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[ E c o n o m í a ]

 

[De la e-migración a la in-migración]

La emigración es un fenómeno histórico permanente, complejo y dinámico, imposible de impedir, que tiene ventajas a medio y largo plazo, pero acarrea problemas inmediatos. Exige una regulación, no unilateral, que convierta un fenómeno individual, o de pequeños grupos, en un fenómeno colectivo estructurado, a nivel nacional e internacional, y que respete y promueva la dignidad y los derechos de los inmigrantes y la nobleza del trabajo y de sus justas reivindicaciones sociales.

La causas de las migraciones pueden reducirse a tres: situaciones de injusticia y violencia dentro del propio Estado (exilio), guerras y ocupaciones militares, y el ansia de mejorar el nivel de vida ante la carencia de recursos. Actualmente, la razón económico-social constituye el factor determinante de la migración masiva desde países en vías de desarrollo hacia países de alto nivel económico. En los cinco últimos siglos España ha sido un país de “emigración”, pero a partir de los 80 del siglo XX ha pasado a ser un país de “inmigración”. Y, debido a esa rápida inversión de sentido del fenómeno, nos ha cogido impreparados psicológica, social y políticamente.

Pero el fenómeno migratorio tiene una vertiente esencial humana y, para los creyentes, cristiana. Son personas con todo el peso de su dignidad y de sus derechos fundamentales las que vienen a nuestra tierra. Son hermanos nuestros, como hijos del mismo Padre, redimidos en Jesucristo, los que deben ser acogidos y ayudados, y más cuando vienen en circunstancias difíciles, con riesgo de sus vidas, escapando de la miseria y buscando una vida con un mínimo de bienestar.

Hemos de reconocer que, a pesar del esfuerzo de los sucesivos Gobiernos, el fenómeno no se halla encauzado eficaz y justamente. Desde el punto de vista cuantitativo, todavía no es alarmante: mientra nuestra oferta de trabajo sea superior a la demanda de los inmigrantes, no hay razón decisiva para poner trabas legales a aquellas personas que quieran trabajar, aunque hayan entrado clandestinamente, siempre que no adolezcan de alguna nota desfavorable que, por razones de seguridad o de orden público, justifique su expulsión del territorio español.

Toda persona humana tiene derecho a trabajar para poder promover su vida y la de su familia. No pueden admitirse razones legalistas de regulación para prohibirles trabajar, ni para sancionar a los empresarios o empleadores que les den trabajo. Por supuesto, las autoridades deben vigilar para que la precariedad del inmigrante “sin papeles” no constituya un pretexto para explotarlos, sino que deben hacer caer todo el peso de la Ley sobre esos posibles empresarios desaprensivos.

Hay que rechazar, como falso argumento, la tesis de que las facilidades otorgadas a los inmigrantes aumentará el “efecto llamada” hacia nuestro país, pues, a pesar de las trabas para legalizar su situación, ha aumentado la llegada masiva, como se ve en el constante goteo de “pateras” a nuestras costas, con grave riesgo para la vida de sus ocupantes. En el año 2000 fueron localizadas unas 900 pateras por las Fuerzas de Seguridad, frente a las 475 de 1999, a pesar de las restricciones legales y de los peligros. El casi millón de inmigrantes, que representa el 2,5% de la población laboral, no es comparable al 10% de Alemania, el 18% de Austria y el 33% de Luxemburgo.

Habría que buscar soluciones a medio y largo plazo, a través de convenios con los Estados de origen, para regular la entrada de inmigrantes y determinar contingentes. Pero, de momento, no se pueden establecer procedimientos dilatorios que no respondan a dificultades reales, que dificulten o impidan incorporarse al trabajo a quien, aun habiendo entrado clandestinamente, está en condiciones de prestar un trabajo útil y necesario. Eso sería condenarles a la delincuencia o a la miseria. Las excesivas trabas legales favorecen la actuación de “mafias”, que se aprovechan de tales dificultades para sacar provecho de la miseria de los inmigrantes.

Una política inmigratoria tiene que ser muy realista, muy humana y muy cristiana. Abramos nuestros brazos, nuestro corazón y nuestras empresas a esos hermanos, que vienen buscando nuevas posibilidades de vida y de felicidad. Es obra de justicia y de amor.