Enrique Cambón
El rito solemne por el cual la Iglesia ha
pedido perdón por sus pecados del pasado (todas las
circunstancias en las que los cristianos, a través de
hechos, indiferencia o silencio, se han alejado del espíritu
del Evangelio), será recordado como el momento más alto,
lúcido y valiente del pontificado de Juan Pablo II. Una
actitud sin antecedentes. Ha habido, sí, reconocimiento
de errores, pero una petición de perdón pública y
solemne, que abarca toda la propia historia, no se había
dado jamás. Más aún, ninguna gran religión ha osado
tanto.
Para comprender el contenido del gesto,
hay que leer el documento de la Comisión Teológica
Internacional (Memoria y reconciliación. La Iglesia y
las culpas del pasado), que ha precedido a la liturgia
del 12 de marzo en San Pedro en la que se concretó la
petición de perdón. Se trata de un documento extenso,
rico y bien articulado. Aquí nos limitamos a comentar
algunas expresiones fundamentales.
¿Qué errores?
Un gesto de este tipo tiene al menos tres
finalidades. El perdón se pide a Dios, y esto es
decisivo para un creyente. Pero las equivocaciones se
reconocen también ante los demás, especialmente ante
aquellos a quienes se ha hecho daño. Primero para
reparar el mal cometido si es posible, y para contribuir
a una purificación de la memoria que
promueva reconciliación, que sane las heridas del pasado
con todas sus secuelas de rencor, desconfianza, violencia.
Por último, debe impulsarnos a poner las condiciones
para evitar errores semejantes en el futuro.
En numerosas ocasiones el Papa actual ha
pedido perdón por tragedias de las cuales los cristianos
fueron responsables. Lo ha hecho un centenar de veces,
especialmente durante sus viajes. He aquí algunos
motivos: intolerancia y violencia contra disidentes,
guerras de religión, abusos de las cruzadas, métodos
compulsivos de la Inquisición; incomprensión,
excomuniones y persecuciones que produjeron la división
de los cristianos; actos de desprecio, hostilidad u
omisiones cometidos contra los judíos; pecados contra el
amor, la paz, los derechos de los pueblos, el respeto de
las culturas y de las otras religiones llevados a cabo
con la intención de evangelizar (por ejemplo, en la
conquista de América); pecados contra la dignidad y la
unidad del género humano, sobre todo respecto a las
mujeres, pero también las razas y etnias;
responsabilidad en las violaciones de derechos
fundamentales de la persona y de la justicia social: los
últimos, los pobres, los niños por nacer, las
injusticias económicas y sociales, la marginación.
No han faltado
críticas
Dentro de la Iglesia católica se han
planteado ciertas objeciones. Algunas son serias y deben
ser tenidas en cuenta. El documento de la Comisión Teológica
enuncia varias y ofrece respuestas. Por ejemplo, el temor
a que los defectos de la Iglesia desconcierten a
los débiles en la fe y relativicen las
afirmaciones que hace hoy la Iglesia. Sin embargo no se
puede ocultar el pasado por temor a escandalizar. En todo
caso, debemos ayudarnos a madurar para afrontar la
realidad de modo adecuado. Aprender, como en todo amor
verdadero, a amar más allá de las deficiencias del otro,
que son las mías. En general las vanguardias crecen
fuera de las instituciones, y en el campo religioso con
frecuencia a través de herejías,
sectarismos y divisiones. La grandeza de esos cristianos
coherentes que llamamos santos, está en que supieron
quedarse en la institución, transformando y
embelleciendo la Iglesia desde dentro, a través de una
sabiduría y una vida genuinamente evangélicas.
Otro temor es que reconocer los errores
haga crecer una actitud negativa respecto a la Iglesia,
como si si ésta sólo tuviera de qué avergonzarse. Al
respecto, así concluía el card. Ratzinger la presentación
del documento: «La Iglesia puede franca y confiadamente
confesar los pecados del pasado y del presente, sabiendo
que el mal no la destruirá hasta el fondo jamás,
sabiendo que el Señor es más fuerte y la renueva, para
que sea instrumento de los bienes de Dios en nuestro
mundo».
Otra objeción, tal vez la más
importante, es que no se pueden juzgar los hechos del
pasado con la sensibilidad y la mentalidad de hoy. En
muchos casos sería exigir una conciencia imposible
en esos tiempos. De todas formas, comprender no significa
justificar ni encontrar una excusa para no reconocer que
objetivamente eran errores terribles. El mismo Juan Pablo
II declaraba: «La consideración de las circunstancias
atenuantes no dispensa a la Iglesia del deber de lamentar
profundamente las debilidades de tantos hijos suyos» (Tma,
35).
Un estilo de
ser Iglesia
Es un modo de concebir y vivir la Iglesia
en sintonía con el Evangelio y con lo mejor del Vaticano
II. Por ejemplo, la confianza que el Papa ha demostrado
en la fuerza de la verdad y en el respeto de la dignidad
de todo ser humano, según el principio enunciado por el
Vaticano II: «La verdad no se impone más que por la
fuerza de la verdad misma» (DH 1). O el hecho de tomar
la iniciativa no sólo para pedir perdón, sino para
ofrecerlo a todos los que nos hayan ofendido, porque
también la Iglesia ha sufrido injusticias, calumnias,
discriminación y martirio. Y hacerlo «sin pedir nada a
cambio, fuertes sólo del amor de Dios», como dice el
Papa en la Bula de convocatoria del Jubileo.
Sacar
consecuencias para el futuro
Para el Papa, «de aquellos rasgos
dolorosos del pasado emerge una lección para el futuro»
(Tma, 35). «Los cristianos deben ponerse humildemente
ante el Señor para interrogarse sobre las
responsabilidades que también ellos tienen en relación
con los males de nuestro tiempo» (id., 36). Sin tener
esto en cuenta, la petición de perdón quedaría
reducido a un noble pero inútil gesto.
¿Qué pensarán de los cristianos de hoy
los hombres y mujeres de mañana? ¿Seguiremos llegando
con retraso a las citas de la historia? ¿Por cuáles
pecados de los cristianos de hoy deberá pedir perdón la
Iglesia dentro de unos años?
Son bien conocidas las críticas que se
hacen hoy a la Iglesia católica, que encuentran amplio
eco en los medios de comunicación. Algunos denuncian que
no ha intervenido suficientemente ante el grito de ayuda
del pueblo checheno, o que ha respondido con
superficialidad a la masacre de Burundi, país
mayoritariamente católico. Otros piensan que la Iglesia
actual deberá pedir perdón por haber cerrado las
puertas al sacerdocio de las mujeres; o por ciertas
normas referidas a la moral sexual y matrimonial; o por
los métodos poco democráticos usados dentro de la
Iglesia; o por no actuar más decididamente contra el
comercio de mujeres y niños; o por las desigualdades
económicas criminales que asolan nuestro mundo, teniendo
en cuenta, como señala el Vaticano II, que la mayor
parte de los países ricos son cristianos.
Captar, en ejemplos como los mencionados,
lo difícil que es discernir con claridad las situaciones
sociales e históricas del presente y qué es lo que se
debe hacer, puede hacernos sentir más solidarios y
misericordiosos con los cristianos del pasado. Pero sobre
todo tratar de crecer en la capacidad de discernimiento.
Necesitamos la luz del Espíritu Santo para no dejarnos
llevar por la mentalidad corriente y ver con claridad las
exigencias del Evangelio en el mundo de hoy.
Somos cada vez más conscientes de que
debemos abrirnos a un diálogo sincero con el mundo,
sabiendo escuchar, porque no sólo tenemos mucho para
ofrecer, sino también mucho que aprender. Es necesario
evitar una inconsciente cerrazón prejuiciosa contra todo
lo nuevo, signo de envejecimiento, pero sobre todo de
poca vitalidad evangélica, porque nuevo es
un concepto bíblico fundamental. Dios nos sorprende
siempre con su novedad constante: es una característica
típica del amor. Por eso, asustarse de lo nuevo puede
significar asustarse de Dios, que siempre quiere
mostrarnos algo positivo detrás de las novedades de la
historia, incluso las más negativas.
No todos podemos tener la capacidad e
inteligencia necesarias para ver hacia dónde
caminar y cuáles son los medios más adecuados. Sólo en
la más profunda comunión, que deja espacio a la
presencia y la acción de Dios, ponemos las condiciones
para dejarnos cuestionar y encontrar las respuestas
adecuadas.
Pedir perdón no debe servirnos
inconscientemente para hacer ostentación, o seguir
adelante sin problemas de conciencia y sin buscar un
cristianismo más auténtico y a la altura de los tiempos.
Todos, cristianos, religiones, personas de buena voluntad,
políticos, gobernantes, podemos dejarnos provocar y
contagiar por este gesto de Juan Pablo II, por aquello
que una periodista denomina «su desconcertante docilidad
a la verdad».
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