El
primer síntoma del mal de la política es el énfasis que se pone para demonizar al
enemigo.
La primera medicina, recuperar el valor de la fraternidad
Antonio M. Baggio |
Corría el año 1977. Se
celebraba una asamblea estudiantil y tomó la palabra un estudiante de la izquierda
moderada. Empezó a criticar la posición violenta de los que bajan a la calle sólo para
pelearse con la policía, pero sólo logró decir algunas frases. Otros estudiantes
extremistas lo rodearon, lo alejaron del micrófono y lo bajaron del escenario. Entonces
intervinieron otros para defenderlo y poco a poco se formó tal guirigay que hasta los que
estaban por irse se quedaron. Uno de los extremistas se subió a una mesa en un lateral
del salón. En la mano llevaba un pesado cenicero de cristal y lo lanzó con fuerza en
medio del mogollón. El grito no consiguió apagar el alboroto, pero entre cuatro
estudiantes pudieron sacar del pelotón a una chica desvanecida y con la cabeza sangrando.
Antes de que el cenicero volase, la asamblea ya era
violenta; una violencia que había transgredido las reglas: ni lista de intervenciones, ni
contraposición de argumentos, ni votaciones. El desorden había abierto las puertas no a
uno que quería pegarle a alguien en particular, sino al impulso de pegar como sea: el mal
en estado puro.
Este pequeño episodio revela dos cosas importantes.
En primer lugar muestra que el mal es en su esencia desorden; el mal está siempre ahí,
agazapado; no aflora casualmente de las circunstancias, sino que aflora cuando se
resquebraja el orden, provocando la ruptura del equilibrio precedente. En segundo lugar,
el episodio explica que el mal se manifiesta golpeando a un enemigo; no a un enemigo real,
no a alguien que haya hecho algo contra alguien; antes el enemigo no existía, pero el mal
lo crea porque lo necesita. El mal siempre encuentra un enemigo porque es él el enemigo.
Cada vez que hay una campaña electoral, muchos
empiezan a demonizar al adversario, a crear el enemigo. Y parecen no darse
cuenta de que, como si fuesen aprendices de brujo, están invocando fuerzas destructivas
más grandes de lo que se imaginan: están entrando en la lógica del mal.
Tratemos de ver a dónde puede conducir esta lógica, recordando esos regímenes
totalitarios en los que dicha lógica ha tenido su mayor expresión.
Un primer elemento de los regímenes totalitarios,
tal como lo hemos conocido en el nazismo o en el régimen soviético, es precisamente el
uso de la idea del enemigo. Bajo forma de enemigo externo o interno, dependiendo de las
fases, es constante la necesidad de tener un enemigo. Los aparatos del estado
(militar-industrial, burocrático o policíaco) se nutren de ello y la ideología lo
requiere para alimentar los mitos que propone a las masas.
Externamente, el régimen totalitario tiene sólo
enemigos. Los otros no existen. Y hacia dentro sólo admite una imitación del
pluralismo: los súbditos, orgánicamente incorporados, están privados de identidad
personal o de grupo, a no ser la que les confiere el aparato. Los mecanismos totalitarios
imponen su regularidad sólo después de destruir las reglas del pluralismo, o sea, las de
las relaciones entre sujetos que tienen igual dignidad.
El estudiante del cenicero toma el poder y organiza
sus lanzamientos con regularidad; así el aparato produce el terror permanente. Y el
terror explica la dificultad de levantar la cabeza para oponerse a los regímenes
totalitarios. Es más difícil explicar el consenso que los mantiene.
Según algunos, el consenso nace de la necesidad de
pertenecer a algo. La sociedad liberal de los años veinte, de hecho, había destruido las
comunidades precedentes, dejando a las masas en las garras del individualismo. Pero la
soledad individualista es inhumana e intolerable, por eso el totalitarismo responde a esa
necesidad que tienen las masas de tener una pertenencia a una comunidad; o sea, que se
renuncia a ser libres individualmente a cambio de una libertad y una seguridad colectivas.
Mucha gente, dentro de los regímenes totalitarios, sentían que su vida tenía una
finalidad, que coincidía con la finalidad histórica que el Estado se atribuía: la
afirmación de la raza elegida o la realización de la justicia universal. Uno se
identifica con su propia función sin elegirla realmente. Un amigo mío, que fue torturado
durante la segunda guerra mundial, me hablaba de la escrupulosa indiferencia con que su
joven verdugo llevaba a cabo su tarea.
Aquel que se adhiere al mal está, en principio,
buscándose a sí mismo; le mueve la necesidad de ser alguien, de tener un nombre. Este
hecho no va ligado solamente a los regímenes totalitarios, sino también a la vida de
cada uno de nosotros, a la opción entre el bien y el mal que cada uno hace antes o
después.
Nuestro nombre lo recibimos cuando alguien nos llama. La llamada, la vocación, nos revela
nuestro nombre interior, nuestra verdadera identidad. En la sociedad masificada (tanto la
pre-totalitaria de principios del XX, como la actual), se corre el riesgo de no oír la
voz que nos llama debido al aturdimiento, y uno acaba buscando su nombre en la función
que la sociedad misma nos atribuye.
El consenso con los totalitarismos (y también el
consenso con las lógicas erróneas que pueden instaurarse dentro de un partido o de una
empresa) puede estar basado en una necesidad comunitaria de pertenecer a un orden, aunque
sea negativo, que reúne todas las semblanzas de una comunidad, pero que en realidad no lo
es porque cada uno no es él mismo por no haber podido responde a la llamada personal. O a
lo mejor no ha querido oírla por temor a tener que obedecer a un encargo, de tener que
renunciar a las posibilidades de la vida que uno quisiera seguir poseyendo.
La auténtica libertad consiste, pues, en responder
a la llamada, en hacer una opción, que necesariamente comporta renunciar a otras
posibilidades, porque nos permite ser nosotros mismos. Pero si uno quiere seguir teniendo
todas las posibilidades, no realiza nada. Y cuando uno rechaza someterse libremente a un
orden, es posible que a través del desorden se abra camino el mal, el cual acaba
imponiendo su orden, un orden por así decirlo al revés: cada cual está
desordenado interiormente porque no conduce una vida auténtica, pero está perfectamente
injertado en la organización del mal. El aparato represivo de los regímenes totalitarios
son, precisamente, el ordenamiento del desorden, de modo que todo parece funcionar como si
hubiese orden, pero sólo es una imitación. Y aquel que no ha querido obedecer a su
verdadera llamada, una vez dentro del engranaje, acaba haciendo lo que no quiere,
interpreta un papel del que no consigue evadirse.
Necesidad del enemigo, necesidad de la comunidad,
rechazo del anonimato son elementos del totalitarismo que están, de distintas formas, en
la sociedad contemporánea, que no es totalitaria. Pero están ahí, dispuestos a entrar
en la confusión totalitaria apenas se den las condiciones en un momento de crisis.
El punto central de una prevención anti-totalitaria podría ser el de tomarse en serio la
fraternidad universal, que une a todos los hombres, y constituye uno de los tres grandes
principios de la modernidad política, tal como se proclamó en la Revolución Francesa.
De hecho, en los totalitarismos se usa una retórica
de la fraternidad, coaligada en torno a la nación, a la raza o a la clase. Es una
fraternidad antagonista, que sólo reconoce a los hermanos por antítesis a los enemigos,
pero que no es amor, sino lo opuesto: se necesita la masa de los demás para construir la
imagen de la propia pertenencia.
El auténtico amor fraterno puede prevenir el
totalitarismo. La fraternidad auténtica se basa en el amor por todos y tiende a superar
las limitaciones que imponen las distintas ideologías y a medir la propia libertad según
los derechos de los demás. La fraternidad puede construir lazos de amistad y comunidad
auténticos, gracias a los cuales es más fácil responder a la propia vocación, saliendo
así del anonimato y usando bien la propia libertad.
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