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[ T e s t i m o n i o ]

[Tu
mirada y tu sonrisa me hablan del Paraíso]
Entre José Antonio y
Ricardo se estableció una intensa y frecuente comunicación,
en la que participaban otras personas enfermas y toda la
comunidad del Movimiento en España. Lo que humanamente
se suele vivir como un dramático agujero negro,
en unidad se transforma en fuente de Vida.
La relación entre dos enfermos terminales durante los últimos
meses de su existencia.
Carlos Saura
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«Cuando entré en Internet para visitar la página "abuelopepe" dedicada a José Antonio, pude conocer
la tierra y la gente que forjó mucho de lo grande y lo
bueno de su persona. Había nacido en febrero de 1922 en
Rivera de Molina, pueblo de la huerta murciana que en
aquella época contaba con unos 1.500 habitantes. «Más
que un pueblo -decía él- éramos una gran
familia que formaba hijos con un gran corazón».
Una frase suya,
entresacada del artículo para una revista escrito en los
años 40, define perfectamente la amplitud de la medida
con que José Antonio vivía por cada persona. Dice así:
«Lo que intento es hacer pensar a quienes se sienten
impulsados por la buena voluntad de hacer algo útil por
esta pobre Humanidad, que muere porque no hay nadie que
viva por ella...».
A finales de los años
60 conoce el Movimiento de los Focolares; y lo anota como
un descubrimiento: «He encontrado el secreto de una vida
cristiana plena, aquello por lo que vivía pero no era
capaz de expresar. Desde ahora mi vida tendrá una meta
que se sintetiza en la palabra Unidad».
Como buen gestor de
esa "plenitud" recién descubierta, alrededor
de José Antonio surge en Murcia una comunidad cada vez más
numerosa compuesta por sacerdotes, familias, jóvenes y
niños, que desean vivir esta espiritualidad de la unidad.
Él anima a todos siendo el primero en ponerse a vivir
con la autenticidad de los primeros cristianos. En una
carta significativa deja escrito lo siguiente: «Veo cada
día realizarse las palabras: "buscad primero el
Reino de Dios y su justicia y el resto se os dará por añadidura"
...y llega la añadidura. ¿Te cuento la última? Fue
ayer. Tenía que regar los frutales y limpiar las malas
hierbas del huerto, pero algunas personas me salieron al
paso pidiéndome que las escuchara. Dos horas se me
fueron. Cuando me disponía a empezar, o mejor, a ver cómo
hacer, pasa un agricultor en su tractor. Le digo lo que
pretendo hacer y, sin más, viene con su tractor y me
hace el trabajo que a mí me habría costado dos días.
«También tenía
que mandar el dinero con el que me había comprometido
para una obra benéfica, pero me faltaba cierta cantidad.
Pasó una señora a la que un día había llevado al
Centro de Salud para curarse de una herida y me dice:
Te he dejado en casa un sobre para ti. Lo
abro y... era justo el dinero que me faltaba ¿Se le
puede pedir más a un Padre? Dan ganas de llorar de alegría».
Con este espíritu
de confianza en la intervención de la Providencia llevó
adelante muchas iniciativas en favor de los vecinos de
Rivera de Molina, San Isidro y Alcantarilla. Lo mismo se
trataba de ayudar a una persona necesitada, que de
construir un colegio.
Dando un gran salto en el tiempo nos situamos en 1998, año
en que empiezan a manifestársele los primeros síntomas
de un cáncer de piel. En una carta a Chiara Lubich, en
la que le pone al corriente de su salud, habla con
asombro del impacto que supone para muchos su modo de
afrontar la enfermedad. No le oculta la acción del dolor,
pero asegura que quiere ofrecerlo como moneda
para pagar las gracias que Dios desea derramar a través
de la labor que ella realiza en todo el mundo.
A vuelta de correo Chiara le agradece su colaboración:
«He recibido tu última carta en la que me hablas de tu
operación y de la infinidad de frutos que tu amor a Jesús
Crucificado y Abandonado está generando. Me alegra saber
que estás a mi lado, llevando adelante el Movimiento con
el ofrecimiento de tu dolor y a través de las muchas
relaciones que has tejido a lo largo de todos estos años
con tu caridad. Te saludo con gran afecto a ti, a tu
esposa Asunción y a tus cinco hijos».
José Antonio era
integrante de la rama de los voluntarios de
los Focolares, los cuales tuvieron un congreso en Madrid
a finales del pasado marzo. Se reunieron unos 500
voluntarios y voluntarias de toda España... y él no podía
participar. Pero llamaba cada día para que le contasen
todo y para asegurarnos que vivía, rezaba y ofrecía
cada dolor «para que surja así nos decía
una legión de voluntarios y voluntarias que inunden la
Tierra con la revolución del amor».
Los días 10 y 11
de abril tengo la ocasión de ir a Murcia y verle
personalmente. Me produce una gran alegría encontrarlo
rodeado en todo momento por el amor de la familia y de la
comunidad del Movimiento, de la que ahora más que nunca
es el alma. Cada vez tiene menos fuerzas para moverse,
hablar o comer, pero el deseo de aprovechar esos momentos
que teníamos para estar juntos le da un plus de energía.
Fueron momentos de gran profundidad y al despedirnos, con
toda naturalidad nos hicimos encomiendas recíprocas para
realizar desde aquí y desde el Cielo.
Unos días más
tarde, a través de una llamada telefónica, me comenta
lo cuesta arriba que se le hace ese periodo: «Me siento
como un barco a la deriva en medio del océano...».
Entonces le hablo de Ricardo, un focolarino casado
de Jaén que, al igual que él, desde hacía un año
estaba gravemente enfermo con un tumor en el peritoneo.
Le digo que Ricardo vive su enfermedad con una certeza
cada vez mayor de estar en manos de Dios y de que todo es
amor suyo. Al día siguiente le mando una foto de Ricardo
en la que se aprecian las huellas que deja la
quimioterapia.
Al recibir esa foto,
José Antonio le escribe: «Hola Ricardo, acabo de
recibir una foto tuya. Quería decirte las impresiones
que me producen lo que tus ojos y tu cara me cuentan: tu
mirada y tu sonrisa me hablan del Paraíso... Pero todavía
estamos aquí, en la Tierra. Por ti, por tu mirada sé
hacia dónde dirigir la brújula de mi barco: Jesús
Crucificado y Abandonado. Con la brújula puesta en Él,
no hay error en el rumbo».
Se establece así
entre Ricardo y José Antonio una comunicación frecuente,
de la que participan otras personas enfermas y toda la
comunidad del Movimiento en España. Lo que humanamente
tenderíamos a vivir como un dramático agujero
negro que engulle a los que están cerca en la más
absoluta aflicción, al vivirlo en unidad y desde la fe
en el amor de Dios se transforma en fuente de Vida. Esto
no puede dejar de tocar el corazón de muchos y hacer
intuir a quienes no creen como de hecho ha sucedido
la presencia de Dios.
El 19 de mayo la
situación de José Antonio empeora. Aumentan las
dificultades para respirar y cada movimiento le cuesta un
triunfo. Le pide a su hijo que escriba: «El grano de
trigo lo muele el molinero y no se queja. Nosotros nos
tenemos que dejar moler, estar contentos y quererle mucho
al molinero». Esa misma noche se lo cuentan a Ricardo, y
éste recibe las palabras de José Antonio como un rayo
de sol que le llena de alegría y dice: «Dale las
gracias de mi parte, también yo me pongo a vivir así.
Últimamente se vuelven cada vez más fuertes los dolores
y en más zonas del cuerpo. Ofrezco todo mi dolor para
que el avance de mi enfermedad sea el avance del Reino de
Dios».
El 1 de junio por
la mañana José Antonio pide que le acerquen la pizarra
donde tiene escritas las letras del abecedario. Con
dificultad va señalando una frase: «Dile a todos los
voluntarios y voluntarias que ofrezco mi vida por la
santidad de cada uno de ellos», luego va entrando en un
sopor cada vez mayor. A las cinco de la tarde parte para
el Paraíso.
Tres días después
llega desde Jaén la noticia de que Ricardo ha tenido una
hemorragia interna muy grave. Inmediatamente algunos
cogemos el coche y nos vamos para allá. Al entrar en su
habitación, abre los ojos y nos sonríe. Nos coge de la
mano y uno de nosotros le dice: «Te traemos el afecto de
toda la gente del Movimiento». Luego le contamos sobre
José Antonio y de cuánto le había ayudado el compartir
con él estos momentos tan especiales. Ricardo escucha
atentamente, aprieta nuestras manos y asiente. Al día
siguiente antes de marcharnos pasamos de nuevo a
saludarlo. Lo encontramos en un momento de lucidez y le
preguntamos: «¿Qué deseas que les digamos a todos de
tu parte?» Él sonríe y, cogiéndonos las manos,
responde: «Decid a todos que estoy con cada uno».
Algunos debemos irnos con harto dolor de nuestro corazón,
pero junto a Ramoni y su familia, se queda toda la
comunidad de Jaén que le acompaña hasta el último
momento.
En la carta donde
le comunicamos a Chiara la noticia de que José Antonio y
Ricardo se han ido al Cielo, resulta espontáneo decirle:
«Así son los santos de la espiritualidad colectiva que
nos enseñas: viven y mueren en unidad».
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