| Vi con incredulidad cómo se derrumbaban las Torres
Gemelas. La enorme tragedia, el trauma de una superpotencia que de repente se siente
vulnerable al ver esfumarse tantas convicciones y el miedo al inicio de una nueva guerra
de dimensiones imprevisibles me hizo volver a Trento, durante los bombardeos de la segunda
guerra mundial. Todo se derrumbaba y yo me preguntaba con insistencia si habría algo que
ninguna bomba pudiera destruir. La respuesta entonces fue clara: sí que existe, es Dios.
Y descubrimos que Dios es amor. Fue un descubrimiento fulminante que nos daba la seguridad
de que Dios no podía abandonar a los hombres y que no se ausentaba nunca de la Historia,
sino que hace que todo lo que sucede aporte algo al bien. Yo hice esa experiencia de forma
sorprendente. Y me he vuelto a preguntar:
¿no será que ahora, al principio del siglo XXI, Dios quiere que volvamos a ponerlo en el
primer lugar en nuestra vida, obligándonos a posponer todo lo demás? Esta idea afirma mi
esperanza en el futuro. Lo que para muchos ha supuesto un paso atrás, para mí ha
adquirido un significado muy distinto.
Esta visión de las cosas se está despertando en el
alma de los americanos. Jamás se había visto allí tal competición de solidaridad. Y
pienso que se debe al hecho de que los acontecimientos trágicos han acercado mucho más a
las personas a Dios. Aunque ya lo sabía por la televisión, me siguen escribiendo desde
Nueva York que han visto la ciudad completamente transformada, que se han desvanecido los
muros de indiferencia en medio de una avalancha de ayuda concreta, de disponibilidad para
hacer algo por aliviar el dolor de los demás. Es conmovedor ver a un pueblo entero que,
ante la adversidad, se dirige espontáneamente a Dios para rezar, desde el parlamento o
desde las plazas, manifestando de esa forma sus verdaderas raíces en la fe.
Es un signo de la particular vocación de ese enorme
país. He estado en Estados Unidos varias veces y tienen como una vocación a la unidad.
Prácticamente, allí están representadas todas la etnias del mundo. Es un país tan
multirreligioso, tan multiétnico, tan multicultural que podría mostrar al mundo un
modelo de unidad.
En nuestro movimiento, aunque no sólo, hemos
construido una profunda unidad con muchos musulmanes. Precisamente en Estados Unidos se ha
establecido una estrecha relación con un vasto movimiento musulmán afroamericano. Me han
dicho que en estos momentos les ayuda mucho el sentirse unidos a nosotros, que somos
cristianos, en el compromiso de llevar al mundo la fraternidad universal. Los cristianos y
los musulmanes tenemos que reconocernos como hermanos. Somos todos hijos de Dios. Por lo
tanto, los cristianos tenemos que comportarnos de esta manera. Ése es el camino.
Hay una cosa, tal vez un poco original, que siento
de forma especial. Ahora se están movilizando todas las fuerzas a nivel político, los
jefes de estado, etc., pero es necesario que también el mundo religioso se movilice para
el bien. Ya se hace. Por ejemplo, el Santo Padre, en sus últimos discursos, ha dicho
enérgicamente que América no puede dejarse tentar por el odio, y no deja de hacer un
continuo llamamiento a la paz. También la Conferencia Mundial de las Religiones por la
Paz se está moviendo en esa dirección. Hace poco se celebró en Barcelona un congreso de
cientos de representantes de varias religiones e iglesias, promovido por la Comunidad de
San Egidio, en el que se redactó un mensaje con el que se comprometen a la paz.
También nuestro movimiento, en su expresión
política, el "Movimiento de la Unidad", defiende la idea de la fraternidad,
precursora de la paz, a través de ayuntamientos y parlamentos en varias partes del mundo.
Aun así, todo lo que se hace es poco. Habría que intensificarlo y universalizarlo. No
puede depender sólo de la política. Recemos para que caminemos por el camino acertado,
según el buen juicio y el sentido común. De lo contrario, veremos una tragedia tras
otra.
El plan de Dios para la humanidad es la fraternidad,
que es el correctivo de esa política algo desviada que experimentamos en el mundo
occidental. Dicha fraternidad es posible incluso con hombres de otras creencias y
convicciones, ya que el amor fraterno está en el ADN de cada hombre, creado a imagen y
semejanza de Dios.
En definitiva: a raíz de esta tragedia,
paradójicamente, veo un mundo que camina hacia el bien y hacia la unidad.
Chiara Lubich
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