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[ F a m i l i a ]

[ La
familia, su problemática y su espiritualidad ]
Conversamos
con Annamaria y Danilo Zanzucchi, responsables mundiales de Familias Nuevas y miembros del
Consejo Pontificio de la Familia, que recientemente estuvieron en Madrid en un congreso de
familias
José Antonio Faro
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A principios de los 50, Annamaria y Danilo Zanzucchi conocieron el
Movimiento de los Focolares, cuando ni siquiera era tal. En aquel entonces la santidad
parecía estar reservada a personas consagradas a Dios en la virginidad, por eso Annamaria
y Danilo quedaron fascinados con la posibilidad de construir una familia cuyo fundamento
fuera Dios Amor. Eso era lo que les proponía Chiara Lubich: una santidad abierta a
cualquier persona y a todas las vocaciones, que tiene sus raíces en la vivencia cotidiana
del Evangelio.
Actualmente forman parte del Consejo Pontificio de la Familia, organismo
del Vaticano que les permite conocer la problemática de la familia en el mundo entero.
Pero hace ya cuarenta años que se dedican a las familias que siguen la espiritualidad de
la unidad. En febrero pasado, unas doscientas parejas de toda España se reunían en
Madrid con los Zanzucchi.
¿Qué es el Consejo Pontificio de la
Familia?
Danilo: Por varias circunstancias estamos en este organismo creado por Juan Pablo II para
estudiar los problemas de la familia y para analizar y difundir los documentos de la
Iglesia relacionados con el tema. Es un observatorio privilegiado, porque allí llega
información de todo el mundo. De este Consejo forman parte veinte casados de distintas
partes del planeta y cada año profundizamos en un tema específico sobre la familia.
Tenemos también informes de organismos internacionales que son decididamente contrarios a
la familia, pues existe una cultura antivida que dispone de enormes medios para fomentar
la disminución de la natalidad en el Tercer Mundo, en función del bienestar de los
países ricos.
El Consejo decide las acciones que la Iglesia debe emprender en defensa de
los valores de la sociedad. En ciertos ámbitos, o en conferencias de organismos de la
ONU, como las que se celebraron en Pekín y en El Cairo, sólo la Iglesia Católica,
algunas naciones católicas y los musulmanes se alzaron en defensa de los valores de la
sociedad. Hay una fuerte presión contra la vida en esos ámbitos internacionales.
Pero no basta con tener una postura defensiva; es necesario hacer
propuestas positivas. Y en la Iglesia se da una gran contribución de los movimientos
familiares que se basan en valores evangélicos y que, a través de testimonios de vida,
abren caminos para superar problemas de esta naturaleza.
En una sociedad laicista y materialista,
¿es posible presentar a Dios como un punto de referencia para la familia?
Danilo: Estuvimos una vez en un congreso sobre la familia promovido por el gobierno de
Irán. La gran mayoría de los participantes eran personalidades del mundo islámico. Fue
muy interesante porque pudimos ver la seriedad con que tratan los musulmanes los problemas
relacionados con la educación y la familia. En el documento final, la primera afirmación
era ésta: «La familia es una institución sagrada», lo cual se corresponde exactamente
con nuestro modo de ver la familia. Tuvimos ocasión de reunirnos con varias
personalidades, y la base del diálogo era la fe en Dios. Y llegaron a decirnos esto:
«Confiamos en lo que nos decís porque, al igual que nosotros, creéis que Dios es el
fundamento de todo».
¿Qué le aporta la espiritualidad de los
Focolares a la familia?
Annamaria: Al ser una espiritualidad de la unidad, es apropiada para el matrimonio, puesto
que es el sacramento de unidad de la pareja. «Serán los dos una sola carne», dice la
Escritura. Otra frase del Evangelio dice que el hombre no debe separar lo que Dios ha
unido; y eso es otra referencia a la unidad.
La espiritualidad de los Focolares, cuya base es Dios Amor, te lleva a
amar al prójimo con un amor verdadero y profundo, lo más apartado posible del egoísmo.
Y esto es la salvación de la familia.
Cuando conocimos el movimiento, creíamos que ya sabíamos qué era el
amor, pero luego nos dimos cuenta de que amábamos para después ser amados. Entonces
aprendimos poco a poco a vivir ese amor que lo da todo, que no espera nada, ese amor del
que habla el Evangelio. Eso supuso despojarse del egoísmo y de todo lo que te hace vivir
para ti mismo. Por lo tanto, la espiritualidad de la unidad es una gran riqueza.
¿Qué hacer para que esa riqueza se difunda
en toda la sociedad?
Annamaria: Son las mismas familias las que la llevan a otras familias. Y no lo hacen
realizando grandes acciones, sino viviendo. Una familia que vive el amor evangélico, da
testimonio de felicidad. Es verdad que todas las personas buscan la felicidad, pero no la
encuentran porque la buscan en el amor humano. Las familias que viven la unidad son
verdaderos apóstoles, son testigos vivos. Y se puede experimentar este hecho en la vida
más normal, con los vecinos, con los amigos. No hay que hacer nada extraordinario.
¿De qué forma influye la unidad entre los
padres en el crecimiento de los hijos?
Annamaria: El individualismo en Occidente es muy fuerte, porque uno vive para sí mismo.
El aumento de divorcios y separaciones demuestra que se piensa más en sí mismo que en el
otro. Y eso significa la muerte de la familia. Los hijos se resienten de esa situación
porque su educación surge de la unidad que hay entre sus padres. Eso no sólo vale para
el primer período de la vida, sino también para otros períodos difíciles, como la
adolescencia y la juventud. Y es que la unidad de los padres es la base de la educación,
o mejor, es educación.
Muchas veces habláis de la Trinidad como
modelo de la familia. ¿Qué significa eso?
Annamaria: La vida de la Trinidad es un misterio altísimo. Chiara Lubich dice que todos
deberíamos vivir relaciones trinitarias, porque los hombres fueron creados para tener ese
amor que hay en la Trinidad, que todo lo da y todo lo recibe. Si en la vida de pareja cada
uno de los cónyuges se dona, los dos reciben. En eso consiste el amor recíproco, el amor
trinitario. Y se verifica cuando cada cónyuge se olvida de sí mismo por amor al otro; o
sea, cuando logra no ser para sí mismo por amor al otro. Si uno se olvida de
sí mismo y procura comprender al otro, donándose completamente, y si el otro corresponde
de la misma forma, entonces existe en esa relación un amor que refleja el amor existente
en la Trinidad.
¿No podría esa unidad entre los cónyuges
suprimir la distinción y la libertad necesarias?
Annamaria: El amor recíproco genera la presencia de Jesús entre los hombres, y es Jesús
el que realiza la unidad. De manera que su presencia en la familia, esa unidad a la manera
de la Trinidad, al mismo tiempo que hace de los miembros de la familia una sola cosa,
también los lleva a una gran distinción entre sí, como pasa en la Trinidad, en la que
las personas son una sola cosa, pero también son tres y cada una con sus propias
características.
Por ejemplo, cuando Danilo me ama y me deja espacio, está valorando lo
que hago y digo, y esto me hace ser más yo misma: mujer, esposa y madre. Si yo hago lo
mismo con Danilo, él encuentra su ser más profundo como hombre, esposo y padre, porque
tiene mi confianza, mi respeto y mi reconocimiento.
La vida de la Trinidad es un modelo altísimo, infinito. Nos da a entender
que el amor nos une y nos distingue; da valor a la unidad y la distinción. En
consecuencia, también en la familia hay libertad en plena unidad a partir del don que el
uno es para el otro.La familia también está marcada por el sufrimiento.
¿Cómo ayuda el dolor a que crezca la
unidad?
Danilo: Los sufrimientos existen, y llegan sin esperarlos. En una ocasión parecía que
uno de nuestros hijos estaba tomando una dirección equivocada en su vida, y yo estaba muy
preocupado. Tuve la impresión de haber fracasado como educador, lo cual me resultó muy
duro, porque había tratado de darle buen ejemplo. Un día, al regresar del trabajo,
entré en el ascensor y empecé a llorar. De pronto me acordé de Jesús abandonado.
Es que con la espiritualidad de la unidad habíamos aprendido a reconocer
a Jesús abandonado en cada dolor, a no huir del dolor, sino a unirlo al dolor de Cristo,
que redimió a la humanidad. Habíamos aprendido a no detenernos ante el dolor, sino a
seguir amando a la persona que estuviese al lado en el momento presente.
Entonces pensé que no debía preocuparme porque el chico hubiera seguido
o no mi ejemplo, sino sólo por seguir amando. Cuando llegué a casa encontré a la
familia sentada a la mesa. Me senté y miré a aquel hijo que antes no tenía valor de
mirar. Después de comer, nos metimos en su cuarto. Comenzamos a charlar y él notó que
yo estaba cambiado, porque no criticaba sus acciones ni las condenaba. Esto nos dio la
posibilidad de iniciar una nueva relación. Esto es un pequeño ejemplo de cómo reconocer
y amar a Jesús abandonado en el dolor puede ser la puerta para la santidad en la familia.
En un último análisis, la santidad es amor, es unidad.
¿Qué quiere decir que el matrimonio es un
camino a la santidad?
Annamaria: Dios inventó el matrimonio para que los casados pudiesen santificarse. ¿Cómo
se alcanza la santidad en el matrimonio? No sé si nosotros la alcanzaremos, pero sé que
debemos vivir en el momento presente la voluntad de Dios, aceptando las cruces que
lleguen. El matrimonio es un camino de santidad en la vida normal, aunque muchas veces
exige heroísmo. La espiritualidad de la unidad tiene un aspecto que es una puerta para
entrar en un camino de santidad: reconocer y abrazar a Jesús crucificado y abandonado en
todo momento, en todos los dolores cotidianos.
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