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[ E
c o l o g í a ]

[Las
raíces de la ecología]
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Ahora que ya ha entrado en nuestra casa y ha terminado encima de nuestra
mesa gracias a las vacas locas, descubrimos
en directo el tema de la manipulación de la naturaleza
por sus devastadores efectos. Antes lo percibíamos como
una cosa muy seria, desde luego, pero algo lejana, como
una cuestión relativa a esas noticias sobre
manifestaciones contra los alimentos transgénicos cada
vez que se reunía el G8, el grupo de países más
poderosos del mundo. Una protesta, por otra parte, que va
alcanzando tales dimensiones que no podemos interpretarla
sólo como expresión de algún grupo ideológicamente
motivado.
El
hecho es que, cuando se interviene en el equilibrio
natural, forzándolo para someterlo a las leyes del
mercado, se provocan serios riesgos en la naturaleza. Y,
lo queramos o no, al final las consecuencias recaen en
quien ha provocado unas intervenciones que sacuden la
realidad en la que todos estamos metidos. Todos los días
hay noticias al respecto: las Islas Galápagos
amenazadas, el cambio climático y las inundaciones, las
ciudades costeras en peligro de quedar sumergidas, el
efecto invernadero debido a las emisiones incontroladas
de anhídrido carbónico, la hecatombe en los pulmones
verdes (cada año se destruyen nueve millones de hectáreas
de bosque, lo equivalente al territorio de Austria)... O
sea, que tranquilamente nos estamos encaminando hacia una
catástrofe. Y pensando en ello, hasta el Papa ha
propuesto una conversión ecológica.
Conocemos las
causas inmediatas, que son precisamente esas
intervenciones poco acertadas del hombre en una situación
de paz con la naturaleza, en una relación
armoniosa que se había mantenido hasta hace dos siglos,
cuando empezó la era industrial. Además, los avances de
la ciencia y de la tecnología en los últimos decenios
han acelerado de un modo preocupante esas intervenciones,
especialmente en el campo de la biogenética, en el de la
alimentación y en el de la agricultura, forzando
desequilibrios que dan al traste con el respeto necesario
al resto de seres vivientes y al mundo natural en medio
del cual estamos. Y este tipo de violencia (por ejemplo,
obligar a unos animales herbívoros a ser carnívoros,
incluso caníbales) se paga caro.
No estamos abogando
por una naturaleza absolutamente intocable, pues
investigar para mejorar el medio ambiente, para
perfeccionarlo, no es en sí un error. Y en este sentido
la ciencia y la tecnología pueden ser inigualables. Más
bien abogamos por que el hombre no se considere dominador
absoluto de la creación, sino que transite por un camino
que armonice las exigencias de la naturaleza y las del
hombre. Ésa es una necesidad que cada vez se ve más
primaria.
Los creyentes
tienen un profundo argumento en su modo de entender la
relación entre el hombre, la creación y Dios mismo. Y
es que están convencidos de que el Creador, al
ofrecernos este jardín donde vivir, nos ha
encargado la tarea de hacerlo cada vez más idóneo para
habitarlo. Según esto, la relación entre hombre y
naturaleza no difiere mucho de la relación entre Dios y
el hombre.
Es más, hay en esa
visión de la realidad una motivación aún más profunda.
Y es que si Dios es el Amor, entonces su relación con el
hombre y con toda la creación es una relación de amor.
En consecuencia, la relación entre el hombre y la
naturaleza es racional si se funda en el amor. «Es
necesario ser el Amor dice al respecto Chiara
Lubich para descubrir el hilo de oro que liga a los
seres».
En la economía de
la creación, el hombre está llamado a ser el compañero
de viaje que guía a los demás seres y a toda la
naturaleza en su itinerario hacia Dios.
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