|
[ A r t e ]

[¿Por qué no se suicidó
Beethoven?]
El arte auténtico nos
reconcilia con la vida.
Alfonso López Quintás
|
En un testamento, redactado
prematuramente, Beethoven hizo a sus hermanos la
siguiente advertencia: «...Recomendad a vuestros hijos
la virtud; sólo ella puede hacer feliz, no el dinero, yo
hablo por experiencia; ella fue la que a mí me levantó
de la miseria; a ella, además de a mi arte, tengo que
agradecerle no haber acabado con mi vida a través del
suicidio.» ¿Qué grandeza y poder transfigurador tiene
el arte para disuadir a Beethoven de poner fin a una vida
desbordante de sufrimientos?
El arte en concreto, el arte
musical era para este gran músico una forma
privilegiada de participar en un reino de belleza
extraordinaria y comunicarla en alguna medida a los
hombres. El arte no es propiedad de los artistas; es un
don, que ha de ser acogido con agradecimiento y asumido
en forma de diálogo. Las obras de arte no se hacen
o producen contra lo que a menudo se
afirma actualmente, se crean como fruto de un
encuentro. Beethoven solía pasear por el campo antes de
componer a fin de inspirarse. El contacto con la
naturaleza encendía su inspiración porque veía todos
los seres como huellas del Creador y podía entender su
mensaje profundo y dialogar con ellos. «Lo más bello
que hay en el mundo escribió en una ocasión
es un rayo de sol atravesando la copa de un árbol».
Esta concepción del arte como una
actividad dialógica explica que Beethoven fuera muy
consciente de que era un genio y reclamara para su
persona el debido respeto y, al mismo tiempo, se
mantuviera siempre humilde y enraizado en lo divino. Solía
dar clases a jóvenes de la nobleza, y se cuenta que un
noble le trató en cierta ocasión como a un criado
distinguido. Beethoven no dudó en hacerle la siguiente
reconvención: «Señor conde, tráteme con el debido
respeto, porque nobles hay muchos y Beethoven sólo hay
uno, y los condes se mueren y desaparecen, y mi música
será cada día más apreciada». A una mirada
superficial pueden, tal vez, aparecer estas palabras como
altaneras. Si conocemos de cerca a quien las pronunció,
sabemos que responden a una actitud no de soberbia, sino
de sobrecogimiento ante el don de que era depositario. La
conciencia de ser un oficiante de la belleza dio ánimo a
Beethoven a seguir componiendo a pesar de hallarse
alejado totalmente del mundo de los sonidos y no poder
disfrutar de su encanto y dedicar su inspiración más
lograda a dos tareas excelsas: 1) crear un ámbito de
alegría desbordante para celebrar la solidaridad entre
los hombres y entre éstos y el Creador; 2) hacerse
portavoz de la humanidad que se convierte toda ella en un
acto de súplica y adoración.
La primera
tarea fue realizada en la Novena Sinfonía.
Al comienzo del cuarto tiempo la orquesta se desgarra en
un chillido sobrecogedor, que todavía hoy nos sorprende.
Los violoncellos como instrumentos muy cercanos en
su timbre a la voz humana manifiestan su desagrado.
Ante tal protesta, la orquesta hace oír los primeros
compases del primer tiempo. Los violoncellos tampoco están
de acuerdo. Lo mismo sucede cuando la orquesta recuerda
el comienzo del segundo y el tercer tiempo. Entonces la
orquesta sugiere el tema de la alegría. Y los
violoncellos se muestran complacidos. Y son ellos mismos
quienes, al unísono y en pianísimo, tocan el tema
completo. El resto de la orquesta se mantiene en escucha.
Al terminar el tema, varias familias de instrumentos
entran en juego con los violoncellos que repiten el
tema y tejen un contrapunto bellísimo, que nos
hace pensar en la belleza de la vinculación
interpersonal. Cuando concluye el tema se agregan nuevos
instrumentos para indicar que se incrementa la unidad
entre los hombres y, al final, la orquesta completa
interpreta el tema de forma homofónica y grandiosa. Se
siguen unos momentos de euforia en la orquesta. Uno
recibe la impresión de que el gozo que produce esta
primera experiencia de unidad se hace desbordante y la
orquesta parece desmadrarse de alegría. Pero la
humanidad suele volver a las andadas, y la orquesta, para
indicarlo, repite el chirrido del comienzo.
Ante esta recaída en la escisión,
Beethoven quiere dejar bien a las claras el mensaje que
había dejado entrever y acude por primera vez en una
sinfonía a la voz humana. Un barítono exclama con voz
potente: «Oh Freunde, nicht diese Töne, sondern lasst
uns angenehmere und freundevollere» (Oh amigos, estos
tonos no: dejadnos oír otros más agradables y alegres).
Estos dos versos fueron escritos por el mismo Beethoven
como preludio a la Oda a la Alegría de Schiller, que es
cantada a continuación y culmina en el pasaje sublime
que concluye con estas palabras: «Hermanos, por encima
de la carpa de las nubes tiene que habitar un padre
amoroso».
La segunda
tarea halló cumplida realización en la
Misa Solemne. Ya en plena madurez, cuando se vio reducido
a un despojo humano completamente sordo, lo que es
una tragedia para un virtuoso de la música; casi ciego,
arruinado económicamente y muy quebrantado en su salud,
Beethoven, aun teniendo un carácter fuerte, no se rebeló
contra la Providencia; se retiró a una aldea de la
frontera austrohúngara para componer «un himno de
alabanza y agradecimiento al Supremo Hacedor», según
palabras suyas. El fruto de este retiro fue una de las
cimas del arte universal, la Misa Solemne.
Beethoven no vivió nunca el arte como
pura diversión o como medio para ganar prestigio y
bienes materiales. Su actividad artística fue en todo
momento el vínculo viviente de su persona con la de los
demás seres humanos y con el Ser Supremo, «...Ah, me
parecía imposible dejar el mundo antes de producir todo
aquello para lo que me sentía dotado escribe en el
testamento, y así dilataba esta vida miserable
(...)». Miserable lo explica él mismo a
continuación en cuanto al cúmulo de sufrimientos
que la atenazan, pero gloriosa podemos agregar
nosotros por constituir un tejido de encuentros. El
encuentro es una experiencia de éxtasis o
creatividad, no de vértigo o fascinación.
Si Beethoven hubiera sido un hombre entregado al vértigo,
al afán de dominar lo que encandila los instintos para
ponerlo al propio servicio no hubiera podido superar, en
la hora del infortunio total, la tentación del suicidio,
porque la estación término del proceso de vértigo es
la destrucción. Pero su vida estuvo consagrada al
cultivo del arte y de la virtud, es decir, al ejercicio
de los modos más altos de creatividad o éxtasis,
pues la virtud es la fuerza (virtus) que nos
permite cumplir las exigencias de la creatividad.
Esta concepción profunda del arte
inspira el estudio que realicé del poder formativo de la
experiencia artística, sobre la base de su estructura
misma, no sólo de los contenidos de cada obra1. La
experiencia estética, bien vivida, nos permite dar
madurez a la inteligencia otorgándole largo
alcance, amplitud y profundidad, y desanudar esos
nudos que se forman en nuestro interior cuando pensamos
que libertad y normas, autonomíaheteronomía,
independencia y solidaridad... se oponen entre sí
insalvablemente. Al considerar estos pares de conceptos
como complementarios y no como opuestos, damos un salto
de gigante hacia la madurez personal.
[1] Véanse
las obras La formación por el arte y la
literatura (Rialp, Madrid); La
experiencia estética y su poder formativo (Verbo
Divino, Estella).
|
|
| |