El
informe demográfico de la ONU advierte sobre el alarmante descenso de la natalidad en
España. La solución apunta hacia la inmigración. ¿Qué hay detrás del rechazo de la
paternidad/maternidad?
Carlos G. Andrade |
En el año 2050 España
será el país más viejo del mundo, suena a titular de periódico
sensacionalista. Pero no. Lo dice el último informe demográfico de la ONU, que realiza
una prospectiva de futuro combinando los datos del índice de natalidad (el más bajo del
mundo, triste récord que compartimos con Italia) con los del aumento de expectativa de
vida. Galopamos hacia una sociedad en la que, invertida la pirámide de la población, la
mayoría seremos ancianos. Somos uno de los países europeos menos poblados y, de
mantenerse la tendencia, en los próximos 50 años perderemos un 22% de población:
seremos apenas 30 millones y con una media de edad superior a 55 años.
Datos estadísticos, pero dan qué pensar, pues
revelan la cara oculta de ciertas opciones culturales que, si en determinado momento
fueron símbolo de progreso, madurez y libertad, ahora nos pasan factura. Me refiero a que
la antinatalidad fue una bandera de liberación de la mujer y de sintonía con la cultura
europea, justo por reacción a la política natalista del franquismo. Hace ya 25 años de
eso y, si en los 80 vimos el fruto del boom natalista de los 60, ahora estamos
palpando las consecuencias de la política contraria de los 80.
El descenso en el alumnado que se notó en la
escuela durante los 90 ha llegado ya a la universidad. En el presente curso han quedado
sin cubrirse 30.000 plazas del primer curso y se prevé que para el final de la década
sean 70.000 (en los próximos diez años el número de jóvenes que llegue a los 18 años
disminuirá en 152.000). Y esto cuando en los últimos 25 años las universidades
públicas se han duplicado y las privadas se han cuadruplicado.
Estos datos tienen un significado enorme en ámbitos
muy diversos. En primer lugar para comprender todo el alcance del fenómeno de la
inmigración. Al menos en nuestro caso, aceptar inmigrantes ya no es tanto un gesto de
magnanimidad, ni de apelar a la conciencia con la solidaridad, la apertura y la capacidad
de acogida; es simple necesidad de supervivencia. Y no sólo para realizar esos
trabajos que ya nadie quiere hacer, sino también para asegurar esos puestos
universitarios que, con la natalidad actual no podremos cubrir. De hecho, el informe de la
ONU avanza que, para mantener la actual fuerza laboral y las prestaciones sociales de hoy,
España necesita recibir durante los próximos cincuenta años unos doce millones de
inmigrantes. Aunque no pocos expertos cuestionan la precisión de esta previsión, el
núcleo del problema sigue intacto: no engendramos suficientes hijos como para mantener la
sociedad en los parámetros actuales.
Un segundo aspecto relevante es que
caminamos hacia una sociedad multirracial, multicultural y multirreligiosa. Basta viajar
un par de veces en metro para comprobar los prolegómenos del futuro inmediato: no hay
vagón en que no haya cinco o más personas de etnias o culturas extracomunitarias. Esto
representa un enorme desafío si consideramos la actual fragmentación socio-cultural que
atravesamos: nacionalismos, regionalismos, autonomías que se autoafirman con fuerza
mientras se debilita lo español. Y no deja de ser una irónica jugarreta de
la historia que, cuando más se afirman la identidad y la tradición propias, el bajón de
nacimientos y el pluralismo problematicen ese proyecto en su raíz. El aumento de la
diversidad, el que se multipliquen los españoles de origen subsahariano, magrebí,
oriental o latinoamericano va a reclamar un concepto fuerte de España (como sucede en
USA) que, prescindiendo de las particularidades de cada grupo, sirva para amalgamar las
diversidades de origen, etnia o cultura.
Lo más significativo de este
bajón de la natalidad es que sirve de retrato de la sociedad. Y no precisamente positivo.
Y resulta arriesgado aventurar un juicio consistente al respecto. En el descenso de
nacimientos intervienen un sinfín de factores sociales, económicos, culturales y no
conviene ser simplistas. No obstante quisiera remarcar algunos que me parecen
sintomáticos.
En nuestro ambiente se respira por
doquier una cultura individualista que repercute negativamente en la
imagen social de la familia. Películas, series de televisión (en especial las made in
USA), telenovelas, etc., suelen presentarnos como modelos a seres solitarios,
desarraigados, sin familia o con fracasos familiares a su espalda, que pueden ser eficaces
en su actividad profesional, pero que resultan enormemente inseguros en sus relaciones
afectivas. Viven tórridos romances ocasionales, pero no construyen nada consistente por
su pavor a los compromisos estables: no quieren atarse a nadie. Se unen, se separan, se
enamoran y hasta se casan, pero para divorciarse en cuanto aparece otra/o en el horizonte.
Son adolescentes perpetuos, demasiado pendientes de sí mismos y de sus sentimientos,
condenados a eterno flirteo por ser inhábiles para un proyecto de vida duradero. Y no
sólo los detectives o policías, también los médicos, los abogados, los políticos...
¿Qué lugar queda en este escenario para el compromiso que significa engendrar y educar a
los hijos?
Si unimos a esto el peso de una ideología
falsamente progresista que carga las tintas contra el esfuerzo y sacrificio que
representa criar a los hijos, dibujándolos como una enorme carga, como un
obstáculo insalvable que impide la realización personal y
profesional de los sujetos, en especial de las mujeres, se comprende que haya personas que
decidan de antemano no tener nunca hijos; y que el matrimonio se retrase para no
perder los años de disfrute; y que se pospongan los hijos al chalet; y que se
recurra a la esterilización, aunque luego se lamente.
Lo curioso es que esta mentalidad no
concuerda con el criterio de los ciudadanos, que siguen estimando la familia como
lo más valioso de sus vidas, lo cual demuestra una vez más que lo afectivo es lo
efectivo: es decir, que aquello que da sentido a los esfuerzos, trabajos y renuncias es
que se hacen por alguien al que amas, por el que vives. El triunfo profesional sin nadie
con quien compartirlo es más falso que un duro de madera. Vivir por alguien es lo que
vivifica la propia vida. Sin embargo la cultura ambiente nos propone sin cesar este
individualismo como modelo vital, y ni ayuda a crear las actitudes necesarias, ni a formar
los criterios justos. Es muy probable que las escasas ayudas laborales a la maternidad
(más bien penalizada que favorecida) o las pocas ventajas que hoy se ofrecen a las
familias numerosas sean el reflejo legal de este individualismo ambiental funesto.
Pero el rechazo de la paternidad/maternidad delata
algo más profundo. Si el instinto de reproducción es uno de los instintos biológicos
más fuertes, en su versión humana se tiñe de un colorido especial: del deseo de legar a
los sucesores realidades valiosas, ya sea la obra de una vida, o unas convicciones que dan
sentido al vivir, o proyectos de vida que dan satisfacción y orgullo. Y la neta
impresión que produce esta reducción de la natalidad es que ya no hay nada que
transmitir. Ni creencias valiosas, porque lo que parece imperar es el relativismo; ni
obras en las que se han empeñado años de dedicación, porque la rápida transformación
social testimonia que cada vez los hijos se identifican menos con los proyectos de
los padres; ni proyectos vitales que seduzcan, porque cuando interiormente se
vive a salto de mata tampoco se desea que otros hagan lo mismo.
La opción de no tener hijos es un síntoma
inequívoco de la decadencia de una cultura que ya no confía en la vida y no siente el
deseo de transmitir la vida. Cuando el horizonte vital es el propio yo y sus deseos, se
entra en ese declive que aboca a la sustitución de una cultura que languidece por otra
que sí cree en la vida, espera y ama la vida. Éste es el mayor desafío para una cultura
como la occidental, que ha puesto su corazón en las conquistas técnicas y en el
bienestar económico y ha dejado su espíritu arrumbado en el desván de los trastos
viejos. Menos mal que vienen los inmigrantes.
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