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[ Espiritualidad de la unidad ]

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Chiara Lubich en la India ]
Pocos
días antes del terremoto, se le otorgaba a Chiara Lubich el premio gandhiano Defensor de la paz,
en Coimbatore, en el sur de la India.
Un encuentro en el que el diálogo con el
hinduismo se presenta como una nueva puerta hacia
el futuro.
Miguel Zanzucchi
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Un elefante sagrado sale por
el portón del antiguo templo de Perur, en Coimbatore.
Encima del portón, una pirámide de colores recubierta
de centenares de estatuillas. Al lado hay aparcado un
gran carro que se usa para sacar en procesión la estatua
de Shiva, el dios más venerado. Cuando se ponga en
movimiento, irremediablemente alguien quedará aplastado
bajo las enormes ruedas de madera. Pero dice la tradición
que morir así, o quedar lisiado, es un gran honor.
«Nada de fotos, ni
zapatos, ni ruido», nos aconseja un joven brahaman, que
es licenciado en Física. Pasillos, peristilos, pórticos...
todo de piedra, hasta las cadenas que cuelgan aquí y allá.
Y el techo, pintado con las imágenes de sesenta y cuatro
divinidades. Dos mil años tiene la sala dedicada a Shiva
en este templo construido a lo largo de los siglos.
Cuenta la tradición que una vaca derramó allí un poco
de leche y de la tierra salió un lingam, representación
de Shiva.
El gran sacerdote
Shanmuga Gurukkal, miembro de una familia que desde hace
400 años da ministros al templo, nos introduce en un
lugar ennegrecido por el humo, sofocante de calor e
impregnando del olor a incienso y especias, que acentúan
la sensación de misterio. Aquí se celebran ritos cuyas
materias son fuego, flores y alimentos. Después de
partir unos cocos y recitar oraciones e himnos, nos ponen
unos collares de flores y el sacerdote nos traza en la
frente los signos de buen augurio: «Nada se hace porque
sí; en la India todo tiene un significado». Causa
impresión esa intensidad con que oran los fieles, esa
devoción, ese brillo en los ojos.
Se llaman hindúes
o hinduistas, aunque la palabra hinduismo es
moderna y denomina la milenaria tradición religiosa que
se inició en el valle del Indo. El filósofo Ramakrishna,
presidente de la república, ha dicho que «es más fácil
decir lo que no es el hinduismo, que decir lo que es».
No es una religión, o al menos no sólo. Los estudiosos
occidentales dicen que es imposible clasificarlo. El
hinduismo establece, por ejemplo, cómo comer o dormir,
con quién casarse o en qué lugar de la ciudad vivir. Es
un estilo de vida y una forma de llegar a Dios, de amarlo
en la vida privada y en la pública. Su elemento
unificador es la Escritura, en especial los Veda.
Gandhi hoy
En el sur de la
India está la tierra tamil, bañada por el Golfo de
Bengala. Sus fértiles llanuras dan té, arroz, café y
especias aromáticas. Esta tierra alberga unos treinta
mil templos hindúes y conserva las tradiciones
religiosas más antiguas. Al mismo tiempo aquí se
producen la mayoría de las películas comerciales.
Coimbatore, a 700 kilómetros de la capital, Chennai (Madrás),
tiene 800.000 habitantes y es un gran centro textil.
Hace un par de años
hubo aquí un atentado fallido contra el Ministro del
Interior que dejó muchos muertos y heridos. Y es que la
convivencia pacífica en India atraviesa momentos difíciles,
sobre todo a causa de cierto fundamentalismo en el
Gujarat, la región que vio nacer al apóstol de la no
violencia. Pero el espíritu gandhiano no ha muerto,
sigue vivo en asociaciones que trabajan por la paz, la
justicia y el progreso de los más pobres. Y en
Coimbatore hay dos organizaciones gandhianas que
mantienen una gran fidelidad al mensaje de su inspirador.
Se trata de la Shanti Ashram y del movimiento Sarvodaya.
Un viejo conocido
de los Focolares, el Dr. Aram, recientemente fallecido,
fundó la Shanti Ashram, que se puede traducir por comunidad
de la paz. Promueve actividades para solucionar los
problemas de la región, especialmente educando a los niños
a la paz y a la fraternidad y, a través de ellos, a sus
familias. Sarvodaya quiere decir bienestar para
todos. Dicho nombre se tomó de un movimiento
fundado por el Mahatma y desarrollado por su discípulo
Vinoba Bhave. Este movimiento se mueve en todo el país y
actúa a nivel internacional promoviendo actividades para
mejorar las condiciones de los estratos más bajos de la
sociedad.
Defensor de la paz
Ambas
organizaciones han otorgado a Chiara Lubich el
prestigioso Defender of peace award (premio al defensor
de la paz) que se concede a personalidades de gran
talla moral y que sólo han recibido ocho personas, entre
ellas el reverendo Kaitan, discípulo de Gandhi, Homer
Jack, primer secretario de la WCRP (Conferencia Mundial
de Religiones por la Paz) y Madre Teresa. La ceremonia tuvo
lugar el 5 de enero en la sala del instituto Nani Kalai
Aragam, ante un público cualificado, casi exclusivamente
hindú, de más de 500 personas. «Es un encuentro entre
corazones; estamos uniendo las manos para construir un
mundo más pacífico», proclama la doctora Vinu Aram en
nombre de la Shanti Ashram.
Tres autoridades
explican quién es la premiada, cautivando al auditorio
con la destreza propia de la retórica india. Impresiona
la sintonía entre Chiara Lubich y el presidente del
Bharatiya Vidya Bhavan, el instituto cultural hindú más
ortodoxo. Shri Krishnaraj Vanavarayar la define como «una
persona capaz de mostrar caminos que superan la división
y el odio». Con pocas pinceladas traza un cuadro de la
actualidad de la India: una herencia cultural y religiosa
pluralista y tolerante, que hoy afronta nuevos desafíos
y graves problemas sociales, y tiene que medirse con una
mentalidad materialista sin valores morales. «El
problema central dice es cómo vencer el odio
con el amor y cómo transmitir este último. Chiara tiene
una fuerza que hace posible este sueño, pues ha hecho la
experiencia de Dios».
El Dr. Markandan
lee la motivación del premio: «su incansable tarea de
sembrar semillas de paz y amor entre todos los pueblos».
Su actividad «le ha permitido reforzar continuamente la
frágil situación de la paz, a partir de la cual se
desarrolla la prosperidad, el bienestar, la cultura y la
espiritualidad». Su focolar es un signo de que «el
mensaje de Jesucristo es relevante, fresco y beneficioso
a la hora de resolver las cuestiones contemporáneas».
El premio un trofeo de madera con la imagen de
Gandhi se lo entrega una mujer extraordinaria,
Minoti Aram, esposa del fundador y actual presidenta de
la Shanti Ashram.
La
regla de oro
A ella le
piden que cuente su experiencia; y lo hace, entrando así
en la tradición de los maestros de espiritualidad, que
acostumbran a contar historias y fábulas con un objetivo
pedagógico, «pero la suya no es una fábula afirma
el Dr. Markandan, es una historia verdadera. Y por
eso, nos interesa y nos apasiona».
Chiara conecta en
seguida: «En la tierra de Gandhi, en la patria de la no
violencia y de la paz, no podía esperarme nada mejor».
«He venido a la India con el deseo de escuchar y
aprender para iniciar un diálogo con vosotros, a quienes
considero her-manas y hermanos. Sé lo ricas que son
vuestra cultura y vuestra tradición religiosa, y también
conozco vuestra gran sensibilidad a los valores
espirituales». Esta actitud de diálogo es «muy
parecida a la del Mahatma», subraya Minoti Aram.
Luego cita un
antiguo himno hindú al hablar del amor de Dios, recuerda:
«Dios es el primero que nos amó, pues fue él quien nos
dio el amor y quien lo aumenta en nosotros cuando lo
buscamos». Y recuerda la experiencia de solidaridad
vivida durante la guerra, señalando cómo el Señor la
guió hasta el corazón del Evangelio, que es la ley del
amor. Y menciona la regla de oro que
comparten todas la religiones: «Haz a los demás lo que
te gustaría que te hicieran a ti». Aquellas
experiencias explican la presencia del movimiento en
situaciones de división para restablecer la unidad y
suscitar la esperanza y la paz, así como el compromiso
en el diálogo con otras religiones.
Al final, dice Shri
Vanavarayar: «En un mundo dividido, necesitado de unidad,
Chiara y su movimiento es lo que hace falta, porque
promueve la buena voluntad, la amistad y la paz entre la
gente». Y el profesor Upadhyaya: «Mientras haya buenas
personas como Chiara y sus amigos trabajando por la
unidad, la tierra será un lugar de paz en el que poder
vivir. Un día, la tierra será cielo. Todos los credos
tienen que avanzar juntos, pues todos buscan la verdad,
que no es otra cosa que amor y paz».
Swami
vestidos de naranja
La noche
del 7 de enero tiene lugar la cita con dos sacerdotes, a
invitación de un mecenas de Coimbatore, el Dr.
Mahalingam, en la sala del consejo de administración del
holding que éste dirige. Es una novedad, pues los swami
no suelen dialogar con cristianos. Ver entrar a aquellos
monjes de túnica naranja y descalzos en un ambiente casi
futurista era como un símbolo del desafío que la
modernidad plantea al hinduismo.
Dos monjes, dos
reformadores, pero en la tradición celosamente
conservada. El más joven, de mirada dura y barba negra
como el ébano, es Maruthachala Adigalar; el anciano, más
frágil y de mirada tierna y barba blanca, es Santhalinga
Ramaswami Adigalar. Entre ambos, representando la
sociedad civil, un empresario, más filósofo que hombre
de negocios, autor de muchos libros. Y junto a ellos
Chiara, que trae una buena noticia para ofrecerla, no
imponerla... Lee un discurso lleno de citas hinduistas
pero habla de cristianismo. Los ojos del viejo swami se
iluminan cada vez que dice cosas elevadas: Trinidad, amor
de Dios. Cuando cita textos hindúes precisando su origen,
los ojos de ambos se iluminan, y cuando afirma que «somos
una sola familia» mueven la cabeza en sentido afirmativo.
Dice el anciano: «En
este gran país, que va desde el Himalaya hasta la punta
de la India, todos los seres son una imagen viva de Dios.
Nuestro libro sagrado más antiguo dice que si a uno se
le pide que dé la vida por otro, tiene que estar
dispuesto a hacerlo. También dice que no tienes que
soportar simplemente el sufrimiento, sino dar el bien que
viene del dolor».
Al día siguiente
lo veo en su mutt, que además de un templo alberga
numerosos servicios sociales. Se trata de un gran
reformador religioso y ha sido el primero en recibir a
gente de todas las castas en su templo. Pero es también
un reformador social bastante respetado. Me explica cuál
es el camino que lleva antes a Dios y luego rememora el
encuentro de la noche anterior: «Me ha impresionado cómo
habla Chiara de Dios amor, pues nosotros también
hablamos de él en nuestra tradición. Ésa es nuestra
fuerza unificadora. Si decimos que Dios es amor, y
creemos en Dios, tenemos que hacer partícipes a los demás
del amor de Dios. El reto es saber llevar esta inspiración
que vosotros tomáis del Evangelio y nosotros de
nuestras escrituras a las estructuras religiosas».
Estamos de acuerdo, por eso concluye: «Ahora se trata de
trabajar juntos».
[
Como un sol ]
(Fragmentos
del discurso de Chiara Lubich en Coimbatore)
Desde el
principio, el Movimiento ha tenido muchas
ocasiones de encuentro con hermanas y hermanos de
otras creencias religiosas, pero la primera
experiencia fuerte para mí fue la que viví hace
treinta años en un valle perdido del África
camerunés. Estábamos en contacto con los bangwa,
una tribu fuertemente enraizada en su religión
tradicional (...). Un día, su jefe, el Fon, se
reunió con los nobles y con miles de miembros de
su pueblo en un descampado en medio de la selva
para celebrar una fiesta (...). Precisamente allí
tuve la fuerte impresión de que Dios, como un
inmenso sol, nos abrazaba a todos con su amor, a
nosotros y a ellos. Por primera vez en mi vida
intuí que tendríamos que trabajar con personas
de otras religiones.
La otra
gran experiencia fue en 1977, con ocasión del
Premio Templeton por el progreso de la religión,
en Londres. En aquella ocasión, en la Guildhall,
hablé ante un público en el que se podía
distinguir a personas de las religiones más
variadas: judíos, musulmanes, budistas, hindúes,
sijs... Mientras hablaba, también tuve la
impresión de que Dios, como un sol, envolvía a
toda aquella gente y tuve la certeza de una
presencia especial de Dios.
Entendí
que teníamos que tomar contacto con todos, como
si Dios lo quisiera. Y de esta forma, comenzaron
nuestros diálogos de amor fraterno, de vida y de
oración con fieles de otras religiones (...).
Allí donde hubiese una sinagoga, una mezquita,
un templo, aquel era nuestro sitio. Estábamos y
estamos convencidos de que Dios nos llama a dar
nuestra aportación a la fraternidad universal
con todos ellos, apoyándonos sobre todo, en los
valores y principios que tenemos en común.
En estos últimos
años se han multiplicado los encuentros y el
intercambio de experiencias, dando lugar a un
enriquecimiento recíproco. Además de hindúes,
también budistas japoneses y tailandeses; judíos
de Israel, Argentina y Europa; musulmanes de Asia,
África y Estados Unidos, y muchos otros (...)
Elevo a
Dios una oración de vuestra tradición, que hago
mía, e imploro el gran don de la unidad, que sólo
podemos obtener de Dios: «¡Oh, Dios!, para
nosotros Tú eres padre, madre, hermano, amigo,
maestro, riqueza. Tú lo eres todo. Tú, único
refugio, ayúdanos a vivir en ti, sólo en ti. ¡Oh,
Amor infinito!, dona a nuestros áridos corazones
un poco de amor. ¡Oh, Señor!, haz pura el alma
de tus siervos, para que no vean sombras en ningún
ser. ¡Oh, Padre lleno de amor!, transporta a tus
siervos fuera de los breves límites personales.
Que nuestro yo emprenda el vuelo en el cielo
infinito como gota en el inmenso océano. ¡Oh,
Señor!, habita en nosotros; que tus palabras,
tus pensamientos, tus acciones sean las nuestras.
Tú eres la paz inmutable, Tú eres lo eterno, lo
incompresible, la alegría infinita».
Chiara Lubich
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