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[ I g l e s i a ]

Diálogo entre las culturas


Pablo VI, en pleno clima postconciliar, invitaba a los hombres de buena voluntad a celebrar la Jornada Mundial por la Paz, el 1 de enero de cada año a partir de 1968. Desde ese año, el Papa ha publicado un mensaje, con un eco extraordinario aun en naciones de minoría católica. Esos 34 Mensajes forman un cuerpo doctrinal que sirve de base para una labor educativa sobre la paz. El de este año, tan significativo porque empieza un nuevo siglo y nuevo milenio, es de gran actualidad: “Diálogo entre las culturas para una civilización del amor y la paz”.

Parte de una idea esencial: la fraternidad universal entre todos los seres humanos, como hijos de un único Dios. «Sin compartir este ideal no podrá asegurarse de modo estable la paz», afirma inicialmente. Mas, después de proclamar la esperanza de paz en el nuevo milenio, el documento señala «vastas y densas sombras» que la oscurecen: sangrantes conflictos en muchas regiones, y problemas que suscita la nueva organización de la humanidad, a raíz de los fenómenos migratorios y nuevas formas de convivencia entre culturas. Precisamente, la ONU ha declarado el 2001 como “Año Internacional del Diálogo entre las Civilizaciones”.

El Papa afirma que no se pueden ofrecer «soluciones fáciles, de aplicación inmediata». Ello exige una reflexión sobre la compleja problemática. Y el mensaje da algunos principios orientadores, escuchando lo que el Espíritu dice a las Iglesias (cf. Ap 2,7) y a toda la humanidad en este período de la historia. Constata luego la complejidad y variedad de culturas, que constituyen «una expresión cualificada del hombre y de sus vicisitudes históricas, individual y colectivamente». «Ser hombre significa necesariamente existir en una determinada cultura».

A medida que avanza la historia, se dan síntesis culturales cada día más elevadas, pero se pueden advertir en toda cultura elementos estables y duraderos y otros dinámicos y contingentes. La cultura configura la personalidad, sobre todo en la etapa de crecimiento, y ejerce su influencia a través de la familia, de los grupos humanos. La cultura condiciona a la persona, pero no la determina, sino que se da una dialéctica entre su influencia y el dinamismo de la libertad. La cultura relaciona y configura el sentido de «patria», pero ese legítimo y necesario «amor patriótico» debe evitar la autoexaltación, el exclusivismo y el nacionalismo xenófobo. Hay que conocer los límites de la propia cultura, evitando tanto la «cerrazón» como la «servil aceptación» de culturas ajenas.

El documento previene contra el empobrecimiento humanístico, espiritual y moral de ciertos modelos occidentales, a pesar de su desarrollo científico y técnico. «Una cultura que rechaza a Dios pierde su alma y se desorienta, transformándose en una «cultura de muerte».

Hace falta un diálogo entre culturas, sobre la base de la unidad de la familia humana, que debe llegar a la comunión, cuyo modelo es Dios Uno y Trino, pero que no es uniformidad. El diálogo es el instrumento para realizar la civilización del amor. El documento alude a los riesgos de los nuevos sistemas informáticos y de comunicación y a los peligros del monopolio por ciertos Estados de las “industrias culturales”. El tema acuciante de las migraciones masivas es abordado con realismo y equilibrio, sobre la base del respeto a la dignidad de la persona, en cuanto no se oponga a valores éticos universales, basados en la Ley Natural y en los derechos humanos.

El Papa señala que debe conservarse el patrimonio cultural del país receptor, sin perder su fisonomía. Para ello no bastan las leyes, sino que hace falta una cultura “vital”, y alude al papel de las religiones.

Trata luego con energía la trágica espiral de muerte: «No se puede invocar la paz y despreciar la vida». Y acaba con un llamamiento a los jóvenes para construir la Civilización del amor.

En definitiva, un documento lúcido, de planteamientos realistas y elevadas ideas, que atiende a esos hombre y mujeres capaces de llevarlas a la práctica.