocemos a través de los medios de información, en
Afganistán se están utilizando armas e instrumentos bélicos
de gran potencia destructiva, a excepción de armas
nucleares y químicas, que están causando enormes
perjuicios a la población: problemas de alojamiento,
desplazamientos de población, condiciones impresionantes
de lugar de habitación, hambre y víctimas inocentes...
Una condición de
la guerra justa ha sido siempre lo que se ha venido
llamando "proporción" entre los daños
producidos con anterioridad a la guerra (o que se
pretenden evitar) y los daños que las operaciones bélicas
estén causando, sobre todo a la población inocente.
La prolongación de
esta guerra, que se anuncia larga, causando grandes daños
a la población de Afganistán hacen surgir la duda, la
inquietante duda de si los males que se están causando -que,
por otra parte, ya no pueden evitar los efectos pasados
del terrorismo criminal en el mismo corazón de la nación
más poderosa del mundo- pueden seguir teniendo
justificación moral objetiva.
A esta duda se añade
otra de orden estratégico: ¿están bien elegidos los
objetivos de esta guerra, cuyas consecuencias pueden
rebasar todas las previsiones?, ¿son eficaces los medios
empleados para borrar el terrorismo del mundo?, ¿no eran
factibles otros procedimientos para conseguir esa
finalidad? Dudas tendremos, e inquietantes, que deberán
ser profundamente consideradas por los responsables de la
política mundial antes de que sea demasiado tarde. En
buena medida, tales dudas tienen su origen en la "modalidad"
misma de esta guerra, que escapa a los criterios
tradicionales. No obstante, la seria advertencia de Pío
XII en vísperas de la II Guerra Mundial sigue resonando
con cadencia admonitoria en el mundo actual: "Nada
se pierde con la paz. Todo puede perderse con la guerra".
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