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[ I g l e s i a ]

[Jubileo del 2000]



Camina, camina....

Serán millones los que se acerquen a Roma. Una inmensa multitud, como en 1300, cuando el Papa Bonifacio inventó el jubileo cristiano. Desde entonces, cada veinticinco años la ciudad santa vive el acontecimiento del peregrinaje, Un fenómeno que ya cumple siete siglos.

Mario dal Bello (desde Roma)

Recuperar la dimensión interior

Entrevista al cardenal Etchegaray, presidente del comité central del Gran Jubileo del Año 2000.

Aurora Nicosia

Probablemente habría una atmósfera especial, casi febril, el 25 de diciembre de 1299, cuando San Pedro rebosaba de una multitud tal que sorprendió a toda Roma, una ciudad que ya estaba acostumbrada a acoger peregrinaciones “a las tumbas de los apóstoles”. Se había corrido la voz de que al finalizar el siglo habría un año de perdón y paz universal. Nadie sabe quién fue el primero en decirlo. Lo cierto es que para una cristiandad acostumbrada a sucesivas oleadas de movimientos espirituales, a profecías sobre “una edad del Espíritu”, deseosa de un “papado angelical” libre de los compromisos mundanos, esa expectativa estaba más que justificada. En cierto sentido, era como si mil doscientos años de fe tuviesen necesidad de explosionar con algo completamente nuevo y bien grande. Casi que se reclamaba el retorno a los orígenes, en forma de una brisa que corría por toda Europa y hacía confluir en Roma, corazón de occidente, al pueblo cristiano.
A pesar de estar acostumbrados a la periódica concesión de indulgencias, el fenómeno resultaba tan espontáneo y la súplica de un “año de perdón” era tan nueva que Bonifacio VIII Caetani se quedó sorprendido. Se lo pensó, pidió que se investigase en los archivos para encontrar precedentes y sólo se encontró algo sobre una tradición oral. Al final se convenció: “vox populi, vox Dei”. Y el 22 de febrero de 1300, en San Pedro, estableció un “Jubileo universal” cada cien años, liberando de penas y culpas a “quien esté verdaderamente arrepentido y haya confesado sus pecados, cumplido 30 visitas, si es romano, o 15 si es peregrino, a las basílicas de los santos Pedro y Pablo”.
Bonifacio, por su parte, no fue ningún papa “angelical”, pero supo captar el deseo del pueblo cristiano y legitimar un fenómeno que es y siempre será de masas. Un millón exageran los cronistas de la época. En cualquier caso, una enormidad para Roma, que ya por entonces cada año tenía que repasar sus necesidades de albergues para peregrinos, hospitales, caminos, puentes... y las inevitables aglomeraciones. El caso es que el entusiasmo popular hervía, porque la religión es un fenómeno alegre, exultante. Y a pesar del cansancio del viaje a pie o a caballo, el peligro de los bandidos, la especulación de los posaderos y la amenaza periódica de la peste, empezó una época, la de los Jubileos.

El perdón continúa
A lo mejor Bonifacio no se lo creía mucho, pero su “inspiración” tuvo futuro. De hecho el Jubileo continuó, a pesar de que en los decenios posteriores encontramos una Europa y una Iglesia en una situación sociopolítica de lo más complicado. En 1350 los romanos subieron a Aviñón a rogarle a Clemente VI que “por piedad” convocase un año de perdón. Dio su consentimiento y envió un representante suyo a Roma. Y otra vez gran entusiasmo, porque el ansia de renovación no se había apagado a nivel popular. Aunque la ciudad estuviera sucia, fuese insegura y, como dicen muchos, se sintiera “abandonada” por el papa.

El año de oro
Así lo llamaban, a 1450, porque Nicolás V celebró el Jubileo a lo grande. Con una Iglesia reconciliada alrededor de un solo pastor, después de años de cisma. “Cada casa era una posada y no cabía nadie más”, cuentan los cronistas. También sucedieron graves incidentes: en el puente de Castel Sant’Angelo una gran aglomeración provocó heridos y muertos. Por eso el papa redujo el período de las visitas a los lugares santos de quince a cinco días para favorecer a los peregrinos, e introdujo una novedad destinada a perdurar: canonizó a los “testigos de la fe”, como Bernardino de Siena, el predicador más popular de la época.

El Jubileo del papa Borgia
Ahora es cada 25 años, como había establecido en 1470 Pablo II. Por eso le toca a Alejandro VI Borgia abrir el “Año Santo” (la denominación resulta novedosa) la noche de Navidad de 1499. A pesar de que su vida no tenía nada de evangélica, también Borgia acentúa el sentido simbólico del Jubileo. Se inventa el rito de la apertura con los tres martillazos en la puerta santa de San Pedro y en las basílicas mayores de Roma. Las referencias bíblicas eran evidentes: Cristo es la puerta a través de la cual hay que pasar, es el nuevo Moisés que hace brotar el “agua” de la roca. A parte de lo mundano de la corte papal y de los fondos recogidos que se volatilizaron en las arcas de César Borgia, la devoción de los peregrinos es sincera. Además de San Pedro y San Pablo ahora también se visitan San Juan y Santa María Mayor. Entre los peregrinos también está Miguel Angel.

De la Reforma al “teatro” barroco
Hay que reconocer que la Iglesia de principios del XVI pasó por una prueba tremenda: la Europa cristiana se hizo añicos. Y fue precisamente el problema “indulgencias” la gota que colmó el vaso. Por eso los Jubileos adquirieron un tono menor, como una esperanza bajo las cenizas. Con todo, la idea subsistió. Pero al final vino un Concilio, el de Trento, y la reanimación católica batalladora. El Jubileo que Gregorio XIII celebró en 1575 encontró una Roma distinta. Se restauraron las basílicas dedicadas a los mártires, dando lugar al “descubrimiento” de las catacumbas; Felipe Neri se inventa el recorrido de “las siete iglesias” a las que todos van en procesión, nobles y plebeyos: ¡toda una novedad!
Experimentan un enorme desarrollo las hermandades asistenciales y las iglesias “nacionales”, que hospedan a los peregrinos de los distintos países europeos. Lamentablemente no existía en Roma, y tampoco en Europa, libertad de pensamiento. Por eso en 1600 Clemente VII, por una parte, decía misa y confesaba en San Pedro, servía en el comedor de los pobres y les lavaba los pies, pero también condenó a la hoguera a Bruno Giordano, aunque fuese el año del “perdón”...
Todos los Jubileos del siglo XVII resultaron espectaculares: procesiones, canonizaciones, representaciones sacras y “maquinarias” escénicas son la normalidad. Roma ofrece un espectáculo “visible” de la ciudad-madre del catolicismo, simbolizado por los brazos abiertos de la columnata de Bernini. Acuden a la capital intelectuales, artistas y reyes, como Cristina de Suecia, que se hizo católica e iba en procesión y lavaba los pies a los pobres.

La revolución a las puertas
Nuevas ideas se asoman a la Europa cristiana, se abren nuevos espacios para la ciencia; incluso la religión debe ser “razonable”. Es el momento de purificar también al Jubileo de su exceso místico, remarcando más el hecho espiritual.
Así es que Benedicto XIV en 1750 llama la atención sobre el significado interior y penitencial del Año Santo. En este clima, el predicador popular más escuchado, Leonardo de Porto Maurizio, se inventa el “Via Crucis”: planta una cruz en el mismo Coliseo y arrastra a la multitud a un período de fervor renovado.
Pero la “civilización de las luces” no entiende estas cosas; es más, con su crítica corrosiva trata de minar la unidad de la Iglesia desde su interior. Es casi un presagio de lo que ocurrirá al final del siglo, cuando la revolución francesa y Napoleón rompan violentamente la alianza entre el trono y el altar, haciendo víctimas de ello a Pío VI y Pío VII con la intención de hacer desaparecer el papado. Será otra durísima prueba, pero a la larga resultará saludable para la Iglesia. Es natural que, a pesar de las expectativas de los fieles, el 1800 no se abra con un Jubileo: Roma está en mano de los franceses...

Los Jubileos “romanos”
El siglo XIX es un siglo difícil. La Iglesia, atacada por una sociedad cada vez más laica, juega a la defensiva. Por eso el Jubileo de 1825 es más romano que internacional, debido también al ambiente policial de la capital, que registra la ejecución de dos activistas libertarios (la última, gracias a Dios). Se respira un aire de restauración y el pueblo cree en el Año Santo, con la ayuda de personajes como Vicente Palotti. Pero hay que esperar a 1900, con León XIII, para tener un auténtico Jubileo, porque durante el resto del siglo los hechos más o menos gloriosos de la unidad italiana impidieron de hecho una auténtica celebración.
León XIII era un venerable anciano de 90 años, libre de preocupaciones temporales, y el prestigio del papado va en aumento. Grandes canonizaciones y una curiosidad: la Puerta Santa vaticana se cierra con veinte piedras de otros tantos montes italianos en los que se ha erigido una estatua del “Redentor” a lo largo del año.

Un siglo de Jubileos
El siglo XX cuenta hasta con cinco Jubileos. Se ve que hacían falta en esta época caracterizada por la constante tensión internacional. Eso es lo que intuyó Pío XI en 1925 cuando bendecía a la multitud desde el balcón de San Pedro, como un signo de “reconciliación” con el estado italiano. Es tanta la afluencia de gente en esta ocasión (casi un millón) que se multiplican las audiencias papales.
El papa aprovecha para lanzar a la Iglesia hacia una nueva oleada misionera; su figura se presenta ante los católicos, y también ante los no católicos, como un signo de unidad y esperanza. Esto explica la popularidad y el carisma de Pío XII, que consigue reunir hasta dos millones de personas en el Jubileo de 1950, después de un conflicto que laceró al mundo. Pacelli lanza mensajes de reconstrucción mundial, renueva el culto mariano con la proclamación del dogma de la Asunción. Es una Iglesia compacta y “triunfal” en una humanidad que busca la luz.
No es así la Iglesia de Pablo VI, cuando en 1975 se juega la popularidad convocando un nuevo Jubileo. Parece una propuesta anacrónica en unos tiempos de contestación dentro y fuera de la Iglesia, tras el viento fresco que había traído el Concilio. Pero Montini cree en ello y convoca el Año Santo bajo el signo de la “alegría, la renovación espiritual y la reconciliación”. La palabra “indulgencia” se pronuncia con cautela, se acentúa sobre todo la conversión personal, el compromiso en el mundo.
Así llegamos a 1983, cuando el papa Woytjla proclama un “Año santo de la Redención” extraordinario. En esa perspectiva el papa polaco convoca el Jubileo de 2000.
Como en 1300, asistimos a un cambio de época, salpicado de profetas de la desventura y semillas de esperanza. Más allá del inevitable hecho externo, la esperanza reside en que la gente vuelva a encontrar la luz y el valor para atravesar la puerta de la historia, entrando más libres en el nuevo milenio.

– Cuando se habla de Jubileo, pensamos en multitud de peregrinos que invaden Roma, o en retrasos en la maquinaria organizadora del evento. Pero olvidamos la “noticia” del Jubileo, su mensaje...
– El Jubileo necesita un mínimo de organización para un máximo de empuje espiritual. Sólo que el aspecto organizativo es “más noticia”, por eso estamos aquí preguntándonos cómo y por qué esta sencilla proporción a muchos se les haya invertido. Vivimos como en una centrifugadora; nuestra sociedad ha hecho de la información una mercancía perecedera, y lo fútil empaña todo lo que conlleva esperanza. Hace poco el Papa indicaba que la cultura del recuerdo, propia de la Iglesia, es el medio para salvar “la cultura de noticias transitorias de los medios de comunicación, del olvido que corroe la esperanza”. Por su misma naturaleza, el Jubileo es memoria viva, presente y salvífica del hecho histórico del nacimiento de Cristo. Se puede por tanto dar noticia del Jubileo sólo con la mirada fija en el “misterio de la Encarnación”.

– Se ha dicho que el Jubileo no atañe sólo a los cristianos...
– El Jubileo es tiempo de paz y esperanza. Son dimensiones universales que pertenecen más que nunca al hombre contemporáneo, que vive constantemente con un pie en el futuro y con el miedo de habitar el porvenir. Un signo potente nos llega de la Asamblea interreligiosa, que ha reunido a representantes de 52 religiones en Roma y en Asís en nombre de la esperanza. Es un hecho de comunión y diálogo entre hombres, a través del cual el mundo puede encaminarse con confianza hacia el año 2000.

– ¿Cuáles son las propuestas de este Jubileo?
– La riqueza de los contenidos y propuestas de este Gran Jubileo deriva directamente del Concilio. En este espíritu el papa ha indicado los nuevos signos que caracterizan de manera especial el Año Santo del 2000.
Antes que nada, una fuerte dimensión de examen de conciencia y, asociadoa esto, la Iglesia pide perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos. Sin miedo.
Además el papa propone la exigencia ecuménica como uno de los capítulos más importantes del Jubileo, al igual que en todo su pontificado. Con tenacidad y realismo, porque los pasos hacia la unidad no faltan, no obstante se tenga la impresión de compás de espera. La primera etapa jubilar será la apertura de la semana de oración por la unidad de los cristianos en San Pablo extramuros, el 18 de enero. Ya han confirmado su participación altos representantes de distintas confesiones cristianas.
Otro signo nuevo es el compromiso social de la Iglesia. En el 2000 la Iglesia refuerza sus raíces bíblicas. El problema de la deuda internacional, un peso que ya resulta intolerable para los países más pobres, es para el papa una de las ilustraciones más actuales y urgentes del tema. Pero la caridad (otra palabra que hay que usar sin miedo) compromete a todos los cristianos en un abrazo social con los pobres. No sólo los que están lejos, que a lo mejor son menos molestos, sino los que llaman materialmente a la puerta de nuestra casa.

– La importancia de la reconciliación como base de las indulgencias. ¿Es un tema que la gente puede captar?
– La indulgencia es un don de la misericordia de Dios. El Jubileo es sustancialmente esto: volver a la casa del Padre misericordioso. No es casual que el tercer año de preparación (el año pasado) pusiera el acento precisamente en la primera persona de la Trinidad y en el sacramento de la reconciliación. Ha sido intenso y fructífero el trabajo pastoral en todas las diócesis y parroquias del mundo en torno a estos temas, restituyendo a los hombres la novedad del Evangelio: Dios, con su Hijo, busca al hombre por amor.

– Jesús hablaba en parábolas. Hoy son las parabólicas televisivas las que hablan de Jesús. ¿De qué manera los medios deberían comunicar el Jubileo?
– El Jubileo lanza un reto a los medios, nuevos o tradicionales: el de mostrar a los hombres, a las mujeres y a los jóvenes sobre todo esa “peregrinación interior”, en expresión de Juan Pablo II, que debe ser el camino jubilar, hecho de conversión, penitencia y oración. Todos los que se dedican a la comunicación honrarían el Jubileo si ayudasen a las personas a “mirar lejos”, hasta donde haya un hombre y donde quiera que esté la suerte de la humanidad que espera mucho más que pan y trabajo, rompiendo esa miopía mediática que ya es global; si ayudasen a las personas a “mirar a lo alto”; si llegasen a las cuestiones fundamentales de la existencia, al sentido de la búsqueda en lugares, reales o virtuales, donde sólo habita el secularismo y la indiferencia religiosa.


– ¿Cuál puede ser el papel de las iglesias locales en la preparación del Jubileo?
– Es una de las grandes novedades: el papa ha propuesto que la celebración tenga lugar “contemporáneamente en Tierra Santa, en Roma y en las iglesias locales de todo el mundo”.
    Lo que me impresiona es que, desde que empezó la preparación, las iglesias locales, las diócesis, por todas partes se han puesto en marcha hacia el horizonte del 2000 sin esperarse todo de Roma, aunque nuestro Comité central ha podido ofrecerles cada año elementos para ayudarles en el camino y en la reflexión. Yo creo que la espontaneidad y la prontitud con que estas iglesias locales (y las más jóvenes con mayor empuje) preparan el Jubileo desde hace tres años, en comunión entre ellas y con la iglesia de Roma, es uno de los grandes signos de la vitalidad de la Iglesia. El Año Santo será un tiempo excepcional para saldar la unidad entre ellas y para marcar su unión de la cual el papa es garante.


– ¿Qué hacer para que sea un acontecimiento de todos, incluso de los que no puedan ir a Roma?
– El acontecimiento es la conversión del corazón. Y su dimensión es interior. En cada lugar de la tierra donde un cristiano dé testimonio de la fe en Cristo, con un acto de caridad y con la oración, allí hay un evento jubilar que atañe a todos y enriquece a la Iglesia. Se puede dar testimonio de la propia fe con una peregrinación a la catedral local, según las disposiciones de la bula de convocatoria, pero no puede faltar la conversión.


– El 25 de diciembre se acerca. ¿Cuáles son los temores y cuáles las expectativas?
– Grandes relojes en plazas públicas están llevando la cuenta atrás hacia el 2000, con riesgo de que suba la fiebre milenarista entre los pobres, la gente hambrienta de pan y justicia, o al contrario que algunos ricos se sumerjan en una orgía de mercado, disputándose en un lugar exclusivo, en una isla del Pacífico, una cena el 31 de diciembre. Es verdad que los proyectos más espectaculares, más comerciales, más paganos, se están disputando el protagonismo de la escena mundial.
Por eso, cuanto más se acerca la apertura de la Puerta Santa, más claramente vemos que el año 2000 y el Año Santo no se entremezclan, ni siquiera temporalmente. Habrá que tener cuidado para evitar confusiones, para que no se le atribuyan al Jubileo empresas que sencillamente pertenecen al año 2000. La expectativa última es vigorizar la fe y el testimonio de los cristianos, como el Santo Padre ha anunciado en la Tertio Millenio Adveniente. vigorizar quiere decir suscitar un anhelo a la santidad sobre todo en los jóvenes; a ellos les toca ser testigos de Cristo en el tercer milenio. Pueden contar con el ejemplo de los mártires, muchos, nunca tan numerosos, del siglo XX.