Camino Neocatecumenal, Comunidad de
San Egidio, Comunión y Liberación, Focolares, Renovación Carismática y Shöenstatt
celebran un congreso para sacerdotes sobre movimientos eclesiales para la nueva
evangelización.
Manuel María Brú
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Un congreso para sacerdotes diocesanos cuyos ponentes
eran fundadores y responsables de seis movimientos y comunidades eclesiales había
suscitado cierta inquietud. Pero desde el comienzo de las sesiones, que se llevaron a cabo
del 26 al 28 de junio en Castelgandolfo (Roma), se dio una transparencia y una sencillez
elementales: «Sabemos que el Espíritu Santo es quien nos ofrece, en este particular
momento histórico, los signos vivos de su creatividad vivificante en los movimientos y
nuevas comunidades eclesiales», dijo el Cardenal Castrillón Hoyos, prefecto de la
Congregación para el Clero. «Si el Santo Padre afirma que los nuevos movimientos y
nuevas comunidades eclesiales son un don para la Iglesia, para la nueva evangelización,
debemos creerle», decía a su vez Chiara Lubich.
Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de San Egidio, enmarcó el
evento en la corriente de «comunión entre movimientos eclesiales, entre ellos y con los
pastores de la Iglesia». A continuación relató la experiencia vivida a partir de la
vigilia de Pentecostés de 1998, cuando Juan Pablo II convocó a los movimientos y los
instó a una mayor comunión: «no se trata de una mayor coordinación entre ellos, sino
de algo mucho más profundo, porque de nada sirve coordinarse si no existe una conciencia
de unidad, si no existe un amor que hace que cada uno sea indispensable para el otro, y
que responde a una Iglesia rica en carismas, pero unida en el amor».
Respecto a la unidad de los movimientos con el Papa y los obispos,
el profesor de la Universidad Lateranense Piero Coda afrontó la relación entre «dones
jerárquicos y dones carismáticos en comunión para la edificación y la misión de la
Iglesia». Partiendo de las reflexiones del cardenal Ratzinguer y del teólogo Urs von
Balthasar, mostraba que los carismas objetivos (jerárquicos) y los subjetivos
(carismáticos) nacen de la vocación apostólica. Y proponía algunas conclusiones
prácticas sobre esta relación: la apertura de los pastores a los nuevos carismas; la
apertura de las nuevas realidades para insertarse en la iglesia local y de unas con
respecto a las otras; y la apertura que supone para cada movimiento el no mirarse a sí
mismo para remar mar adentro siguiendo todos la voluntad de Cristo.
La peculiaridad de este congreso, respecto a otros similares
realizados a partir de Pentecostés 98, es doble. Por un lado, lo específico del tema (la
aportación de los movimientos y comunidades a la nueva evangelización) y, por otro lado,
los destinatarios (seminaristas, diáconos y sacerdotes diocesanos). Respecto al tema,
hubo un abanico de intervenciones de fundadores y líderes de estos movimientos y
comunidades sobre su particular forma de ofrecer nuevo ardor, nuevos
métodos y nuevas expresiones a la evangelización, según la clásica
distinción que Juan Pablo II planteó en 1983 en Haití. Respecto a los destinatarios,
aunque los movimientos son principalmente de carácter laico, también pertenecen a ellos
muchos sacerdotes diocesanos, así como obispos y religiosos, y estaban invitados tanto
los que participan habitualmente, como los que están interesados en conocer la
aportación que los movimientos dan a la nueva evangelización. De hecho, había más de
1.500 sacerdotes, diáconos y seminaristas (entre ellos, 63 españoles), procedentes de 44
países.
Como reconocido historiador, Andrea Riccardi ofreció una
interesante panorámica de la importancia que han tenido en la historia de la Iglesia los
dones del Espíritu para la pasión evangelizadora y su especial empuje en la
vida del sacerdote, cuyo ministerio se ha visto enriquecido por movimientos carismáticos.
Algunos episodios revelan tanto la tensión como la compenetración entre
ministerio y carisma. Riccardi recordaba la envidia que le tenía
el cura Florencio a San Benito por su atractivo espiritual, y la manera cautelosa con que
éste acogía a los sacerdotes en la comunidad monástica, despojándolos de toda
prepotencia. Pero recordaba también cómo San Francisco descubría la grandeza del
sacerdocio, más allá de las cualidades y defectos de los sacerdotes.
El cardenal James Francis Stafford, presidente del Consejo
Pontificio de los Laicos, hizo dos aportaciones fundamentales: una de su cosecha, sobre la
misión de los laicos en la nueva evangelización, y otra del Santo Padre que trata sobre
el lugar que ocupan los sacerdotes diocesanos en los movimientos y comunidades eclesiales.
El cardenal buscó una definición del laicado que, superando la exclusión (todos los
fieles bautizados menos los ministros ordenados y los consagrados), estuviese a la altura
de la misión que la Iglesia le encomienda. La identidad del laicado se define desde su
vocación a transformar evangélicamente las realidades humanas y las estructuras
sociales, como un «sí pero todavía no» de la Iglesia en camino hacia el Reino, vivido
día a día en todos los ámbitos de la sociedad, expresado en la eucaristía y celebrado
semana tras semana en el Día del Señor. Ante un laicado así entendido, y así realizado
en los movimientos, entre otros ámbitos, no cabe una relación de tipo paternalista entre
sacerdotes y laicos.
El Papa deja claro en su mensaje esta óptima relación cuando dice
que en los movimientos, «atraídos por el mismo carisma, participan de una misma
historia, forman parte de un mismo ámbito, sacerdotes y laicos comparten una experiencia
de fraternidad entre cristifideles que se edifican mutuamente sin confundirse jamás».
Una vez corregida toda «cerrazón presuntuosa y restringida» que pueda llevar a
sacerdotes, diáconos y seminaristas vinculados a estos movimientos a no valorar otras
formas de participar en la Iglesia, y una vez descartada la tentación de clericalizar los
movimientos, o la de laicizar a los sacerdotes, la experiencia muestra, según el Santo
Padre, que «en ellos los presbíteros pueden aprender mejor a vivir la Iglesia en la
co-esencialidad de los dones sacramentales, jerárquicos y carismáticos que les son
propios, según la multiplicidad de los ministerios, estados de vida, y funciones que la
edifican». Es más, «los sacerdotes encuentran en los movimientos la luz y el calor que
les ayuda a madurar en una vida cristiana fervorosa y en un auténtico sensus ecclesiae,
que los impulsa a una fidelidad sólida a los legítimos Pastores, volviéndolos atentos a
la disciplina eclesiástica que los lleva a cumplir con entusiasmo misionero las
actividades de su ministerio».
Dos cosas más de enorme importancia formaban parte del menú de un
congreso tan completo como interesante. Había que explicar el secreto que los miembros de
los movimientos guardan muy adentro, como raíces que sostienen la frondosidad del árbol.
Además, era oportuno ofrecer un modelo real y paradigmático de la nueva evangelización
que llevan a cabo los movimientos.
Para hablar del secreto, que en toda nueva
espiritualidad hace referencia al amor de Cristo en la cruz por los hombres, la primera
compañera de Chiara Lubich, Natalia Dallapiccola, habló de «Jesús crucificado y
abandonado, el Dios de hoy, puerta de la comunión eclesial». Cuando Jesús parece haber
perdido su comunión con el Padre, cuando grita «¿Dios mío, Dios mío, por qué me has
abandonado?», es cuando la comunión trinitaria más abraza a la humanidad y deja en la
Iglesia la semilla de unidad en el amor inquebrantable, signo y artífice de la comunión
entre los hombres. Amar con la medida de este amor, abrazar en el Crucificado el dolor de
toda división, también las divisiones en el seno de la Iglesia, es la llave que abre las
puertas de la comunión y la misión.
Y para ofrecer un testimonio concreto de nueva evangelización, otra
de las primeras compañeras de Chiara Lubich, Graziella de Luca, presentó el vídeo «El
milagro en la selva», reportaje elocuente y alentador que narra más de treinta años de
historia de misión en Fontem, en el corazón de África; una historia de desarrollo
humano y social, de implantación de vida eclesial y, sobre todo, de amor que da la vida.
Un prototipo de una evangelización que es nueva porque está movida por un nuevo ardor
carismático (la unidad) y por nuevos métodos y expresiones (el testimonio de la vida que
precede al anuncio de la Palabra).
No hubo una conclusión escrita, pero sí una conclusión vital,
única, arrolladora: «todo lo vence el amor». El auténtico amor cristiano es capaz de
conseguir que el Evangelio penetre en los recónditos mundos de la ciudad secularizada, en
los lejanos parajes de la selva tropical, o en la inhóspita celda de un campo de
concentración. Las rotundas y sencillas palabras en la misa de clausura del cardenal Van
Thuan, presidente del Consejo Pontificio Justicia y Paz, hablan por sí solas: «En la
cárcel me cambiaban de grupo porque si permanecía en el mismo los contagiaba; luego
cambiaron de opinión, pues contagiaba a los guardas de todos los grupos». En realidad,
él sólo hacía lo que había aprendido en los Focolares: «amar a todos, sin juzgarles,
viendo a Jesús en todos».
La mayoría de los participantes en este congreso llegaron a la
misma conclusión que todos aquellos que pertenecen o simpatizan con los movimientos: más
allá de todas las razones que se den para mirar con cautela, cuando no con recelo, a los
nuevos movimientos, no sólo se constata que los frutos son los que son, y «por sus
frutos los conoceréis», sino que todos en la Iglesia, incluidos los sacerdotes, somos
mendigos tras la huella del Espíritu, al compás del rumbo de la Iglesia, remando
mar adentro, para implorarlo, suplicarlo, buscarlo, reconocerlo, amarlo y
mendigarle. Porque, ¿a quién le sobra el Espíritu?
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