Probablemente habría una
atmósfera especial, casi febril, el 25 de diciembre de 1299, cuando San Pedro rebosaba de
una multitud tal que sorprendió a toda Roma, una ciudad que ya estaba acostumbrada a
acoger peregrinaciones a las tumbas de los apóstoles. Se había corrido la
voz de que al finalizar el siglo habría un año de perdón y paz universal. Nadie sabe
quién fue el primero en decirlo. Lo cierto es que para una cristiandad acostumbrada a
sucesivas oleadas de movimientos espirituales, a profecías sobre una edad del
Espíritu, deseosa de un papado angelical libre de los compromisos
mundanos, esa expectativa estaba más que justificada. En cierto sentido, era como si mil
doscientos años de fe tuviesen necesidad de explosionar con algo completamente nuevo y
bien grande. Casi que se reclamaba el retorno a los orígenes, en forma de una brisa que
corría por toda Europa y hacía confluir en Roma, corazón de occidente, al pueblo
cristiano.
A pesar de estar acostumbrados a la periódica concesión de indulgencias, el fenómeno
resultaba tan espontáneo y la súplica de un año de perdón era tan nueva
que Bonifacio VIII Caetani se quedó sorprendido. Se lo pensó, pidió que se investigase
en los archivos para encontrar precedentes y sólo se encontró algo sobre una tradición
oral. Al final se convenció: vox populi, vox Dei. Y el 22 de febrero de 1300,
en San Pedro, estableció un Jubileo universal cada cien años, liberando de
penas y culpas a quien esté verdaderamente arrepentido y haya confesado sus
pecados, cumplido 30 visitas, si es romano, o 15 si es peregrino, a las basílicas de los
santos Pedro y Pablo.
Bonifacio, por su parte, no fue ningún papa angelical, pero supo captar el
deseo del pueblo cristiano y legitimar un fenómeno que es y siempre será de masas. Un
millón exageran los cronistas de la época. En cualquier caso, una enormidad para Roma,
que ya por entonces cada año tenía que repasar sus necesidades de albergues para
peregrinos, hospitales, caminos, puentes... y las inevitables aglomeraciones. El caso es
que el entusiasmo popular hervía, porque la religión es un fenómeno alegre, exultante.
Y a pesar del cansancio del viaje a pie o a caballo, el peligro de los bandidos, la
especulación de los posaderos y la amenaza periódica de la peste, empezó una época, la
de los Jubileos.El perdón continúa
A lo mejor Bonifacio no se lo creía mucho, pero su inspiración tuvo futuro.
De hecho el Jubileo continuó, a pesar de que en los decenios posteriores encontramos una
Europa y una Iglesia en una situación sociopolítica de lo más complicado. En 1350 los
romanos subieron a Aviñón a rogarle a Clemente VI que por piedad convocase
un año de perdón. Dio su consentimiento y envió un representante suyo a Roma. Y otra
vez gran entusiasmo, porque el ansia de renovación no se había apagado a nivel popular.
Aunque la ciudad estuviera sucia, fuese insegura y, como dicen muchos, se sintiera
abandonada por el papa.
El año de oro
Así lo llamaban, a 1450, porque Nicolás V celebró el Jubileo a lo grande. Con una
Iglesia reconciliada alrededor de un solo pastor, después de años de cisma. Cada
casa era una posada y no cabía nadie más, cuentan los cronistas. También
sucedieron graves incidentes: en el puente de Castel SantAngelo una gran
aglomeración provocó heridos y muertos. Por eso el papa redujo el período de las
visitas a los lugares santos de quince a cinco días para favorecer a los peregrinos, e
introdujo una novedad destinada a perdurar: canonizó a los testigos de la fe,
como Bernardino de Siena, el predicador más popular de la época.
El Jubileo del papa Borgia
Ahora es cada 25 años, como había establecido en 1470 Pablo II. Por eso le toca a
Alejandro VI Borgia abrir el Año Santo (la denominación resulta novedosa) la
noche de Navidad de 1499. A pesar de que su vida no tenía nada de evangélica, también
Borgia acentúa el sentido simbólico del Jubileo. Se inventa el rito de la apertura con
los tres martillazos en la puerta santa de San Pedro y en las basílicas mayores de Roma.
Las referencias bíblicas eran evidentes: Cristo es la puerta a través de la cual hay que
pasar, es el nuevo Moisés que hace brotar el agua de la roca. A parte de lo
mundano de la corte papal y de los fondos recogidos que se volatilizaron en las arcas de
César Borgia, la devoción de los peregrinos es sincera. Además de San Pedro y San Pablo
ahora también se visitan San Juan y Santa María Mayor. Entre los peregrinos también
está Miguel Angel.
De la Reforma al teatro barroco
Hay que reconocer que la Iglesia de principios del XVI pasó por una prueba tremenda: la
Europa cristiana se hizo añicos. Y fue precisamente el problema indulgencias
la gota que colmó el vaso. Por eso los Jubileos adquirieron un tono menor, como una
esperanza bajo las cenizas. Con todo, la idea subsistió. Pero al final vino un Concilio,
el de Trento, y la reanimación católica batalladora. El Jubileo que Gregorio XIII
celebró en 1575 encontró una Roma distinta. Se restauraron las basílicas dedicadas a
los mártires, dando lugar al descubrimiento de las catacumbas; Felipe Neri se
inventa el recorrido de las siete iglesias a las que todos van en procesión,
nobles y plebeyos: ¡toda una novedad!
Experimentan un enorme desarrollo las hermandades asistenciales y las iglesias
nacionales, que hospedan a los peregrinos de los distintos países europeos.
Lamentablemente no existía en Roma, y tampoco en Europa, libertad de pensamiento. Por eso
en 1600 Clemente VII, por una parte, decía misa y confesaba en San Pedro, servía en el
comedor de los pobres y les lavaba los pies, pero también condenó a la hoguera a Bruno
Giordano, aunque fuese el año del perdón...
Todos los Jubileos del siglo XVII resultaron espectaculares: procesiones, canonizaciones,
representaciones sacras y maquinarias escénicas son la normalidad. Roma
ofrece un espectáculo visible de la ciudad-madre del catolicismo, simbolizado
por los brazos abiertos de la columnata de Bernini. Acuden a la capital intelectuales,
artistas y reyes, como Cristina de Suecia, que se hizo católica e iba en procesión y
lavaba los pies a los pobres.
La revolución a las puertas
Nuevas ideas se asoman a la Europa cristiana, se abren nuevos espacios para la ciencia;
incluso la religión debe ser razonable. Es el momento de purificar también
al Jubileo de su exceso místico, remarcando más el hecho espiritual.
Así es que Benedicto XIV en 1750 llama la atención sobre el significado interior y
penitencial del Año Santo. En este clima, el predicador popular más escuchado, Leonardo
de Porto Maurizio, se inventa el Via Crucis: planta una cruz en el mismo
Coliseo y arrastra a la multitud a un período de fervor renovado.
Pero la civilización de las luces no entiende estas cosas; es más, con su
crítica corrosiva trata de minar la unidad de la Iglesia desde su interior. Es casi un
presagio de lo que ocurrirá al final del siglo, cuando la revolución francesa y
Napoleón rompan violentamente la alianza entre el trono y el altar, haciendo víctimas de
ello a Pío VI y Pío VII con la intención de hacer desaparecer el papado. Será otra
durísima prueba, pero a la larga resultará saludable para la Iglesia. Es natural que, a
pesar de las expectativas de los fieles, el 1800 no se abra con un Jubileo: Roma está en
mano de los franceses...
Los Jubileos romanos
El siglo XIX es un siglo difícil. La Iglesia, atacada por una sociedad cada vez más
laica, juega a la defensiva. Por eso el Jubileo de 1825 es más romano que internacional,
debido también al ambiente policial de la capital, que registra la ejecución de dos
activistas libertarios (la última, gracias a Dios). Se respira un aire de restauración y
el pueblo cree en el Año Santo, con la ayuda de personajes como Vicente Palotti. Pero hay
que esperar a 1900, con León XIII, para tener un auténtico Jubileo, porque durante el
resto del siglo los hechos más o menos gloriosos de la unidad italiana impidieron de
hecho una auténtica celebración.
León XIII era un venerable anciano de 90 años, libre de preocupaciones temporales, y el
prestigio del papado va en aumento. Grandes canonizaciones y una curiosidad: la Puerta
Santa vaticana se cierra con veinte piedras de otros tantos montes italianos en los que se
ha erigido una estatua del Redentor a lo largo del año.
Un siglo de Jubileos
El siglo XX cuenta hasta con cinco Jubileos. Se ve que hacían falta en esta época
caracterizada por la constante tensión internacional. Eso es lo que intuyó Pío XI en
1925 cuando bendecía a la multitud desde el balcón de San Pedro, como un signo de
reconciliación con el estado italiano. Es tanta la afluencia de gente en esta
ocasión (casi un millón) que se multiplican las audiencias papales.
El papa aprovecha para lanzar a la Iglesia hacia una nueva oleada misionera; su figura se
presenta ante los católicos, y también ante los no católicos, como un signo de unidad y
esperanza. Esto explica la popularidad y el carisma de Pío XII, que consigue reunir hasta
dos millones de personas en el Jubileo de 1950, después de un conflicto que laceró al
mundo. Pacelli lanza mensajes de reconstrucción mundial, renueva el culto mariano con la
proclamación del dogma de la Asunción. Es una Iglesia compacta y triunfal en
una humanidad que busca la luz.
No es así la Iglesia de Pablo VI, cuando en 1975 se juega la popularidad convocando un
nuevo Jubileo. Parece una propuesta anacrónica en unos tiempos de contestación dentro y
fuera de la Iglesia, tras el viento fresco que había traído el Concilio. Pero Montini
cree en ello y convoca el Año Santo bajo el signo de la alegría, la renovación
espiritual y la reconciliación. La palabra indulgencia se pronuncia con
cautela, se acentúa sobre todo la conversión personal, el compromiso en el mundo.
Así llegamos a 1983, cuando el papa Woytjla proclama un Año santo de la
Redención extraordinario. En esa perspectiva el papa polaco convoca el Jubileo de
2000.
Como en 1300, asistimos a un cambio de época, salpicado de profetas de la desventura y
semillas de esperanza. Más allá del inevitable hecho externo, la esperanza reside en que
la gente vuelva a encontrar la luz y el valor para atravesar la puerta de la historia,
entrando más libres en el nuevo milenio. |
Cuando se habla de Jubileo, pensamos en multitud de
peregrinos que invaden Roma, o en retrasos en la maquinaria organizadora del evento. Pero
olvidamos la noticia del Jubileo, su mensaje...
El Jubileo necesita un mínimo de organización para un máximo de empuje
espiritual. Sólo que el aspecto organizativo es más noticia, por eso estamos
aquí preguntándonos cómo y por qué esta sencilla proporción a muchos se les haya
invertido. Vivimos como en una centrifugadora; nuestra sociedad ha hecho de la
información una mercancía perecedera, y lo fútil empaña todo lo que conlleva
esperanza. Hace poco el Papa indicaba que la cultura del recuerdo, propia de la Iglesia,
es el medio para salvar la cultura de noticias transitorias de los medios de
comunicación, del olvido que corroe la esperanza. Por su misma naturaleza, el
Jubileo es memoria viva, presente y salvífica del hecho histórico del nacimiento de
Cristo. Se puede por tanto dar noticia del Jubileo sólo con la mirada fija en el
misterio de la Encarnación.
Se ha dicho que el Jubileo no
atañe sólo a los cristianos...
El Jubileo es tiempo de paz y esperanza. Son dimensiones universales que pertenecen
más que nunca al hombre contemporáneo, que vive constantemente con un pie en el futuro y
con el miedo de habitar el porvenir. Un signo potente nos llega de la Asamblea
interreligiosa, que ha reunido a representantes de 52 religiones en Roma y en Asís en
nombre de la esperanza. Es un hecho de comunión y diálogo entre hombres, a través del
cual el mundo puede encaminarse con confianza hacia el año 2000.
¿Cuáles son las propuestas de
este Jubileo?
La riqueza de los contenidos y propuestas de este Gran Jubileo deriva directamente
del Concilio. En este espíritu el papa ha indicado los nuevos signos que caracterizan de
manera especial el Año Santo del 2000.
Antes que nada, una fuerte dimensión de examen de conciencia y, asociadoa esto, la
Iglesia pide perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos. Sin miedo.
Además el papa propone la exigencia ecuménica como uno de los capítulos más
importantes del Jubileo, al igual que en todo su pontificado. Con tenacidad y realismo,
porque los pasos hacia la unidad no faltan, no obstante se tenga la impresión de compás
de espera. La primera etapa jubilar será la apertura de la semana de oración por la
unidad de los cristianos en San Pablo extramuros, el 18 de enero. Ya han confirmado su
participación altos representantes de distintas confesiones cristianas.
Otro signo nuevo es el compromiso social de la Iglesia. En el 2000 la Iglesia refuerza sus
raíces bíblicas. El problema de la deuda internacional, un peso que ya resulta
intolerable para los países más pobres, es para el papa una de las ilustraciones más
actuales y urgentes del tema. Pero la caridad (otra palabra que hay que usar sin miedo)
compromete a todos los cristianos en un abrazo social con los pobres. No sólo los que
están lejos, que a lo mejor son menos molestos, sino los que llaman materialmente a la
puerta de nuestra casa.
La importancia de la
reconciliación como base de las indulgencias. ¿Es un tema que la gente puede captar?
La indulgencia es un don de la misericordia de Dios. El Jubileo es sustancialmente
esto: volver a la casa del Padre misericordioso. No es casual que el tercer año de
preparación (el año pasado) pusiera el acento precisamente en la primera persona de la
Trinidad y en el sacramento de la reconciliación. Ha sido intenso y fructífero el
trabajo pastoral en todas las diócesis y parroquias del mundo en torno a estos temas,
restituyendo a los hombres la novedad del Evangelio: Dios, con su Hijo, busca al hombre
por amor.
Jesús hablaba en parábolas. Hoy
son las parabólicas televisivas las que hablan de Jesús. ¿De qué manera los medios
deberían comunicar el Jubileo?
El Jubileo lanza un reto a los medios, nuevos o tradicionales: el de mostrar a los
hombres, a las mujeres y a los jóvenes sobre todo esa peregrinación
interior, en expresión de Juan Pablo II, que debe ser el camino jubilar, hecho de
conversión, penitencia y oración. Todos los que se dedican a la comunicación honrarían
el Jubileo si ayudasen a las personas a mirar lejos, hasta donde haya un
hombre y donde quiera que esté la suerte de la humanidad que espera mucho más que pan y
trabajo, rompiendo esa miopía mediática que ya es global; si ayudasen a las personas a
mirar a lo alto; si llegasen a las cuestiones fundamentales de la existencia,
al sentido de la búsqueda en lugares, reales o virtuales, donde sólo habita el
secularismo y la indiferencia religiosa.
¿Cuál puede ser el papel de las iglesias locales en la preparación del
Jubileo?
Es una de las grandes novedades: el papa ha propuesto que la celebración tenga
lugar contemporáneamente en Tierra Santa, en Roma y en las iglesias locales de todo
el mundo.
Lo que me impresiona es que, desde que empezó la preparación, las
iglesias locales, las diócesis, por todas partes se han puesto en marcha hacia el
horizonte del 2000 sin esperarse todo de Roma, aunque nuestro Comité central ha podido
ofrecerles cada año elementos para ayudarles en el camino y en la reflexión. Yo creo que
la espontaneidad y la prontitud con que estas iglesias locales (y las más jóvenes con
mayor empuje) preparan el Jubileo desde hace tres años, en comunión entre ellas y con la
iglesia de Roma, es uno de los grandes signos de la vitalidad de la Iglesia. El Año Santo
será un tiempo excepcional para saldar la unidad entre ellas y para marcar su unión de
la cual el papa es garante.
¿Qué hacer para que sea un acontecimiento de todos, incluso de los que no
puedan ir a Roma?
El acontecimiento es la conversión del corazón. Y su dimensión es interior. En
cada lugar de la tierra donde un cristiano dé testimonio de la fe en Cristo, con un acto
de caridad y con la oración, allí hay un evento jubilar que atañe a todos y enriquece a
la Iglesia. Se puede dar testimonio de la propia fe con una peregrinación a la catedral
local, según las disposiciones de la bula de convocatoria, pero no puede faltar la
conversión.
El 25 de diciembre se acerca. ¿Cuáles son los temores y cuáles las
expectativas?
Grandes relojes en plazas públicas están llevando la cuenta atrás hacia el 2000,
con riesgo de que suba la fiebre milenarista entre los pobres, la gente hambrienta de pan
y justicia, o al contrario que algunos ricos se sumerjan en una orgía de mercado,
disputándose en un lugar exclusivo, en una isla del Pacífico, una cena el 31 de
diciembre. Es verdad que los proyectos más espectaculares, más comerciales, más
paganos, se están disputando el protagonismo de la escena mundial.
Por eso, cuanto más se acerca la apertura de la Puerta Santa, más claramente vemos que
el año 2000 y el Año Santo no se entremezclan, ni siquiera temporalmente. Habrá que
tener cuidado para evitar confusiones, para que no se le atribuyan al Jubileo empresas que
sencillamente pertenecen al año 2000. La expectativa última es vigorizar la fe y el
testimonio de los cristianos, como el Santo Padre ha anunciado en la Tertio Millenio
Adveniente. vigorizar quiere decir suscitar un anhelo a la santidad sobre todo en los
jóvenes; a ellos les toca ser testigos de Cristo en el tercer milenio. Pueden contar con
el ejemplo de los mártires, muchos, nunca tan numerosos, del siglo XX.
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