La hora de las preguntas
Manuel María Brú
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Juan Pablo II ha calificado el 11 de septiembre de
2001 como uno de los días más oscuros de la historia de la humanidad. El atentado
terrorista más horrible de la historia, sobre todo por su magnitud, ha sumido en una
profunda consternación no sólo a Estados Unidos, sino al mundo entero. Ha sido, sin
duda, una terrible afrenta a la dignidad del hombre, perpetrada por seres humanos, cuyos
corazones a veces se tornan en abismos de los que emergen designios de inaudita ferocidad,
capaces de hacer tambalear la serenidad y la paz de los pueblos. Pero justo cuando
cualquier comentario parece inadecuado, añadía el Papa, entonces la fe viene al
encuentro del hombre y sólo la palabra de Cristo puede dar respuesta a las más profundas
inquietudes e interrogantes que agitan nuestro ánimo. Porque, cuando parece que la fuerza
de las tinieblas y del maligno prevalecen, la fe nos recuerda que el mal y la muerte, el
horror y la destrucción, no tienen la última palabra.
La fe orante, la oración creyente, es la única llave capaz de
abrir la puerta hacia una esperanza segura y hacia una reflexión lúcida y serena para
tratar de evitar que esta barbarie se repita, para tratar de cambiar este mundo que, al
comienzo del tercer milenio, se muestra gravemente herido de odio, de injusticia, de
violencia, de desigualdad, de irracionalidad, de inhumanidad... En definitiva, herido de
pecado, a través de la bárbara destrucción del ser humano, contra la bondad infinita de
Dios.
En su mensaje al pueblo americano y al mundo entero el presidente de
la nación más poderosa de la tierra terminaba musitando una oración para implorar la
protección y el consuelo del único capaz de darla. Dios proteja a este pueblo y a todos
los pueblos, no sólo de los crímenes de los asesinos, sino también de un deseo de
venganza que se torne en irremediable e interminable espiral de violencia.
Cuando Dios permite estos acontecimientos es porque, a pesar de
ellos pero también a través de ellos, quiere decirnos algo. Pues justo por eso tal vez
sea éste el momento de hacernos muchas de esas preguntas que son las verdaderamente
importantes pero que los espejismo de este mundo nos ocultan.
¿Somos conscientes de que el nuevo carácter de la guerra ya no es
tanto el de los enfrentamientos entre potencias, cuanto el de las acciones terroristas de
grupos fanáticos ultranacionalistas y racistas? Porque, si somos conscientes, entonces
habrá que superar prejuicios, intereses mezquinos y rutinas soberanistas, para trabajar
unidos los pueblos de la tierra. Y esto no sólo con el fin de desarticular las grandes o
pequeñas organizaciones terroristas, sino para promover un nuevo nombre para la paz. Una
paz que se tome en serio invertir en el desarrollo cultural, económico y social de los
pueblos más pobres y que retome con seriedad la educación en el valor sagrado y
transcendente de la dignidad humana.
En un mundo cada vez más accesible a todos, para el bien y para el
mal, ¿podemos seguir manteniendo formulas insuficientes para conseguir la paz y la unidad
internacionales? Porque, hoy por hoy, lo que prevalecen son los intereses particulares y
los compromisos con quienes sistemáticamente violan los derechos humanos, en lugar de
favorecer un orden mundial más justo y solidario.
Por último, y sobre todo, ¿en que habrán de afanarse los
gobernantes y sus pueblos para buscar la seguridad y la felicidad del hombre?, ¿en un
complejo sistema de defensa, símbolo de la autosuficiencia del hombre moderno, que a la
postre se muestra vulnerable? ¿No tendrán más bien que buscar otros valores, otros
proyectos, otros sentidos, capaces de formar familias y pueblos que levanten ciudades
nuevas con ideales nuevos que ni las bombas ni los aviones suicidas puedan destruir?
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