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[ E c o l o g í a ]

[La batalla ecológica]

Ha sido muy grave la declaración del presidente de los Estados Unidos, Georg Bush, el hombre más poderoso de la Tierra, a propósito de no querer suscribir la convención de Kyoto de 1997, con la cual los países industrializados se comprometían a reducir antes de 2001 el 5,2% de las emisiones de gases que provocan el efecto invernadero. Ha dicho que «la economía americana está antes que la ecología».

Teniendo en cuenta que el 25% de las emisiones contaminantes de todo el planeta las hace Estados Unidos, que cuenta con el 4% de la población mundial, y que ese gran país ostenta el liderato de la política y de la economía mundial, se pueden muy bien entender las consecuencias negativas que puede tener tal rechazo.

La Unión Europea y Japón han tomado una posición clara. Prodi, el presidente de la Comisión Europea, ha recordado que «si se quiere ser líder mundial, hay que saber hacerse cargo del bien de toda la Tierra y no sólo de la industria americana». Sacrosantas palabras que lamentablemente no han tenido suficiente resonancia, ni siquiera en los mismo países europeos, sobre todo los del Este, que se preparan para entrar en la Unión y que, para salir de su marginación económica, se ven muy tentados a no considerar las reglas ecológicas.

Hace tiempo que el problema ecológico se plantea con dimensiones globales, y lo han afrontado con energía personalidades y grupos más sensibles y con más amplitud de miras. Se trata de una cuestión que afecta al futuro mismo del clima y, por lo tanto, a la posibilidad de la vida en extensas áreas de nuestro planeta. El recalentamiento de la Tierra debido al efecto invernadero es más que conocido. Pero parece que, tanto a nivel de los líderes políticos, como a nivel popular, aún no haya plena conciencia de lo urgente que es coger el toro por los cuernos.

Además, algunos de los que sí se han dado cuenta están optando por la lucha violenta, como sucede cada vez que se encuentran los líderes de los países industrializados. Tal comportamiento hace que la mayoría de la gente desconfíe y, en consecuencia, no se tome en serio el problema. Paradójicamente, constituye un obstáculo para que se abra camino una auténtica cultura ambiental, la cual, para ser tal, no puede prescindir de la complejidad de los problemas que están relacionados.

Hoy se habla mucho de globalización, pero es interpretada y explotada sobre todo por los grandes poderes económicos; y no podemos delegar al mercado una capacidad terapéutica que no tiene. Para que se dé una globalización equilibrada, se requiere tener muy presente en las relaciones entre países ricos y países pobres no sólo su faceta económica, sino también sanitaria, cultural, etc. De ahí la responsabilidad de las grandes potencias y de las grandes multinacionales, que parecen ignorar estas exigencias primarias.

Los que protestan se equivocan en el método, pero han captado el meollo de la cuestión; hay que reconocerlo. Se requiere, pues, una mayor movilización de las conciencias. Porque la cuestión está ahí: ¿basta con que se entiendan entre los potentes de la Tierra, o tenemos que decidirnos todos a bajar a la arena, antes de que nos hundamos completamente en la pasividad autodestructora?
Ahí va la anécdota. A una persona, totalmente comprometida en el tema ecológico, en una fiesta de cumpleaños le dan un helado de una conocida multinacional. Pero él dice: «Perdón, me tomo alguna otra cosa, pero no colaboro al mantenimiento de los que promueven comportamientos que llevarán a la humanidad a su destrucción».

¿Exagerado? No. Cada uno puede influir en los hábitos ecológicos: desde elegir determinada comida, hasta renunciar a los objetos de consumo o a los cultivos que no respeten la ley de la naturaleza. La “objeción comercial” es un arma que puede tener mucho peso en esta batalla.