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Gobernantes, economistas, banqueros,
hombres de negocios y directivos de industrias de todo el planeta intercambiaban
pareceres, a finales de enero, acerca de un tema: Sostener el crecimiento y reducir
las diferencias. Un marco para nuestro futuro mundial. Estamos hablando de ese
importante vértice conocido como Forum Económico Mundial que, desde hace más de treinta
años, se viene celebrando en Davos, una pequeña localidad suiza.
«Cuanto más interdependiente es el mundo, más
vulnerable es. Cuanto mayores son nuestras posibilidades, mayor es nuestra
responsabilidad», recordaba Moritz Leuenberger, presidente de la Confederación Suiza,
dirigiéndose a los cuatro mil participantes, preocupados porque la new economy ya no es
tan fulgurante y porque la economía americana no crece tanto. La globalización y sus
contradicciones han encosertado las reflexiones de los ponentes. No en vano
Davos estaba tan blindada, que las manifestaciones de protesta estallaron en Zurich.
Al mismo tiempo, en Porto Alegre (Brasil) se
realizaba un vértice alternativo, el primer Forum Social Mundial, para contestar la
lógica de la globocolonización, neologismo acuñado para esa ocasión.
Y de allí partía una doble acusación: la
globalización tiene una red tecnológica por la que sólo pasan las finanzas; el modelo
económico subyacente es de corte occidental. Por eso crece el desequilibrio y se corre el
riesgo de alterar los procesos productivos de países distintos entre sí.
Y hubo dos peticiones: ofrecer a los países en
vías de desarrollo la posibilidad de exportar sus productos a los países
industrializados (que ponen restricciones); evitar que las diferencias en el acceso a la
tecnología (el llamado digital devide) hagan aún más difícil la posibilidad de salvar
las distancias entre el primer mundo y el resto. A este respecto, el secretario de la ONU,
Kofi Annan, consiguió la disponibilidad de las grandes multinacionales de cara al
compromiso de reducir el desnivel tecnológico y cultural. Esperemos que no se quede todo
en buenos propósitos.
«Falta la combinación entre globalización y
solidaridad comentaba el economista Alberto Quadrio. El actual proceso de
cambio es grande y exige una atención extrema. Impedir que se produzca sería provocar un
daño, y los primeros en pagar las consecuencias serían los países menos aventajados».
Una propuesta solidaria
Alberto Ferrucci
En las reuniones internacionales que pretenden
reflexionar sobre los problemas de la economía mundial, se termina hablando siempre de
las emergencias. Esta vez era el turno de la ralentización de la economía americana y
sus consecuencias en el resto del mundo. Es lógico que sea así en un panorama planetario
que se basa en un sistema de libre mercado, cuyo objetivo es el interés de sus operadores
a corto plazo. Pero también es la única alternativa a esa beligerante manera de
relacionarse, que no podría ser solidaria de otra manera.
En los sistemas políticos propios del contexto del
libre mercado, los gobernantes disponen a lo sumo de cinco años y son conscientes de que,
por lo general, las decisiones que les dictaría la diligencia del buen padre de
familia no les aseguraría un nuevo mandato de gobierno.
De esta forma, salvo raros estadistas que
desempeñan su cargo de forma heroica, nunca se toman decisiones fundamentales. Por eso,
las consecuencias son inevitables: empeora el clima, tenemos crisis petrolera y
vacas locas, sólo por citar situaciones actuales que dependen de las
omisiones de los hombres. Dichos fenómenos alcanzan dimensiones descomunales debido a una
globalización que carece de reglas adecuadas, provocando que la concentración de la
riqueza conviva con la miseria, las enfermedades, el morirse de hambre y, sobre todo, la
falta de esperanza en el futuro que tienen muchísimos jóvenes.
Surge entonces una pregunta: ¿cómo introducir en
esta economía y en esta política de muerdo y escapo elementos que
salvaguarden intereses personales y colectivos a largo plazo, que también sean válidos
para nuestros nietos? La ONU también insiste en ello: es necesario encontrar «recursos
para invertir a largo plazo».
¿De qué forma? Una propuesta podría ser que
nuestra generación constituya un fondo para los jóvenes del mundo, en el que
se asegure su salud, su instrucción y un ambiente en el que se pueda vivir. Dicho fondo
podrían gestionarlo los distintos sectores de la sociedad civil.
Concretamente, sus inversiones podrían estar
orientadas en tres direcciones. La primera consistiría en asegurar a los jóvenes del
mundo con dificultades un préstamo de honor: un dólar al día durante
treinta años para los que van a la escuela. La segunda, financiar con un préstamo de 50
años la construcción y gestión de estructuras sanitarias y educativas en países que
carezcan de ellas. La tercera, adquirir importantes participaciones en empresas
depositarias de conocimientos de interés general, de forma que se puedan encaminar a la
utilidad común, así como derechos de mantenimiento de áreas forestales y reservas
naturales. Y en los momentos de superávit y de precios bajos, adquirir incluso
yacimientos de petróleo, de gas y de minerales, para estabilizar los precios de las
materias primas a un nivel justo.
¿Quién invertiría recursos en unos fondos que
sólo tendrán liquidez al cabo de cincuenta años? Sería necesario que la comunidad
económica y política internacional, hoy tan contestada y tan impopular, decidiese una
suscripción obligatoria a dichos fondos, por el importe correspondiente al uno por mil,
en cada movimiento financiero entre naciones. Dicho movimiento, en más de un 90% de los
casos, está constituido por maniobras especulativas, una actividad que actualmente no
está sujeta a ninguna imposición fiscal y que, en parte, es responsable del aumento de
los intereses sobre las deudas internacionales de los países en vías de desarrollo.
No se trataría de un impuesto que muchos
rechazarían, sino de contribuir con una cuota a un fondo financiero a largo plazo,
que hasta se podría revender en el mercado, incluso inmediatamente y a un precio
inferior.
¿Se trata de una utopía? Tal vez. Pero si no
queremos que el mundo se transforme en una entifada global, algo habrá que
hacer. Tanto más si, como parece, invertir en conocimiento, recursos naturales y ambiente
puede convertirse en un buen negocio a largo plazo.
El economista Paul Krugman sostiene que dentro de
cincuenta años el poder económico consistirá en poseer materias primas y exclusivas en
sistemas de producción no contaminantes. Los sistemas que sigan siendo inevitablemente
contaminantes podrán seguir funcionando, pero pagarán penalizaciones tan altas, que
resultará superfluo cualquier otro impuesto.
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