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[ I g l e s i a ]

[ El dinero de la Iglesia ]

El “caso Gescartera”, junto a otros acontecimientos, ha turbado la tranquilidad estival como un tornado tropical que irrumpe inesperadamente con efectos devastadores. El hecho real, mientras no se demuestre lo contrario, es que han desaparecido misteriosamente la importante cantidad de 18 mil millones del patrimonio administrado por dicha entidad, sin que la CNMV (Comisión Nacional del Mercado de Valores) –órgano estatal dependiente del Ministerio de Hacienda, que tiene entre sus funciones el control de las agencias de valores– se haya dado por enterada hasta que se ha consumado la desaparición.

El gobierno ha decidido la creación de una Comisión parlamentaria, que ya ha iniciado sus funciones, para investigar las responsabilidades de los dirigentes y participantes en Gescartera y de los miembros de los órganos de la Administración Pública que tenían competencias de control sobre este tipo de actividades financieras. No vamos a entrar comentarios al respecto, hasta que dicha comisión parlamentaria cumpla su cometido. Únicamente queremos dejar constancia de dos reflexiones referentes a esta situación.

Una, que los activos mobiliarios son muy volátiles y fluidos, propicios para la especulación y el fraude, de ahí la necesidad de extremar, por parte del Estado, las precauciones y cautelas eficaces en la vigilancia de las entidades que los administran. En segundo lugar, que el escándalo de Gescartera, como se ha escrito, ha causado un daño difícilmente reparable al crédito del sistema financiero español, tan fundamental en economía.

Pero queremos detenernos en un punto delicado que ha sido objeto de críticas desmesuradas y precipitadas por parte de algunos sectores de la opinión pública. Nos referimos al hecho de que, entre los inversores presuntamente estafados de Gescartera, aparecen algunas diócesis y algunas organizaciones de apostolado seglar.

Conviene subrayar que las entidades eclesiásticas implicadas aparecen en el sector de las víctimas del fraude, lo cual pondría de relieve, en determinados supuestos, cierta incompetencia o precipitación y, en el peor de los casos, afanes especulativos por parte de los responsables de dichas inversiones. Pero en ningún caso malicia defraudadora.

En segundo lugar, hay que salir al paso de ciertas insinuaciones infundadas que apuntaban a que los fondos invertidos por la Iglesia en Gescartera provenían, por lo menos en parte, de la asignación tributaria del Estado a aquella. El presidente de la Conferencia Episcopal Española, cardenal Rouco, que podía afirmarlo con conocimiento y autoridad, ha dicho públicamente que dicha asignación tributaria se destina a gastos del personal ministerial de la Iglesia y a las necesidades del culto de parroquias e iglesias, pero nunca a finalidades de inversión financiera. No tiene sentido, por tanto, la necesidad de revisar el acuerdo del Estado con la Iglesia respecto a esta cuestión de la asignación tributaria, como consecuencia de este escándalo financiero.

Por otra parte, la Iglesia tiene sus fuentes propias de adquisición de bienes provenientes de fondos de su patrimonio, de donaciones de los fieles, de actividades docentes, etc. Y tiene libertad para invertir sus recursos, según las normas civiles y canónicas vigentes, para atender a las necesidades de su misión pastoral.

La iglesia Católica, en el libro V del vigente código Canónico (de 1983), establece normas y garantías, prudentes y concretas, para la administración de sus bienes temporales, siempre respetando la legislación del Estados dentro del cuales desarrolla sus actividades.

En consecuencia, toda crítica sobre la actuación de los entes eclesiásticos y de apostolado en este asunto resulta prematura hasta que la comisión parlamentaria no concluya su investigación y se determine la responsabilidad de las entidades o personas que, por una causa u otra, aparezcan implicadas en este desgraciado asunto.