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Marzo - 2017


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Caridad pastoral

Preparado por la Redacción


José Varas Arroyo, sacerdote focolarino recientemente fallecido, respondía en octubre de 2011 a nuestras preguntas, que aquí reproducimos parcialmente.



osé Varas nació en Madrid el 14 de noviembre de 1929 en una sencilla familia obrera. De su niñez, cuenta él mismo: «Mis padres no nos llevaron a la escuela durante la guerra del 36 al 39 porque en Madrid, del lado republicano, la escuela era laica y nos podían quitar la fe. Ellos fueron padres y “maestros”. Nos enseñaron a leer, a contar y a rezar. El rosario en octubre, en familia. Mi padre lo rezaba cada día mientras se lavaba la cabeza a la vuelta del trabajo (era obrero de la construcción) y sus avemarías se oían en el comedor con naturalidad».
 
–¿Por qué decidió hacerse sacerdote?
–Un hermano salesiano nos enseñaba a hablar con Jesús Eucaristía. A los 11 años sentí la vocación al sacerdocio; en lo íntimo del alma sentí que Dios me quería y me llamaba. Me sentí atraído como santo Domingo Savio, cuya unión con Dios admiraba. A los 23 años, antes de la ordenación, dudoso de mi valía para ser sacerdote, el director espiritual me animó: si Dios me había llamado al sacerdocio no podía dudar de mis posibilidades.
 
–¿Qué encontró en el Movimiento de 
los Focolares que le suscitó el deseo de profundizar su estilo de vida?
–Fue en 1964. Llevaba diez años de sacerdote cuando los focolarinos vinieron a vivir al término de la parroquia donde yo trabajaba. Fui a conocerlos por orden del párroco. La vida en común del grupo me sorprendió. Había alegría, sencillez, vida de familia. Aspiraban a la santidad juntos, cosa nueva para mí en jóvenes seglares. Aún no se conocían bien los documentos del Concilio y la mentalidad corriente era que santos lo teníamos que ser los sacerdotes, ya que administrábamos cosas santas. 
Un día llamé por teléfono a los focolarinos y pregunté: «¿Qué novedades hay por ahí?». Y el que respondió, dijo: «Padre, cada momento es una novedad». Para mí fue un descubrimiento: el Amor de Dios hace que cada momento sea una novedad. 
Yo desconocía en la práctica el amor al prójimo como voluntad de Dios que le es grata. En teoría lo sabía, pero no lo vivía. Hacía oración, pero desconectada del amor al prójimo. Si algún fiel me interrumpía pidiéndome confesión, por ejemplo, cuando estaba haciendo oración en el templo, me contrariaba; orar y amar no iban unidos. Vivir en el amor a Dios y al prójimo me unificó la vida. ¡Hasta los sellos había que pegarlos en el sobre con amor!
Luego el Concilio, con la declaración sobre los presbíteros, me aclaró que la unidad de vida en el sacerdote dependía del hecho de hacer la voluntad de Dios y de amar al prójimo siempre. O sea, la caridad pastoral.
 
–¿Recuerda alguna experiencia significativa de aquel periodo?
–En agosto de 1966 asistí a la primera Mariápolis que se celebró en Ávila. Al acabar, acompañé a conocer El Escorial a un sacerdote suizo, que me dio otra lección. Yo metía prisa para poder verlo todo, y él con serenidad me dijo: «No te preocupes, lo importante es que tengamos a Jesús en medio de nosotros». Luego fuimos a visitar al párroco, condiscípulo mío, y yo le contaba sobre la Mariápolis. ¡No paraba de hablar! Cuando fue a prepararnos un café, me dice el sacerdote suizo: «José, menos hablar y mas vivir».
Después estuve en Roma, en un encuentro para sacerdotes. Yo veía con extrañeza que iban poco a la capilla y pregunté por qué. «Aquí venimos a aprender a amar –me respondieron­–; a rezar ya nos enseño el seminario». Me abrió los ojos a la dimensión de la fraternidad, que yo no había experimentado antes.
 
–Sacerdote focolarino, conviviendo con otros de su misma vocación…
–La vida en común con otros sacerdotes, que el Concilio aconsejaba, la comprendí más tarde. El focolar sacerdotal empezó el año 73 en la parroquia de La Candelaria de Madrid con Pedro Muñoz. Después, cuando fui nombrado vicario episcopal, pregunté al arzobispo de entonces, don Ángel Suquía, si podía seguir viviendo con otros sacerdotes del Movimiento, y su respuesta fue afirmativa sin rodeos. Estuve trece años. Una vez un sacerdote amigo me presentó como «el vicario que más ha querido a los curas». ¡Qué vergüenza! Pero reconozco que la espiritualidad de Chiara Lubich me ha enseñado a amar a todos y he procurado hacerlo.
 
–¿Qué le ha aportado vivir en unidad profunda y constante?
–Fundamentalmente, sentirme en familia. Jesús en medio es la riqueza más grande; saber que Él está presente y que la vida en torno a Él es un anticipo de la vida eterna. Es una realidad que requiere madurez; y hay que volver continuamente a amar, a darse, a ponerle a Él en el primer lugar. Llegas a ser contemplativo porque «el que ama está en Dios, pues Dios es amor». Ahora que aprietan los pequeños dolores y te quedas el último mientras los demás corren, Jesús abandonado se asoma con mayor frecuencia y es el sostén de mi vida.
 
–¿Quién ha sido Chiara Lubich para usted? 
–Un instrumento de Dios para estos tiempos, una carismática que dará todavía mucho juego en la Iglesia. Estando en la escuela sacerdotal internacional del Movimiento en el año 68, un domingo fui a celebrar misa para ella y su focolar. Con el nerviosismo se me olvidó el Credo y ni ella ni ninguna otra me corrigió. Admiré su respetuosa participación. Conservo una carta suya de cuando murió mi madre comunicándome serenidad y visión tranquilizadora de su encuentro con Dios. Llevo en el alma su carisma y leo sus escritos con mucha fe y provecho.



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