En los últimos años Juan Pablo II había insinuado repetidas
veces que le pedía al Señor fortaleza para emprender y conducir con entusiasmo el Año
Jubilar de la celebración del segundo milenio cristiano, y después Dios diría. Otras
voces predecían que el anciano Papa resistiría el gran reto y que luego veríamos el
declive de uno de los pontificados más largos de la historia. Pero este Papa no deja de
sorprender. Siete meses después de cerrar la Puerta Santa del Año Jubilar se ha cumplido
lo que prometió el día de Reyes: que se abrían muchas puertas y ventanas para la
Iglesia del inicio del tercer milenio.
Manuel María Brú
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La primera de esas puertas fue la carta apostólica
que lleva ese mismo nombre, la carta de navegación de la Iglesia para este
siglo, como la suele llamar el Cardenal Rouco, y de la que ya hablamos en estas
páginas. Es difícil encontrar en los documentos eclesiales postconciliares un texto que
haya tenido tanta acogida como la Novo Millennio Ineunte. Su profunda sencillez y hondura,
sus provocativas indicaciones, y sobre todo la frescura de su talante esperanzador y
interpelante, ha hecho que a estas alturas del año 2001 nada se haga en la Iglesia, desde
uno a otro extremo de la tierra, sin el impulso y la inspiración en este plan pastoral
para la Iglesia del siglo XXI. Tal vez porque más que proponer un plan, propone el
Plan, el único plan posible: «No se trata, pues, de inventar un nuevo programa. El
programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se
centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir
en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en
la Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas,
aunque tiene en cuenta el tiempo y la cultura para un verdadero diálogo y una
comunicación eficaz».
Después vinieron la creación de nuevos cardenales, las
beatificaciones de cientos de mártires en la incivil guerra española y el
increíble viaje del Santo Padre a Grecia, Siria y Malta siguiendo las huellas de San
Pablo. La acogida en Grecia fue fría, pero al día siguiente los periódicos atenienses
coincidían en una inesperada confesión: Juan Pablo II había roto el muro de hielo
levantado a lo largo de diez siglos de incomprensión. El vicario de Cristo había ido al
corazón de la división, había escuchado por primera vez la queja y el dolor por cosas
del pasado que mantenían abierta la herida de un pueblo. Y había pedido perdón. Otras
posiblemente muy justificadas razones históricas y políticas no habían sido
capaces de silenciar a un Papa que en veintitrés años de pontificado ha hecho caso omiso
a la prudencia de este mundo cuando Dios le pedía decir claro y alto la verdad. Y como la
principal verdad es la caridad, el Papa pidió perdón. Su beatitud Cristodulos, primado
de Grecia, ha reconocido que la historia ofrece a veces oportunidades de superar
situaciones sin salida, abandonando intransigencias humanas para alcanzar la
reconciliación.
El reciente viaje a Ucrania ha sido también una de esas
oportunidades que la Providencia de Dios pone en el camino de la barca de la Iglesia en
este momento de su navegación. Tal vez porque el capitán que la conduce sabe bien
interpretar el viento del Espíritu y también que en el camino de la unidad no se puede
remar mar adentro sin la reconciliación. El fuerte oleaje de la
incomprensión tiene en el norte de Europa, además de las heridas del cisma de Oriente,
la huella más reciente de más de medio siglo de dictadura soviética, que complica
enormemente la relación entre Roma y una iglesia ortodoxa que, como la Rusa, ha sido
testigo de la desertización del ateísmo oficial y ahora ve con recelo un proceso
indolente de occidentalización, en el que la amenaza del liberalismo salvaje es puesta al
mismo nivel que la misión evangelizadora de la Iglesia Católica.
Retrocedamos en el calendario. El día de Pentecostés fue una vez
más elegido por el Santo Padre para mostrarnos que en este cambio de época la Iglesia se
sabe a la vez agraciada y convocada a un Nuevo Pentecostés. En 1998, año dedicado al
Espíritu Santo para la preparación del Gran Jubileo, el Papa convocó en ese día a los
nuevos movimientos y comunidades eclesiales, poniendo en evidencia la acción del
Espíritu en nuestro tiempo a través del perfil mariano de la Iglesia. Este año ha
elegido el domingo de Pentecostés para exponer a los ojos de la Iglesia y del
mundo el rostro de alguien que fue signo de esa misma primavera eclesial, icono de
esperanza, mirada de consuelo y de apertura de la Iglesia al mundo moderno, alguien que
guió con sabiduría convocando el Concilio Vaticano II. Hablamos del rostro incorrupto de
Juan XXIII.
Los cardenales, como principales consejeros del Papa, no sólo se
reúnen cuando se crean nuevos miembros, o cuando están llamados a escuchar al Espíritu
Santo para designar a un nuevo sucesor de Pedro. Por eso en el mes de mayo Juan Pablo II
convocó también un Consistorio extraordinario para buscar «las directrices más
adecuadas para ser, hoy también, signo creíble del amor de Dios a todo hombre»: una
especie de cenáculo en el que los más representativos sucesores de los apóstoles
podrían escuchar el haced esto en memoria mía veinte siglos después.
En la homilía de clausura del Consistorio, Juan Pablo II situaba la
misión evangelizadora de la Iglesia en un mundo caracterizado por la cultura mediática.
La sobreabundancia de mensajes comporta una devaluación de la palabra, por eso el anuncio
de la salvación cristiana parece una voz más en un torbellino de informaciones y
reclamos publicitarios que producen un tipo hombre alienado, globalizado pero insolidario,
obsesionado por consumir e indiferente ante su identidad y su destino: «El tiempo que
vivimos es tiempo en el que sobreabunda la palabra, multiplicada hasta lo inverosímil por
los medios de comunicación social, que tanto poder ejercen sobre la opinión pública,
tanto para bien como para mal. Pero la palabra que necesitamos es la palabra rica en
sabiduría y en santidad».
Ya la Novo Millennio Ineunte decía que «la perspectiva en la que
debe situarse el camino pastoral es la de la santidad», cultivada, añade el Papa en la
clausura del Consistorio extraordinario, «en la escucha de la Palabra de Dios, en la
oración y en la vida eucarística, especialmente con ocasión de la celebración semanal
del domingo, Día del Señor. Sólo gracias al testimonio de cristianos auténticamente
comprometidos en vivir radicalmente el Evangelio puede el mensaje de Cristo abrirse paso
en nuestro mundo».
Con esta primacía de la pastoral de la santidad, la
Iglesia universal, de hecho, reconoce que está llamada a una misión que no consiste
sólo en hablar de Cristo, sino también en dejarlo ver en el testimonio de la
unidad: «Condición, fuerza y fruto de la misión evangelizadora es la comunión, la
unidad de los discípulos por la que Cristo oró. En un mundo hondamente marcado por
desgarros y conflictos, y en una Iglesia que muestra las heridas de las divisiones,
sentimos más fuerte que nunca el deber de cultivar una espiritualidad de la comunión,
tanto en el seno de las comunidades cristianas como en nuestro proseguir con caridad,
verdad y confianza el camino ecuménico y el diálogo interreligioso, siguiendo el
ejemplar impulso que nos viene del Santo Padre».
Y si la santidad pasa hoy por la espiritualidad de la comunión,
ésta se expresa, entre otras cosas, en el testimonio de la pobreza. En el Consistorio
tam-bién se oyeron voces proféticas, como la del cardenal Etchegaray, que proponen
«pasar de una Iglesia para los pobres a una Iglesia completamente pobre», porque «sólo
una Iglesia pobre puede convertirse en una Iglesia misionera, y sólo una Iglesia
misionera puede exigir una Iglesia pobre». Santidad de vida, desde la comunión, en la
pobreza. Es el reto de la Iglesia del siglo XXI. En definitiva, una Iglesia que pide
perdón por su errores y se pone en pie para escuchar, acoger y vivir el Evangelio en un
mundo que busca los caminos de paz y de unidad que la Buena Noticia propone.
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