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[ C u l t u r a ]

 

[ Refugiados, un drama que espera respuesta ]

ACNUR ha cumplido 50 años, pero su misión no sólo no ha concluido, sino que tiende a aumentar. No basta curar esta vieja plaga, hay que intervenir para prevenirla.

Josep Garau

Casi mil personas viajaban en aquel carguero que encalló (o encallaron) en la Costa Azul francesa en febrero pasado. Y la verdad es que a éstos les fue bien. Peor lo pasó, en el mes de diciembre, un pequeño grupo a bordo de un bote, que acabó en el agua tratando de alcanzar la costa italiana. Y es que los “boteros” albaneses no quieren arriesgarse a ser capturados y obligan a los prófugos, mujeres y niños incluidos, a alcanzar la orilla a nado, sepan nadar o no. En esa ocasión Mohamed Ibrahim y sus dos pequeños llegaron a la orilla, pero la madre no. Veinte días después reaparecía la mujer a bordo de otro bote cargado de kurdos. Los mismos boteros la habían rescatado. Fue una gran alegría para la pequeña familia de nuevo reunida.

Hemos evocado este feliz suceso, frente a tantos y tantos otros que concluyen en tragedia, muchos de ellos en nuestras costas. El traslado clandestino de esta imparable oleada migratoria, que también afecta a nuestro país, está en manos de organizaciones mafiosas, que después de “despellejar” a esa pobre gente no tiene escrúpulos de lanzarlos al mar.

La historia de siempre
«Canto a las armas y al hombre que por primera vez, desterrado de la tierra de Troya, consiguió llegar felizmente a Italia por deseo de los hados...». Esta frase es del comienzo de la “Eneida”. A partir del mito, Virgilio pretendía celebrar, y lo consigue, la ilustre ascendencia de Augusto y del pueblo itálico, exaltada por el hecho de que Eneas fuese un prófugo. Condición ésta que a lo largo del poema será descrita en todas las fases que la caracterizan: desde la dolorosa pérdida de los bienes y los afectos, hasta la determinación de construirse un futuro en una nueva patria. Es una constante de la historia universal. El hombre siempre ha sido un emigrante en busca de nuevos espacios, además de conocimiento, trabajo y, sobre todo, libertad. Podríamos releer toda la historia del hombre, no ya en clave triunfalista, como a muchos les gusta contarla, sino en clave de satisfacer las necesidades primarias.

Pero Eneas nos queda muy lejos y aquí no podemos recorrer toda la historia. Recordemos sólo que el mismo Jesús y su familia fueron prófugos para librarse de la persecución de Herodes. Huyeron y vivieron algún tiempo en Egipto, una situación tan corriente entonces que el autor no se ve en la necesidad de extenderse en detalles. En todos los tiempos han vivido como prófugos muchos exiliados por motivos políticos o religiosos, y los ha habido ilustres, con su aureola de romántica solidaridad, o traicionados por ella.

El siglo de los exiliados
Con el paso de los siglos, la presencia de prófugos ha ido adquiriendo proporciones cada vez mayores. Desde siempre las guerras, las hecatombes y los saqueos han forzado a la población a emprender una huida de carácter transitorio, sólo que cada vez esa temporalidad se ha vuelto definitiva.

Pensemos sólo en los desastres que causaron los dos conflictos mundiales en Europa Central y en los Balcanes en el siglo XX, cuando las fronteras de casi todos los países de la zona fueron rediseñadas en un despacho. Tras la Primera Guerra, millones de personas se vieron obligadas a vivir como extranjeros en su propia tierra; y tras la Segunda, sólo en Europa, unos 30 millones de personas se tuvieron que trasladar forzosamente. Este enorme éxodo, que casi en su totalidad supuso migrar del este hacia el oeste, fue el más grande de la historia de Europa y quizás de la humanidad. El éxodo de alemanes fue el más compacto: unos 13 millones de personas, incluidos los que huyeron de la República Democrática Alemana. A éstos hay que añadir unos 9 millones de trabajadores forzosos deportados durante la guerra por los nazis para mantener la industria bélica del Reich, y al menos 5 millones de polacos de las provincias orientales ocupadas por la URSS fueron trasladados a las provincias alemanas asignadas a Polonia.

En aquellos años se registró también el éxodo de 400.000 finlandeses y otros tantos bálticos que dejaron las regiones orientales ocupadas por los rusos; 200.000 eslovacos y otros tantos húngaros, a los que se suman otros 200.000 que abandonaron Hungría durante la revolución de 1956. Igualmente, unos 300.000 italianos dejaron Istria y Dalmacia huyendo de la limpieza étnica que ya entonces practicaba Yugoslavia. Las regiones abandonadas por todos estos prófugos fueron repobladas por gentes que fluían hacia el oeste: 2,5 millones de rusos, 1,5 millones de checos y 400.000 yugoslavos. Al mismo tiempo, más de un millón de soviéticos (rusos blancos, ucranianos, tártaros y chechenos) fueron deportados más allá de los Urales, acusados de colaborar con los nazis.

Este dramático desconcierto, exigido por los soviéticos y aceptado por las demás potencias vencedoras, causó enormes sufrimientos incluso a poblaciones que ya habían sido víctimas del conflicto, como los polacos, y se transformó en fuente de constantes tensiones.

La emergencia sigue
Pero el drama de los prófugos no acabó en esa tormentosa fase histórica. Incluso los más jóvenes conocen situaciones que se han producido en otros continentes, porque los medios de comunicación ofrecen abundante documentación de lo que ocurre en los países más lejanos.

Recordemos los millones de personas que se trasladaron desde la India a Pakistán y viceversa, cuando el país fue dividido en base a la religión. Y también el éxodo de millones de chinos a medida que avanzaban los ejércitos de Mao. Y luego los vietnamitas y camboyanos durante la guerra que devastó sus países, un drama que luego se prolongó con la desesperada huida de los boat people. Tampoco hay que olvidar la tragedia de Afganistán, que ha producido tres millones de prófugos. En América, no deja de ser relevante la fuga de cubanos, ni la de la población rural de Centroamérica. Pero sobre todo es en África donde se siguen dando el dramático éxodo de millones de prófugos a causa de guerras feroces, como en la región de los Grandes Lagos, en el Congo, en Mozambique, en Angola, en Sierra Leona, en Nigeria... Una mención especial requiere el pueblo palestino, con sus campos de prófugos diseminados por todo Oriente Medio; y los que viven en Palestina lo hacen como extranjeros en su propia patria. Lo mismo cabe decir, si es que no es aún peor, de la situación de los Kurdos. Últimamente, el mismo drama se ha repetido en Indonesia con los habitantes de Timor, así como con los cristianos perseguidos en las Molucas.

Y por supuesto, el caso que más cerca tenemos es el de la ex Yugoslavia, que en diez años de guerra ha producido millones de prófugos, sólo en parte temporales, a causa del odio étnico y religioso.

La labor de ACNUR
En diciembre pasado, cuando acababan el siglo y el milenio a la vez, también se cumplía el 50 aniversario de ACNUR (Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados). Desde luego, los que fundaron este organismo no pretendían que viviese tanto, ni que las situaciones de emergencia que lo hicieron nacer, en lugar de disminuir, se convirtieran en el mal endémico del mundo globalizado.

Los prófugos que produjo la última guerra mundial en buena medida se han insertado allí donde han ido. Decía Günter Gras: «Cuando acabó la guerra había en Alemania once millones de prófugos que venían de las provincias orientales. Llegaron sin nada y tenían que empezar de cero. Ése fue el motor del milagro alemán. Se han construido una nueva existencia desde la nada y el Estado no los ha aislado, sino que los ha introducido en la nueva realidad de la postguerra». Pero no ha sido así en todas partes, y menos aún hoy en día, sobre todo cuando los que llegan se encuentran con ambientes culturales, raciales y religiosos totalmente extraños, y por lo tanto más propensos al rechazo.

Por eso ACNUR, además de asistir a millones de personas, también ha tratado de repatriarlas en la medida de lo posible (2 millones y medio sobre 22 millones asistidos en el año 2000). Una tarea ingente, aunque necesariamente incompleta. De hecho se calcula que actualmente hay 27 millones de refugiados. Asia se lleva la palma con sus 7.300.000; le sigue Europa con 7.280.000 y África con 6.000.000. Cifras referidas sólo a los asistidos, pero si añadimos los que no reciben asistencia, las situaciones de Asia y África es mucho peor.

Desde luego, son los países ricos los que más pueden aportar, y en parte lo hacen, ya sea acogiendo prófugos que financiando ayudas. Pero podrían y deberían, sobre todo, intervenir con mayor contundencia en las causas que originan las situaciones de emergencia, más aún cuando (como ocurre en África) son ellos mismos los causantes, debido a una política de primacía económica, restos de un colonialismo que todavía se sigue practicando.

Con todo, podemos anotar como dato positivo que cada vez tenemos más conciencia de estos problemas, sobre todo los jóvenes, a quienes debemos pedir que aíslen las franjas de intolerancia racial para que su futuro sea más humano.


REFUGIADOS ILUSTRES: María Zambrano

Nacida en Vélez-Málaga en 1904, hija de dos profesores de la escuela Graduada de Vélez, fue una de las dos únicas chicas que en 1913 empezaban bachillerato. En 1921 estudia Filosofía en Madrid con profesores como Ortega, García Morente y Zubiri. A partir de 1928 escribe en distintos periódicos y, sin militar en ningún partido, vive muy de cerca los acontecimientos políticos y participa en los movimientos estudiantiles.En 1930 aparece su primer libro: ”Horizontes del liberalismo“, en el que muestra su tendencia republicana. En 1932 funda el Manifiesto del Frente Español, que luego reconocerá como un grave error político. Ella misma lo disolverá cuando perciba la tendencia fascista que va adquiriendo. A partir de 1934 empieza a criticar abiertamente el fascismo en artículos e intervenciones públicas.

En enero de 1939 emprende el exilio a México. Desarrolla una intensa actividad académica y literaria en la Universidad de San Nicolás de Morelia, donde conoce a Octavio Paz. Viaja periódicamente a Puerto Rico para impartir cursos. En 1946 vuelve a París donde fallece su madre. Ese mismo año es apresado el compañero de su hermana Araceli, Manuel Núñez, que luego será fusilado en Madrid, y María decide quedarse con su hermana. De ese período data su amistad con Albert Camus y René Char. En 1948 María se separa de su marido y regresa a La Habana acompañada de su hermana. Allí permanecen hasta 1953.

Más adelante se trasladan a Roma y en 1964 a la localidad francesa de La Pièce, en donde permanecen hasta la muerte de Araceli en 1972. En 1980 se traslada a Ginebra y empieza a forjar la idea de volver a España. En 1981 es galardonada con el Premio Príncipe de Asturias en Comunicación y Humanidades «por su larga labor filosófica y literaria realizada durante medio siglo, expuesta en numerosas publicaciones y por su labor docente». En 1984 regresa a Madrid. Pese a su delicado estado de salud, su actividad intelectual no disminuye. En 1988 recibe el Premio Cervantes de Literatura. Poco después fallecía y era enterrada en su pueblo natal.